16 mar. 2011

ELPÁJARO CARAMELERO


Cuando mis hijos eran chicos, yo era un fumador empedernido. Al regresar a casa, después de trabajar, generalmente compraba mi segundo paquete de cigarrillos del día. En esa época de mucha la inflación, era frecuente que el kiosquero no tuviese cambio y me entregara un caramelo de leche con maní, equivalente a los centavos del vuelto.
El caramelo era duro, envuelto en papel transparente. En realidad, a mí nunca me llamaron la atención las cosas dulces pero para ese entonces yo  tenía tres hijos de ocho, seis y cuatro años, capaces de matar por tan preciado botín. Recuerdo que sus cabecitas se escalonaban junto al filo de la mesa de cocina observando con avidez los movimientos del cuchillo con el que, infructuosamente, intentaba partir el caramelo en la forma más equitativa posible.
¿Alguna vez hicieron el intento de trozar un caramelo duro en tres partes iguales? Es casi imposible. Por eso solicité al kiosquero que me entregara el vuelto de los cigarrillos en caramelos pequeños y masticables e  intenté una manera más práctica de realizar el reparto. Inventé “La historia del pájaro caramelero”, plumífero invisible que todas las tardes recorría los jardines del barrio repartiendo caramelos entre los chicos que se habían portado bien. Eso sí, debían esperarlo con el pijama puesto, peinados y cantando la canción del “Elefante trompita”. Aún recuerdo sus miradas ingenuas escudriñando el cielo mientras yo me escondía detrás de los ligustrines esperando el momento oportuno para arrojar los caramelos hacia la copa de los árboles. Imaginarán el revuelo que se armaba: empujones, risas y llantos eran la consecuencia inevitable de tan desacertado reparto. Felizmente, uno de mis hijos no tardó en descubrir el engaño y a partir de allí fueron ellos quienes me propusieron las distintas formas de hacerlo: el mayor, soñador y fantasioso, propuso que escondiera los caramelos en un lugar secreto y les organizara una suerte de búsqueda del tesoro, pero inmediatamente advertí que serían las doce de la noche y los salvajitos seguirían dando vueltas por toda la casa. El menor, con su habitual serenidad y sentido práctico, propuso que los rifáramos para evitar problemas. Sin embargo, mi única hija mujer, acostumbrada a pelear su espacio entre sus hermanos varones, me propuso en su media lengua: “Papá, tigá los cagamelos paga agiba y el que los agaja los agaja”
Hoy me pregunto: ¿se habrá tenido fe, la mocosa?
Jamás olvidaré la frescura y naturalidad de mis hijos; y en particular, sus personalidades tan diferentes y curiosas.