27 dic. 2009

OTRO MILAGRO EN NAVIDAD




Desde el fondo de sus ojos negros, con sus manitas aferrando el vidrio,
miraba absorto los juguetes, que nunca llegaría a tocar.
Su infancia es así, austera, sin juguetes ni regalos.
Montar al camión que los busca, para corretear con el carro por las calles
del centro juntando cartones,
botellas y desperdicios que los demás abandonan en las bolsas.
Volver a su casa, y con suerte encontrar un plato de comida.
A veces ni eso, ni siquiera regresaba, se quedaba con su carro en un rincón, con su
cansancio de niño-hombre durmiendo los sueños perdidos en otras manos, en otros ojos,
nunca los de él.
Se pregunta porqué y no hay respuesta.
Como puede ser posible que algunos niños tienen la dicha de tenerlo todo y otros como
él, nada.
Hoy está otra vez ahí, en la vidriera mirando con sus ojos negros esos juguetes que nunca
llego a tener.
Pero esta vez es distinto, tiene dinero en el bolsillo, en una de las bolsas de cartones alguien
“tiró- olvidó” una caja con papeles y dinero.
No puede saber de quien es, estaba todo mezclado.
Solo se acordó de los juguetes que había visto los otros días.
No vacilo, y ahí está, mirando con un brillo en sus ojos, porque puede elegir cual se llevará.
También le alcanzará para sus hermanos, no sabe contar, pero el dinero lo conoce y sabe que
hay mucho.
Deja el carro con los cartones en la puerta del local, y entra presuroso.
El dueño al verlo se acerca y le pide que se retire, diciéndole que no hay nada para él.
El niño saca el dinero del bolsillo y le pide los juguetes que eligió. Sorprendido, el hombre, no
sabe que actitud tomar, piensa si no será dinero robado.
Pero el pequeño, con esa inocencia que los caracteriza le cuenta la verdad.

El dueño eleva la mirada y solo dice, estamos en vísperas de Navidad.
Le entrega los juguetes pedidos.
No quiere cobrarle, se dio cuenta que estaba presenciando un milagro, un simple
milagro de Navidad.
Y él no lo podía creer.
Los Milagros son así, aparecen cuando uno no lo espera, y nos deja perplejos.

María Rosa
20-12-09
"No se ve bien sino con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos" A. DE SAINT-EXUPERY

21 dic. 2009

EL GATITO QUE QUERÍA SER PÁJARO




Cati parecía una gatita normal. Como las otras gatitas pequeñas
sólo pensaba en jugar, saltar y tumbarse encima de su amiguita Lucy.
Doradita y regordeta, tenía unos ojazos redondos y vivarachos, y las
puntitas de sus orejas eran como dos terremotitos que nunca acababan de
quedarse quietos.

Pero si os fijáis bien, Cati no es una gatita normal, no. Cuando era
pequeñita, su amiguita Lucy la llevaba al parque para enseñársela
a sus amigos; ella se quedaba muy quietecita en su falda mirando a todas
partes hasta que, por fin, localizaba a aquellos pajaritos que, como
fuentecillas traviesas, no dejaban de cantar y piar alegrando las tardes
de aquel precioso mes de mayo.

Después, cuando se hacía de noche, toda la atención de Cati se
volcaba hacia la lámpara junto a la cual se sentaba su amiguita Lucy.
A su alrededor veía otros animalitos que no cesaban de volar en
pequeños y simpáticos saltitos, eran las mariposas.

Me gustaría tanto volar como ellas, se decía sin dejar de observar
sus ágiles maniobras. Y luego, una sensación de tristeza se
apoderaba de la pobre Cati, pues su mamá, al ver su admiración por
aquellos volanderos amiguitos, le repetía una y otra vez:

-¿Ves que son bonitos? Pues mucho más bonitos estarán entre tus
zarpas cuando seas mayor y las puedas cazar de un salto: a pesar de lo
pequeñitas que son, están sabrosísimas.

Cati, que era muy curiosa, como todos los pequeños, pasaba muchos
ratos en el patio aprendiendo de su mamá. Ésta se dedicaba, dando
ágiles saltos y volteretas, a la caza de las pequeñas mariposas
que osaban volar bajito. Incluso algún que otro pajarillo había
estado a punto de caer en sus garras.

Aquella noche, mientras dormitaba en la falda de Lucy, observó que
una mariposa, más descarada que la demás, se aproximaba tanto,
tanto, a su manita que, instintivamente dio un saltito para alcanzarla,
pero...

La pobre de Cati, todavía se está arrepintiendo de su locura. Con
torpeza de principiante, al caer de su atrevido salto, se resbaló e,
instintivamente, trató de agarrase a la manita de Lucy con tan mala
suerte que, de la punta de sus deditos, salieron unas cosas
pequeñitas y muy agudas que se clavaron en la mano de su amiga.

Cuando Cati observó que de un dedito de Lucy salían una gotitas de
sangre, se puso a lamerle la heridita para curársela. Lucy, que
comenzaba a llorar, se contuvo al ver el cariño con que Cati le
curaba su herida y la acarició suavemente.

-Pobre Cati. Ha sido sin querer, ¿verdad?

A partir de ese momento la gatita se prometió no volver a sacar nunca
jamás esas cositas que le salieron de los dedos, las uñas, le dijo
su mamá.

-Hija, nosotros, los gatos, tenemos necesidad de usarlas para poder
cazar los ratones y otros animales que pueden hacer daño a nuestros
amos...

-Entonces, los pajaritos no los tenemos que cazar –dijo,
esperanzada, Cati.

-Pero es que están tan sabrosos... –le respondió mamá gata.

Cati no se quedó muy convencida, con lo buenas que están las
sopitas de leche que le prepara su amiguita Lucy... Vaya, que seguro que
las sopitas de leche están muchísimo más sabrosas que los
pajaritos y que las mariposas, se dijo en un susurro.

Y además, los pájaros son muy simpáticos, y vuelan tan bien...

Cati se pasaba las horas mirando al cielo, y se extasiaba de tal manera
viendo volar a aquellos animalitos tan ágiles que llegó un momento
en que su gran deseo fue ser un pajarito más.

-Mamá, yo quiero ser pájaro –dijo Cati a mamá gata un
día que la vio contenta y con ganas de concederle sus caprichos de
gatita traviesa.

Y yo un tigre, hija –respondió mamá gata-. Tú está loca.
Gata has nacido y gata serás.

Pero Cati seguía pensando en su gran sueño. Ya se veía volando
por encima de los tejados saludando a mamá y a su amiga Lucy desde
allá arriba.

No acertaba a saber cómo se vería el parque desde allí. Se
imaginaba que aquella sería la visión más bonita de cuantas se
puedan tener. Y lo más divertido: cuando viniese corriendo un perro,
esperaría hasta tenerlo muy cerquita, muy cerquita, y entonces...
¡ale! ¡A volar!

-Je, je –se sonreía mientras imaginaba al perro en el suelo y con
tres palmos de narices...

Tendré que pensar en aprender a volar, se dijo. Cati estaba
convencida de que eso tenía que ser muy sencillo. Ya ves, se
decía, si lo hacen los pájaros, con lo pequeños que son...

Cuando se quedó solita en su capacho, muy despacio, como hacía
mamá gata cuando se aproximaba algún perro, fue acercándose a
la silla de Lucy, que era la más bajita de todas, e intentó
subirse a ella, pero no podía alcanzar el asiento a pesar de los
muchos saltos que dio.

-Es que como todavía no sé volar... –se conformó a sí
misma.

Comenzó a buscar hasta que encontró una caja de cartón en la
que su amiguita guardaba los secretos que sólo ellas dos sabían:
uno ovillo de color, un capuchón de un bolígrafo de color morado,
dos cartoncitos con dibujos de gatos...

La empujó con el hocico y comprobó que podía arrastrarla hasta
la silla. Así que pensado y hecho. Acercó la caja hasta la sillita
de Lucy, y de un par de saltitos, pum, a lo alto de la silla.

Cati, se acercó algo temerosa al borde, asomó su cabeza, miró
hacia abajo y allá, en el fondo, vio el suelo. Le pareció que
estaba más alta que nunca. Las manitas le temblaban de la emoción:
era su primer vuelo...

Sin pensárselo más Cati se lanzó al vacío... y se dio un
coscorrón con la pata de la silla. Pero la verdad es que no le
dolió mucho. Al fin y al cabo, fue mi primer vuelo, se consoló.

Después de lamerse una patita, decidió que, por ser el primer
día, había superado todas sus dificultades.

-Mañana seguiremos, Cati, se dijo.

Al día siguiente, muy tempranito, Cati ya estaba saltando y
festejando cada mirada, viniese de donde viniese. Estaba tan alegre y
festiva que la mamá de Lucy, mirando a mamá gata le dijo, no sin
cierto orgullo maternal:

-Hoy tenemos a Cati que parece unas castañuelas. Se nota que ya va
siendo una gatita independiente...

Y tan independiente... Si ellas supiesen de su aventura nocturna...

Pero cuando más felices se las prometía nuestra amiguita,
comenzaron los problemas.

-Lucy, antes de irte a jugar con tus amigas, sube a la azotea y le pones
comida a los canarios, que tu hermano tiene hoy muchas cosas que hacer y
no puede –dijo mamá.

-¿Me puedo subir a Cati, mamá?

-Bueno, pero ten cuidado que no se vaya a meter en la canariera...

Lucy cogió a su amiguita, la puso en el suelo y saltando los
escalones de dos en dos subió a la azotea seguida de Cati que, toda
ilusionada, pretendía, igualmente, "volar" escaleras arriba.

-¿Vamos Cati! Hoy vas a conocer de cerca los pájaros más
bonitos que hay.

Cati saltaba de alegría tras su amita y, dos escalones arriba, uno
abajo, siguió a Lucy sin dolerse de los coscorrones que, en su
alocada carrera, iba dándose en cada escalón.

Nada más abrir la puerta de la azotea Cati se topó de frente con
la pajarera más bonita que os podáis imaginar: amplia,
limpísima y de unos colores tan alegres...

Lo primero que hizo Cati fue buscar la puerta para entrar a saludar a
sus amiguitos quienes, al percibir su alocada presencia, comenzaron a
demostrar una intranquilidad tan bulliciosa que Cati creyó que era de
alegría...

-La casita de los pájaros no tiene puertas –dijo en un grito de
sorpresa y desilusión.

-Oye –preguntó la gatita al canario más valiente que, por
veterano y sabio, ni se molestó en alejarse de la gatita- ¿Por
dónde se entra en vuestra casita?

El canario miró a Cati entre sorprendido y asustado. ¿Habráse
visto gato más desvergonzado? Se preguntó el canario. ¿Pues no
quiere que sea yo quien le explique cómo se entra aquí?

-No querrás que te abra yo. O mejor, salgo y me meto en tu linda
boquita directamente ¿verdad, gracioso gatito?

Cati no acababa de comprender ese tono desvergonzado del viejo canario.

-Entonces... ¿vosotros no salís a pasear?

-Que te has creído tú eso -dijo el canario-. Mira chavala, aun
sabiendo que tú y los tuyos estáis al acecho, si supiésemos que
hay una forma de escapar de aquí, ¿te crees que íbamos a estar
encerrados nada más que para cantarle a nuestros amos? ¡Vamos
hombre!

-Entonces... ¿no podéis salir?

-Ni salir, ni entrar –contestó el canario.

Cati quedó muda por un momento. Observó a su ama y vio cómo
ésta movía un pequeño pestillito y, tras agitar las manos
enérgicamente para asustar a los pájaros, introdujo unas vasijitas
con comida para cerrar de nuevo la canariera.

Muy seria, bajó Cati de su primera expedición al terreno de los
pájaros.

En cuanto se encontró con su mamá se acercó muy cariñosa y
comenzó a rozarse con ella, metió su cabecita bajo el cuello de
mamá y, muy melosa, le dijo:

-Mamá, ya no quiero ser pájaro.

Mamá gata se volvió hacia Cati muy seria. Pensó que algo raro
debía de pasarle a esta chiquilla...

-¿Vaya, ya entraste en razón?

-Sí, mamá, es que he visto que todos los pajaritos de nuestra ama
están presos en la azotea. Y me dan tanta lástima...

-Y a mí me dan tanta hambre... –estuvo a punto de responder
mamá.

Pero se contuvo al ver la carita tan seria de Cati.

-Sí, Cati, no siempre pueden ser las cosas como nos gustaría que
fuesen. Todo tiene su lado bueno y su lado malo –sentenció
mamá gata.

-Si, mamá, pero como me dan tanta pena... Vaya, que yo prometo no
comer nunca jamás ni pájaros ni mariposas, son tan lindos cuando
vuelan libres.

Mamá gata calló y dejó a Cati con sus pensamientos. La gatita
se dedicó a vigilar las subidas y bajadas de todos los miembros de la
familia hasta que un día...

Cati, muy silenciosa, se coló entre los pies de su amita y
aprovechó un segundo para esconderse detrás de la chimenea. Cuando
se quedó sola, con un gran esfuerzo, logró gatear hasta el
pestillito que mantenía presos a sus amigos los canarios. Con su
boquita comenzó a empujar hasta que éste cedió y con un leve
chasquido, la puerta quedó entreabierta...

Cati, sabiendo que su presencia despertaba tanta desconfianza entre
aquellos nuevos amigos, se descolgó y, separándose de la entrada,
la dejó libre...

-Sed felices, amiguitos –dijo. Y se fue a su capacho.

18 dic. 2009

LA ÚLTIMA VOLUNTAD

Doña Agustina fue siempre una mujer recta, sobria y seria que velaba celosamente por la pulcritud, el orden y la responsabilidad.

Vino a este mundo a enderezar vidas ajenas, a ser mártir trabajadora de un matrimonio insatisfecho y cargado de camisas para almidonar y planchar, rayas perfectas en pantalones y blancos nucleares en las puntillitas de la ropa interior de sus dos hijas, Palmira y Miranda.
Así que todos contemplaban la extraña imagen de Doña Agustina en el ataúd.

¿Cómo era posible que esta mujer que si sonrió alguna vez en vida fue a escondidas, pidiera ser amortajada de esta guisa?

Andaluza de tierra árida jamás toleró una feria ni una copa de manzanilla "banalidades que enturbian el alma", decía. Y ahí estaba ella, amortajada con un vistoso vestido de faralaes "más típico no se puede", lleno de lunares coloridos, mantoncillo brillante, peinetas y hasta una flor grande en rojo vivo en lo alto de la cabeza. No faltaban los zapatos de flamenca tan rojos como la flor ni los zarcillos de coral a juego con el collar de cuentas gordas.

Nadie se atrevía a decir nada hasta que la indiscreta de tía Nieves preguntó a voz en grito:
- ¿Cómo es que Agustina va así vestida?
El silencio lo llenó todo hasta que Palmira, carraspeando con la conciencia de la expectación creada respondió:

- Mi madre dejó una carta en la que pedía ser amortajada con las ropas y accesorios que encontraríamos en una caja arriba del ropero.
Todos pensaron que la mujer debió llevar una doble vida o que decidió soltar el moño para airear la melena en la caja como un estallido de libertad a tanta represión auto impuesta.
Así fue enterrada ante el desconcierto de todos.

Seis meses después las hijas se encontraban en la casa familiar poniendo orden, ventilando y guardando o tirando tantas cosas.

Abrieron la ventana del dormitorio de la madre difunta, voltearon el colchón sacudiendo el polvo y abrieron las puertas del ropero para empezar a empaquetar ropa para la iglesia, como fue deseo de Doña Agustina.

Por un lado, chaquetas de punto, faldas, vestidos, camisas y jerséis (todo azul marino, blanco, gris y negro). Por otro lado medias, combinaciones y camisones. Los zapatos a una caja y la ropa interior, para tirar, por expreso deseo de la pulcra difunta.

Pamela pidió a Miranda que descorrieran un poco el ropero pues había algo de humedad en aquella habitación y la pared empezaba a ennegrecer.

Entonces un ruido sordo se escuchó tras la trasera del ropero: una caja había caído.

Se miraron extrañadas, Miranda recogió la caja y la llevó a la cama.

Ambas se miraron interrogantes hasta que Pamela decidió abrirla.

En su interior cuidadosamente planchado y doblado apareció un vestido negro de punto, recto, cuello redondo y magas largas, unas medias oscuras, unos zapatos bajos de cordones y una gargantilla de perlas. También había un sobre que al abrirlo pareció abofetearlas:"Os dejo preparada mi mortaja, recién comprada".

Ambas mujeres se miraron perplejas...

- ¿Y la otra caja? - se atrevió a preguntar bajito Miranda.

En aquel silencio que pesaba como una losa en la habitación, se miraron y añadieron la mortaja a la caja destinada a la iglesia.

(Dicen que esto ocurrió hace unos años en una ciudad de Andalucía. Me impresionó tanto esta historia que no he podido por menos que escribirla. En cuanto a personajes y diálogos, por supuesto son meramente imaginarios)

(La imagen es de Edith Sitwell)

17 dic. 2009

UN REGALO ESPECIAL PARA NAVIDAD


Diciembre se vestía de modos diferentes en cada hemisferio, pero era idéntica la emoción que despertaba la cercanía de la Navidad.
En la ciudad más populosa del continente más frío vivía Ariel de seis años .Se sentía distinto a otros chicos d e la escuela porque él residía en una casona elegante en el barrio más caro de la ciudad.
Ese año ya podría escribir una cartita al niño Dios.
Rodeado de juguetes, cualquiera hubiese preguntado ¿Qué más pedirá?
Pero Ariel tenía la mirada triste y casi lejana. No sintió alegría cuando su mamá le pidió que ayudara a armar el arbolito de Navidad. Ni le emocionó escuchar las propuestas de su abuela y sus padres sobre los preparativos para la mesa navideña, los adornos , las velas , en fin toda la decoración que debía ser perfecta y reluciente.
Sus amigos de la escuela estaban contentos y felices por la fecha que se acercaba,comentaban qué querían pedir para la nochebuena. Competían con sus ideas, a veces imposibles de concretar por lo que pretendían,pero aún así estaban imbuídos del espíritu navideño.
Compartían los borradores de las cartitas que preparaban para colocarlas junto al pastito y el agua como era la tradición. Dibujaban trineos, ángeles , pesebres y estrellas brillantes para colgar. Sentían muy dentro una mezcla de alegría y ansiedad . Pedro invitó a sus compañeros de clase a armar un Árbol de Navidad entre todos , con adornos creados por ellos. Luego lo llevarían para que esté junto al pesebre de la iglesia.
Esa tarde se reunieron en su casa y el piso se llenó de papeles brillantes y coloridos sometidos a la tijera y a la pasión de los niños. Hugo que amaba la música dijo que intentaría crear un villancico, y Pedro que tenía muy buena voz propuso cantarlo y grabarlo para regalar los CD con varios villancicos, a las familia de sus barrios.
Mariela acordó con Hugo ,ella escribiría el villancico mientras él lo creaba, y así los renglones
acunaron estas primeras letras...


Si sientes este villancico

es que llega la Navidad

y con ella vendrá

la estrella de Belén

bendiciendo a tu hogar.



Todo era alegría.Ya se acercaba la Nochebuena .

Allá en su casona y rodeados de tantos juguetes, Ariel tomó un lapiz y comenzó a escribir ...


Querido niño:


Sé que haces milagros y que podrás darme lo que te pido.

Sólo quiero que mamá juegue conmigo, que me cuente cuentos.
Que esté más tiempo hablándome.Compartiendo mis tiempos.
No se si podrás ,pero no te pido juguetes,
tan solo quiero a mi mamá más tiempo, mucho tiempo conmigo.

¿Podrás verdad?

Mañana es Navidad y ansioso estaré esperando ese regalo que es para mí el mejor de todos los que puedas darme.


Ariel


--
S.M.T.
"Si leer te hace libre, escribir es estar en las alas de la libertad"(Stella M.Taboro)

16 dic. 2009

LOS AMIGOS DE ÁNGEL




Ángel era un niño de siete años con cuatro amigos muy especiales: un elfo de la luz, que vivía en el bosque, una sirena llamada Susan, la salamandra, que era la que tenía más valor del grupo y por último la más atrevida, que siempre se estaba metiendo en líos: un hada de tierra. Los cinco se pasaban las tardes imaginando aventuras y jugando, hasta que una mañana, Ángel desapareció. Nadie sabía dónde podría estar.
Sus amigos se reunieron para ir a buscarle. Al cabo de unas horas lo encontraron en el fondo de un pozo, intentaron sacarle, pero al no poder pensaron que lo mejor sería ir a buscar a su abuelo para que los ayudase.
Fueron hasta un río donde él estaba pescando. La sirena se acercó al bote y le dijo:
- Ven al bosque, Ángel se ha caído a un pozo
Él no le hizo mucho caso a lo que había visto, pensó que era producto de su imaginación, por lo que el elfo desesperado se le apareció para pedirle ayuda.
Incrédulo frente a lo que estaba viendo, volvió a la orilla. Una vez ahí el hada de tierra le pidió que le acompañase. Asustado salió corriendo, en la cabaña encendió la chimenea y cuando se dio la vuelta vió a la la salamandra.
Ella le dijo:
- No temas, tienes que ayudarnos tu nieto está en peligro.
El abuelo muy preocupado llamó y buscó a su nieto por la cabaña, y cuando iba a salir en la puerta le estaban esperando el hada, el elfo y la salamandra. Los tres le suplicaban que los siguiera y así lo hizo.
Después de varias horas de andar por el bosque llegaron hasta un viejo pozo cerca de un río. Desde hay contemplaba la sirena como ayudaban al pequeño niño.
Por fin el abuelo lo vió y consiguió sacarle de aquel pozo. Ya más tranquilos, el abuelo del niño le preguntó que quién eran todos esos seres y él le respondió:
- Son mis amigos del bosque.


ROSA PEREZ REPULLO

3 dic. 2009

EL BORRACHO

a un poeta desconocido

bebía mi tercer cerveza en un bar de malamuerte
cuando se acercó arrastrando los pies
- ¿me daría unas monedas señor? –
- ¿y para que son amigo? –
- bueno, le aseguro que no son para comprar un litro de leche –
- bien, y dígame ¿qué hace usted de su vida? –
- beber ¿y usted señor? –
- yo…soy poeta…creo –
- ah, no está muy seguro, yo estoy seguro de ser borracho –
- de acuerdo y ¿qué hace un borracho cuando está sobrio para hacer de éste mundo perverso y absurdo un lugar mejor? –
- mire señor, yo no se muy bien la diferencia entre estar sobrio o borracho, pero de algo estoy seguro, los sobrios destruyeron el mundo –
- tiene razón amigo, el poeta es usted, tome este billete, pero con una condición, no lo vaya a gastar en leche -.

Un abrazo impetuoso.
aldo luis novelli /desde los bordes del desierto.-
La poesía es un oasis en medio del desierto. El poema es la sed.

NOTA SOBRIA:


borracho
En muchas regiones rurales de España, aún hoy es habitual servir el vino en odres o botas de cuero, usados desde muy antiguo con este objeto. En el catalán del siglo XIV y en el castellano del siglo XV, estos odres se llamaron borracha, palabra que, según Corominas, se habría formado por el cruce de las voces catalanas botella (odre) y morratxa (redoma). A su vez, esta última palabra se derivaba del árabe mirassa, que también significaba 'redoma'. Más adelante, se llamó en español borracho al sujeto que, igual que la bota, estaba 'lleno de vino', o sea, embriagado

27 nov. 2009

El Zippo

Era completamente imprescindible que Carlos cogiera ese avión. Nada debía impedírselo, su futuro dependía de ello. Por eso, cuando descubrió que había olvidado el mechero en la cafetería del aeropuerto, decidió darlo por perdido y no retroceder a recogerlo.
Carlos subió a tiempo al avión. Guardó su equipaje de mano, se sentó en su asiento y comenzó a llorar. Acababa de perder su más querida pertenencia, su mechero, un Zippo plateado con sus iniciales grabadas y ligeramente rayado en su parte posterior. No era un objeto especialmente valioso, pero era el único recuerdo que le quedaba de su padre. Se lo había regalado hacía quince años.
Cuando aquel señor calvo se sentó a su lado, Carlos reprimió sus lágrimas e intentó disimular tapando su cara con un periódico.
El avión despegó dando bandazos y tomó rumbo a Oslo.
Carlos iba excepcionalmente elegante. Se había gastado una pequeña fortuna en su ropa. Llevaba un traje a medida de raya diplomática con chaleco a juego, camisa azul cien por cien algodón, cinturón negro de piel, corbata granate de seda china, gemelos de plata, y unos carísimos zapatos italianos en los que podía ver reflejada su cara.
Repasar su vestimenta le hizo olvidar por un momento el disgusto de haber perdido su zippo. En su vida había estado tan elegante. Así vestido se veía capaz de cualquier cosa, con ese traje podía merendarse el mundo a bocados, y, desde luego, iba a deslumbrar en su entrevista de trabajo en Oslo.
Nada podía fallar. En unas horas conocería a su futuro jefe, y le seduciría con su dominio del sector y las nuevas ideas que tenía para la empresa. Entonces, cuando llamara a su madre para decirle que su sueño se había cumplido y su hijo ya era una persona rica e importante, la perdida de su viejo mechero sólo sería un amargo recuerdo que apenas empañaría el mejor día de su vida.
Carlos se dejó absorber por esos pensamientos, y en pocos minutos se sumió en un sueño profundo.
De repente, notó un fuerte tirón en su oreja derecha y abrió los ojos asustado.

- ¿Qué has hecho con mi mechero, desgraciado?, oyó que le decían.

Al volverse vio a su padre sentado en el asiento contiguo.

- Era el único que recuerdo que te quedaba de mí, ¿tanto te costaba cuidarlo?
- ¿Qué hace aquí, padre?, usted está muerto, le respondió Carlos.
- Claro que lo estoy, y me alegro de estarlo para no poder ver como sigues echando tu vida a perder.
- Eso no es cierto padre. En unas horas todo habrá cambiado para mí. Voy a llegar donde usted no pudo. Voy a triunfar, y tendrá que estar orgulloso de mí.
- Siempre con tus planes fantásticos. Nunca has tenido los pies en la tierra, por eso no has llegado a nada. Volverás a fracasar, como has hecho siempre, y habrás perdido mi mechero para nada.
- Eso no es justo, padre. Me merezco esta oportunidad. Debería apoyarme.
- Has perdido mi mechero, chico. Sin él no eres nada. Sin mí no eres nada.

Turbulencias. El avión dio unas fuertes sacudidas que despertaron a Carlos.
Estaba empapado en sudor, pálido y con las manos temblorosas. Su padre le había aterrorizado en vida, y acababa de descubrir que después de su muerte seguía teniendo el mismo poder sobre él.
Se levantó de su asiento y, procurando no despertar al hombre calvo de su lado, salió al pasillo del avión y se dirigió al aseo. Una vez allí, se lavó la cara e intentó calmarse. Sólo había sido un sueño, un estúpido sueño. No debía preocuparse. Esta vez saldría todo bien. Esta vez lo lograría, triunfaría, y así haría que la siniestra sombra de su padre desapareciera de su vida.
Carlos pensó entonces que la pérdida de su mechero había sido una señal. Se había deshecho, tal vez inconscientemente, del último lazo que le unía a su padre, y eso le permitiría romper sus cadenas y avanzar al fin. Todo ha sido para bien, se dijo mientras salía del aseo.
Al llegar a su asiento, vio un pequeño objeto plateado en el suelo. Se agachó a recogerlo, y cuando ya lo tenía a su alcance, apareció una mano y se hizo con él.

- Se me ha debido caer mientras dormía, dijo el dueño de la mano.
- OK, no se preocupe, sólo se lo iba a alcanzar, le respondió Carlos.

Al levantar la vista, vio que quien le hablaba era su compañero de asiento, y descubrió con asombro el objeto que tenía en sus manos.

- ¿Le gusta?, es un Zippo precioso, ¿verdad?
- Ssssi, acertó a responder Carlos con un nudo en la garganta.
- Me lo regaló mi mujer en nuestro aniversario, dijo el caballero.

Carlos se sentó en su sitio, aún más pálido que cuando se levantó. Maldito bastardo mentiroso, pensó. Es el mechero de mi padre.

Carlos intentó no pensar más en el mechero, a fin de cuentas, ya lo había dado por perdido, y hasta se había alegrado de perderlo. Pensó que lo mejor sería dejarlo pasar y desear que a aquel desgraciado ladrón le trajera la misma perra suerte que a él. No merecía la pena comenzar una discusión en medio del avión sobre quien era el dueño del maldito trasto. Era su palabra contra la de del otro. Sólo conseguiría ponerse en evidencia delante de todo el mundo.
Carlos cerró los ojos y trató de volver a dormir.

- Siempre has sido un mierda, hijo mío.
- ¿Otra vez padre?, ¿no voy a poder perderle de vista nunca?
- ¿Es así como te he enseñado a comportarte? En esta vida solo hay dos clases de hombres: Yo era de los cogían lo que querían, y tu, tu eres de la otra clase, eres un mierda, siempre lo has sido.
- Por favor padre, déjeme en paz.
- ¿Recuerdas el día que te lo regalé?
- Por favor, no me torture más con esto.
- Claro que lo recuerdas. Fue el día que te pillé fumando a escondidas en el desván. Me sentí tan orgulloso de ti. Ya eras todo un hombre. Esa tarde bajé corriendo a la calle y te compré el mechero. Hice que grabaran tus iniciales. ¿Lo recuerdas?
- Si padre, claro que lo recuerdo. Fue el día más feliz de mi vida. Mi Zippo fue el primer regalo que me hizo, el primero y el último.
- Lo se. Desgraciadamente nunca me volviste a hacer sentir tan orgulloso como ese día. Nunca has vuelto a merecerte otro regalo.
- Eso es muy cruel. Yo soy su hijo. Debería quererme.
- ¿Acaso lo has merecido?, ni siquiera eres capaz de conservar mi regalo. No tienes cojones para luchar por lo que es tuyo. Alguien así no se puede ganar ni mi respeto ni mi amor.
- ¿Y que puedo hacer, padre? Ese hombre lo encontró. Ahora es suyo.
- Quítaselo. Si quieres ganarte mi respeto debes recuperarlo como sea.
- Pero, padre…
- Yo ya no soy tu padre, no lo seré más hasta que te lo hayas ganado.

Queridos pasajeros, el capitán y toda la tripulación esperan que hayan tenido un agradable vuelo y les desean una feliz estancia en Oslo.

Al abrir los ojos, Carlos pudo ver como su compañero de asiento se levantaba a recoger su equipaje de mano.
Tengo que recuperarlo, tengo que conseguir mi mechero como sea, pensó. El bastardo de mi padre tiene razón. No puedo dejarme pisotear. Debo recuperar lo que es mío.
Cuando salieron del avión, Carlos siguió al hombre calvo por la terminal buscando el mejor momento para abordarle.

- Espero que esta vez no me defraudes hijo, resonó la voz de su padre en su cerebro.
- No se preocupe, padre. Lo voy a hacer. Sólo estoy buscando el mejor momento. No quiero que haya gente alrededor.
- Eres un cobarde, ¿Qué te importa si alguien te ve comportándote como un hombre?
- Déjeme padre, ahora lo haré.

El hombre calvo entró al aseo, Carlos lo siguió, y, después de asegurarse de que no había nadie más allí, le espetó:

- Oiga, ese mechero que lleva es mío. Lo perdí en el aeropuerto de Madrid. Debe devolvérmelo.
- ¿Pero que dice?, este mechero lleva conmigo cinco años. Me lo regaló mi mujer en nuestro ani…
- Déjese de mentiras, le interrumpió Carlos. Ese Zippo es mío y quiero que me lo devuelva ya.
- Usted esta loco, márchese o llamo a la policía.

Al ver que el hombre calvo intentaba huir, Carlos lo cogió del cuello e intentó tirarle al suelo. El hombre era menudo, pero se resistió con fiereza lanzando golpes hacia su cara. Intentando evitar esos golpes, Carlos lo empujó contra el lavabo. El hombre tropezó y calló al suelo de espaldas. Carlos escuchó un crujido cuando la cabeza del hombre chocó contra la loza.

Dios mío que he hecho, pensó Carlos mientras intentaba sin éxito encontrarle pulso al hombre.

- Has hecho lo que debías hijo, has luchado por lo que es tuyo. Y has ganado. No te creía capaz, pero lo has hecho. Ahora coge tu mechero.

Carlos rebuscó entre los bolsillos del hombre, y al fin lo encontró. Se lo guardó de prisa y salió del aseo.
Cruzó el aeropuerto a todo correr ante las perplejas miradas de la gente, y llegó hasta la parada de taxis.

- Take me to the Grand Hotel Oslo, please.
- Ok, let's go.

Durante el camino a su hotel, Carlos no habló con el taxista. Se quedó absorto, mirando por la ventanilla del coche y pensando en lo que acababa de pasar.
A mitad del recorrido, sacó el mechero de su bolsillo y se puso a jugar con él. Lo abrió y lo cerró varias veces. Admiró el grabado con sus iniciales, y lo giró hacía todos sus lados, para volver a disfrutar con los juegos de brillos y reflejos que ofrecía. De repente, estalló en una risa histérica. En la parte posterior de su Zippo ya no estaban las marcas de ralladuras que su viejo mechero tenía. Volvió a girarlo, y mientras observaba atentamente el grabado en el metal, intentó calcular las probabilidades de que a alguien con sus mismas iniciales, le hubieran regalado un zippo exactamente igual al suyo, y que además, esa hipotética persona y él hubieran cruzado sus caminos de la extraña forma en que lo habían hecho.

- No intentes calcularlo, hijo. Siempre fuiste muy malo para las matemáticas. Lo importante es que ya tienes lo que es tuyo.
- Si papá, ya lo tengo.
- Estoy orgulloso de ti, hijo mío.
- Gracias, papá. ¿No te importa que este no sea realmente tu mechero?
- Eso da lo mismo. Has hecho lo que debías, y eso es lo primordial. Además nadie sería capaz de distinguir uno de otro, ¿verdad?


Héctor Gomis
http://uncuentoalasemana.blogspot.com

14 nov. 2009

DE VEZ EN CUANDO LA VIDA


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Definitivamente era un personaje extraño…

Nadie podía recordar cuando había llegado allí, pero desde el principio despertó las suspicacias de los vecinos

Era un barrio marginal de Madrid y ella había ocupado una casa que estaba vacía, la veían entrar y salir siempre sin hablar con nadie, y siempre acompañada por dos extraños objetos, un anillo de plata con forma de calavera, y un dedal con forma de gato ya descolorido por el paso de los años y con un escudo de Don Quijote …jamás se separaba de esos objetos, y todos se preguntaban para que llevaba puesto siempre ese dedal en el dedo corazón de su mano derecha, si era evidente que no era costurera.

¿¿Qué oscuros secretos escondía?? ¿¿De donde había salido y de que podía huir??, por que lo que estaba claro para todos es que se escondía de algo o de alguien, quizás era una asesina …¡¡¡si era posible que hubiese asesinado a su marido si alguna vez había estado casada y a sus hijos!! Eso podía explicar su extraño comportamiento, su contestación cuando alguien la daba los buenos días, y ella contestaba algo inteligible y con una mirada que parecía perdida…. No, estaba claro que no se podía confiar en ella y desde luego había que mantener a los niños vigilados cuando merodeaba la zona…por si acaso.

Volvía casi siempre cuando caía la tarde y se encerraba en aquella casa, que no tenia ni luz , al haberla ocupado de forma ilegal no podía solicitar el servicio eléctrico…

Pero cuando cerraba la puerta, nadie podía siquiera sospechar que pasaba dentro de la casa…

En realidad se sentaba en un sillón desvencijado que había encontrado en la basura, al igual que los pocos muebles que poseía, al menos disponía de agua corriente que la permitía asearse y cocinar, podía mantenerse por una pequeña pensión que la había quedado después de muchos años de servicio en un organismo publico y que un buen día había abandonado después de no poder superar los acontecimientos que la habían llevado a esa situación.

Sabía las suspicacias que despertaba en su vecindario, pero hacia muchos años eso había dejado de importarle, igual la había pasado con todos los que alguna vez habían sido sus amigos o conocidos que cansados de ver como cada vez mas se aislaba de ellos habían terminado por ignorarla, definitivamente no la importaba lo mas mínimo lo que decían, pensaban o creían acerca de su persona,

Ella se sentaba en su sillón mirando por la ventana sin ser vista y acariciaba el dedo corazón de su mano derecha como un ritual hasta que la vencía el sueño, noche tras noche… mientras lo hacia su mente volaba, y sus fantasmas se acomodaban con ella, para que no olvidara, era el precio que había decidido pagar, no olvidar…

Si, no olvidar…no debía hacerlo, quizás así algún día obtendría la respuesta de porque había pasado…de porque estaba allí.

En efecto había tenido una familia, pero después de soportar muchos sinsabores decidió acabar con su matrimonio, eso había arrastrado a sus hijos poco tiempo después y su vida colapso, fue un proceso lento pero inexorable, poco a poco había ido alejándose del mundo hasta quedar totalmente aislada, fue en ese momento cuando decidió huir había oído de ese barrio y sabia que había casas vacías, una noche llego forzó la puerta y se instalo, en sus rondas había encontrado en las basuras muebles que aun estaban en buen estado y como pudo los había trasladado, en su juventud también lo había hecho, cuando se comienza con ilusión pero con pocos medios económicos las rondas para buscar lo que otros desechan es una maravillosa aventura… pero sin duda esta vez lo hacia desde otra perspectiva, la de la necesidad.

Acariciaba su dedo corazón otra vez, daba vueltas al anillo con forma de calavera… ese anillo era un regalo de su hijo, ella se lo pidió cuando por primera vez después de un año de tener que verlo a escondidas, había podido acercarse a el, si, lo veía a escondidas, de lejos para que no se diera cuenta, y volvía siempre con un nudo en la garganta… al menos sabia que estaba bien, y eso a pesar de su pena la tranquilizaba, pero nunca se lo quitaba desde entonces, al igual que un dedal con forma de gato, dos pequeños objetos que eran toda su riqueza…

El dedal se lo había regalado el que fue su gran amigo y padre de su hijo mayor unos meses antes de morir, la forma de gato no era casual, al elegir en una tienda de la plaza mayor de Madrid donde vendían souvenir a los turistas, en uno de sus interminables paseos cuando volvían del hospital donde ella lo acompañaba cada semana en sus últimos meses de vida, estaban expuestos muchos de esos pequeños objetos y como ambos amaban a los gatos buscaron entre todos si alguno tenia esa forma y si ¡¡encontraron uno!!, el escudo con la imagen del Quijote carecía de sentido para ser un recuerdo de Madrid, algo que les había causado mucha gracia, pero el se lo regalo de todas maneras, ya estaba descolorido por el paso de los años, pero igualmente era de un inapreciable valor sentimental

Ya empezaba a vencerla el sueño, era hora de ir a su catre y mañana repetir la rutina de sus últimos años, levantarse asearse, salir y tomar café en algún bar cercano y tomar el tren para recorrer una y otra vez todas las zonas donde había vivido, después regresar saberse observada por sus vecinos, sentarse en su sillón desvencijado y acariciar sus joyas mientras esperaba el sueño, alguien a puesto un disco de Serrat, de vez en cuando la vida, nos gasta una broma, y nos despertamos sin saber que pasa, chupando un palo sentados sobre una calabaza…



CENICIENTA

LOLY

lolylolyloly@gmail.com

13 nov. 2009

Marcada por el acecho de un delirante.



El acecho de un delirante

Cuando decidimos terminar con una relación de años, porque vemos que se ha trasformado en una pesadilla, porque nos va anulando, porque hasta el alma nos la deja vacía, porque el amor salio huyendo, porque aquel jardín de rosas se convirtió en un desierto, porque las caricias y las palabras de amor que recibías fueron sustituidas por insultos y maltratos. Porque aquel ser maravilloso que te enamoro, conquisto y te quito hasta el aliento con su amor, se convirtió en un loco manipulador, egoísta, ego- centrista y delirante…


Lo primero que se piensa es que al colocar punto final a esa relación se terminara la pesadilla y ya no tendrás que soportar más todas aquellas cosas y que lograras liberarte de aquel ser que te atormenta y te hace daño. Que es un hasta aquí llegue, que los caminos se separan y cada quien con su vida...


Que puedes rehacer tu vida, que puedes encontrar nuevamente el amor, que puedes comenzar una vida nueva. que puedes ser feliz por fin, pero Parece que no es así, tú vida se vuelve un lío. Y solo te queda refugiarte en tus sueños e ilusiones, porque no te atreves a exponer a nadie, porque no soportarías y no te parece justo que alguien sufriera por ti. Pareciera que el amor, la felicidad y el derecho a una nueva vida estuvieran vetados para ti.


Porque la realidad es otra en la mayoría de los casos, después de años de haber terminado con aquella relación, sigues cargando acuesta con la sombra de aquel delirante, que sigue acechando y tratando de hacer daño con más ahínco que nunca, llevado por la ira, la furia y la frustración, como un animal salvaje porque no soporta que hayas sido tú, quien lo haya dejado.

¿Será que nos volvemos cobardes? o ¿el miedo nos paraliza?

D/A
María Jiménez V.