20 jun. 2011

CITA VIRTUAL


A lo lejos, como cubierto por un ropaje gris, amarillo en el fondo, semejaba la cúpula de una gran catedral;
A la izquierda, el sinuoso camino de los que escriben y, un poeta leyendo sus versos a un auditorio sordo.
 Seguí de largo simulando no ver las perspectivas  y volúmenes de un cuadro inconcluso, colgado de un imaginario estandarte exital. También fui sordo a las notas Bethovianas que incitaban al inicio de un concierto operático.
¡Alguna relación secreta, que el vulgo no entiende, debe tener ese paisaje, sus personajes y expresiones artísticas…! Pensé.
Mi reloj biológico marcaba la hora en punto para la cita.
Allí… sobre esa gran cúpula, que a momentos se me antojaba de basura, estaba silencioso, meditaba, como esperándome. Ascendí hasta estar frente a frente. Nos sentamos a la sombra de las silenciosas mayorías lumpenalísticas, donde gira el confuso montón esponjoso, traslúcido, de la opaca realidad.
-“…Esa masa, está atravesada por corrientes y flujos de estadistas y politiqueros, semejante a la materia y a los elementos naturales; esa es la sociedad. Envuelta está, como por una estática  magnetizada y, casi siempre hace tierra, como antena, a masa de un pararrayos, absorbiendo toda la energía de lo social, de lo político, de lo económico ¡Y la absorbe toda! Neutralizándola sin retorno”…
“…No es un buen hilo conductor ni de lo político, ni de lo social, ni de lo económico, ni de lo cultural. Todo lo atraviesa, todo lo imanta; todo se  difunde en ella sin dejar huella y, la apelación de artistas y del pueblo, en el fondo, siempre queda sin respuesta. No irradia; al contrario, absorbe la energía de las radiaciones negativas del Estado, de la política, de la cultura; ella es la inercia socializada ¡Es el poder de la inercia!”...
Aunque en lontananza contemplé un destello titilante, entre verde y azul, no quise interrumpir su monologo; me limité a escuchar lo que decía o, murmuraba:
-“…En la imaginaria representatividad, esa masa flota en alguna parte de la espontaneidad semi salvaje, y la pasividad semi servil, pero nunca dejará de ser una potencial energía social; esto será cuando haciendo uso de la palabra se torne en protagonista de su propia historia y, deje de ser un algo flotante en la mar de la pasividad”...
 ¡…El silencio es su potencial! ¡Ay, está intacto…!
…En el claro oscuro de su inconsciencia social hay un remolino de inquietudes y esperanzas que atraviesan el vacio social ¡Esa es la masa!...
…Un vacio de individuales partículas, de impulsos que absorbe todas las energías que la rodean, para concluir derrumbándose en su propio peso; ¡Agujero negro éste, en que se precipita lo social!...
…¡Su historia hay que escribir! ¡Sus energías virtuales que liberar! Su potencia es actual; está intacta”…
  Ego, se silenció  sumergiéndose en leve letargo, como imantizado en su propia energía.
 Bajé, entonces, en compañía de mí “Yo”, de la cumbre de mi cerebro

CUENTO DEL LIBRO "CUENTOS Y LEYENDAS DEL CAFE DE LA ESQUINA" DE J.MARUARI

25 may. 2011

TRATADO DEL QUERUBÍ (Fragmento)

28


De pronto se levantó, se lavó la cara, se puso un vestido nuevo. Salió sin mirar, en puntas de pie. Las estrellas estaban al alcance de la mano; como los higos que se cuelgan en el árbol de la Navidad, parecían de papel y de miel. Desdeñó el camino; miraba sin mirar e iba a campo traviesa. Las vacas y los caballos como siempre, dormían un instante y volvían a cenar. Los lobizones se diferenciaban de los otros animales y de la gente, porque  les seguían las luciérnagas. Caminó, caminó; debajo de sus pies, los ratones subterráneos zumbaban y silbaban; las ovejas de abajo de la tierra también, estaban sacando trabajosamente, la cabeza ovalada, llena de rizos. Pero, ella hizo poco caso de toda esa ganadería misteriosa. Ya debía ser la medianoche, pues, empezó a caer maná del cielo, aunque, en verdad, sólo era una nube de hongos blancos y centelleantes que pasó, fugacísima. Empezó a aparecer el otro pueblo. Alguna luz habría quedado ardiendo en una cocina o en una tumba. Llegó en puntas de pie. Recorrió las calles. Todas. La del Jazmín, la de los Pepinos, la calle del Ante y la de Ana María. Tenía un miedo pánico de que su madre la hubiese seguido. Siempre tuvo un miedo horrible de que su madre la encontrara de pronto, la enfrentara, le dijese que... Pero, no vino nadie, por ningún lado. Las casas sobre las que destellaban los hongos recién caídos, habían quedado, como siempre, todas abiertas. Penetró en una. Sigilosamente, preparó un manjar, lo dejó sin probar, salió. Todo, dentro del mayor silencio. Recorrió, otra vez, todas las calles, la del Jazmín, la de los Pepinos, la calle del Ante... caminó, caminó; a veces, se detenía y lloraba, a veces, se sentaba y sollozaba. Hasta que, en la lejanía, dieron la orden de regreso.

EL AGUJERO

Cuando sonó el estruendo, no era el disparo, sino mi pecho que se había puesto de frente para recibir ese dolor punzante, que profundizó la grieta por donde debía desangrarme.
     Parece mentira lo que hace un agujero para sacar afuera lo que sobra y que comprimía hace muchos años. Entonces sentí por primera vez espacio. El agujero me dejaba lugar para moverme, poner distancia, reconocer lo que faltaba. La compresión disfrazaba el vacio con necedad.
     Emití un grito, un alarido que no se parecía a ninguna palabra, me desparramé en el suelo, nadie podía pararme. Descansar con la cabeza sobre la tierra, mirando al cielo,  sin culpa, desmoronaba  los castillos que había construido y que se venían abajo.
     El reino estaba  hecho añicos. Nunca fui una reina, ni vos un rey.
     A veces me pregunto cómo una herida que desangra, nos resucita. La muerte es el reguardo de los cobardes y mi valentía desproporcionada, me lleva por la vida.
     No, no me puedo morir acá. Ya me he muerto mil veces como en las películas y he regresado otras tantas a ese personaje. Quiero otro papel.
     El agujero quedará abierto, por allí se irán las noches de desamor, el cálido refugio que nunca tuve. Mi fragilidad que se ha rasgado, pide a aullidos que termine esta historia, que sólo deja heridos en el camino.
     Me voy con lo puesto.
     Me voy con mi agujero. Después de todo lo siento una condecoración, aunque para otros sea simplemente un pozo que hay que tapar.
     Ese espacio, me da la posibilidad de desplegarme, por ahí puedo revolotear y estirar mis alas comprimidas por el agotamiento.
     Andaré con el hundimiento a cuestas, reflotaré a esa chica que reía, y sobre todas las cosas seré feliz.

22 may. 2011

EL ECLIPSE


Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
FIN

La ciudad del apretón


A la hora de comer no había espacio para todos los platos sobre la mesa. Pá y má, abuelo y
abuela, el flaco, el gato, el fortis y yo. Pan, ensalada, salsa picante, el florerito de porcelana,
las pastillas del abuelo, el misal de la abuela, la radio de pá, los secadores de má, cuchillos,
tenedores, cucharas, vasos, jarra de limonada, olla de sopa o fuente de arroz, el salero, la
pimienta, el aceite, el vinagre, el edulcorante de má, la caja de leche del flaco, el periódico del
día y a veces las facturas de la luz o del agua o ambas; todo sobre la mesa a la hora de comer.

Mi abuelo se dio cuenta de mi cara de enojo porque me asfixiaba la estrechez en la que
vivíamos y comíamos. Él conocía cómo fruncía yo el ceño, cómo hacia el puchero con los labios
y cómo empuñaba las manos. Lo hacía igual que cuando el viejo me ganaba con las cartas o
con los dados los viernes en la noche, cuando hacía frio y él no podía salir con los amigos.

Al acabar la cena y antes que me levantara me dijo: “Ven un rato conmigo que tengo algo muy
interesante que contarte”. Todos decían que yo era el favorito del abuelo; no lo creo así, sólo
puedo asegurar que yo era el que más atento escuchaba sus historias de juventud o cuando
fue a la universidad; las mejores historias eran las de la guerra que le tocó luchar y cómo él
tuvo que dar instrucciones a sus superiores cuando ellos por ineptitud o por ignorancia no eran
capaces de guiar a las tropas en plena zona de conflicto; los cañones, los ataques y retiradas, el
frente, la sed, la rendición, el acabose. Me gustaba escuchar al abuelo.

En su habitación no muchas cosas. No había muchas cosas en orden. Era un entrevero de
papeles, revistas, periódicos, medicinas, postales, recuerdos grandes y pequeños, más papeles,
más revista y más periódicos. Le gustaba leer y su sana lucidez era resultado de tan noble
virtud.

La abuela muy hacendosa se encargaba de ordenar lo que el viejo dejaba regado por aquí y por
allá pero qué mal momento cuando él veía cómo había quedado todo luego de la intervención
de ella. Tromba, tornado, rayos y centellas, eso era el abuelo cuando alguien le cambiaba de
lugar las cosas. Él tenía un código secreto del orden que mantenía en su habitación aunque a
los ojos del menos experto observador, eso parecía un desbarajuste de grandes proporciones.

Nos acomodamos en dos grandes sillones de cuero. Yo sobre periódicos y revistas. Él creo
que sobre la correspondencia y ciertos documentos que juntaba para redactar su testamento
que si bien no le hacía nada de gracia, no era por la parca misma sino, porque sabía que de él
nacerían pleitos entre los hijos pero eso ya no sería asunto propio.

Me dijo que éramos muy afortunados de vivir en la pequeña casa que su padre había
construido y en la que él mismo pasó toda su vida primero con sus seis hermanos y ahora
con todos nosotros que sumábamos siete con la abue y ocho con el Rufo quien siempre se
escabullía dentro de la casa por la frialdad y solitud del patio porque era un cachorro muy
social. Los espacios no eran amplios pero todos cabían y no era tan malo. No era como en
Kowloon.

“Kowloon?” Dije yo sin saber lo que estaba repitiendo una vez que el abuelo empezó su relato.
Él asintió con la cabeza y me confirmó que la palabrota era efectivamente Kowloon. Me
dijo: “Esta casa para nuestra dicha no es Kowloon. Allí tienes que pedir permiso a un extraño

para poder girar, en la calle o en una habitación”.

Quedé intrigado por tal lugar cuyo nombre apenas podía pronunciar. Él prosiguió y me contó
del pueblo donde no cabe un solo alfiler más.

“Kowloon es como ningún otro lugar en el planeta. Las personas viven todas juntas en un
espacio donde no cabe nadie más y donde ya experimentaron levantando altos edificios que
ya se habían comido los rayos de sol. Ni siquiera al medio día se colaba el sol cuando caía
vertical sobre la ciudad de Kowloon porque para proteger lo que se encontraba en los espacios
inferiores colocaron redes que protegían lo que abajo pudiese moverse y lo protegían de
basura, de excrementos y hasta de accidentes cuando alguna maceta caía sin previo aviso”.

El abuelo sabía de aquella extraña ciudad porque lo leyó en un libro o una revista o en algún
texto que estaba en la misma habitación que nosotros pero que se escondía de la abuela;
no quería caer en las manos de tan buena señora porque sería desterrado o mejor dicho
desempolvado y acomodado en la biblioteca entre la C de ciudades y la R de rarezas o entre
la K de Kowloon y la T de tonteras porque a ella le daba igual mientras estuviera junto con los
demás libros, revistas o papeles ya que el lugar de los calcetines, las medallas o las monedas ya
estaba ocupado.

En Kowloon me decía el abuelo: “Cuando en el segundo piso alguien estornuda, alguien en
el primer piso le desea salud y en el tercer piso alguien se contagia y todo al mismo tiempo.
Cuando se abre una gotera en el tercer piso el agua sirve para regar las plantas en el segundo y
para lavar los trastes en el primero. Cuando alguien enciende un cigarrillo en el primer piso, en
el segundo y en el tercero fuman gratis aspirando el humo que asciende y si es opio, en todos
los pisos hay tranquilidad y luego elefantes color perla salen volando por las ventanas”.

Cuesta creerlo pero dice que es cierto. La ciudad quedó amurallada dentro de otra ciudad
más grande porque cuando se separó de su verdadero territorio nadie pensó en ella y luego
vinieron los juristas que supieron mantener su unidad en la extraterritorialidad y con acuerdos
y tratados quedó una ciudad dentro de otra ciudad. Lo que no calcularon los políticos, fueron
los límites de capacidad de la población y tal cual un hormiguero, la gente quedó una al lado
de la otra, sin secretos, sin fiestas privadas, sin intimidad, sin vergüenza. La vida de uno es la
vida de lo demás, no hay puertas ni ventanas y menos cortinas que le permitan a las personas
rasurarse las axilas, cortarse las uñas de los dedos de los pies o similares de perfecta intimidad.

Cuando la gente ya se salía por las ventanas, cuando no cabía un solo chino más, entonces
hubo que mudar a la ciudad entera y los hombres hormiga, las mujeres sardina y los niños
abeja pudieron estirar piernas y brazos sin correr el riesgo de golpear a la abuela o al vecino en
tan sencilla maniobra para el común de los mortales.

“Esta casa nos queda bien” dijo mi abuelo. “Yo todavía tengo espacio para mis “documentos”;
tu abuela todavía tiene el cuartito de costura con máquina “Singer” de coser incluida, tu mamá
y la Pancha hacen la comida libremente en la cocina , tus hermanos pueden jugar a las tapitas
con su cancha de frazada de plaza y media en plena sala, tu papá trabaja en el escritorio donde
se luce muy bien el estante donde guarda sus libros universitarios y tú, tú todavía tienes la
despensa donde entras a comer los chocolates que le robas a tu tía que vive en la casa del

frente”.

“En el comedor estamos muy apretados pero eso es porque la mesa es chica. Mi padre la
diseñó de esa forma con un claro objetivo: estar siempre juntos como uno solo, en familia,
pegaditos”.

Hoy te extraño abuelo. Aquél día me enseñaste que Kowloon es uno solo lo mismo que
nuestra familia.

20 may. 2011

EL LIBRO DE CARAS

Nelson se sentó en el asiento del acompañante, su sobrino insistía en conocer un camino mas sencillo para llegar a Trelew antes de mediodía. Sin mucha fé dejó que tomara el viejo camino de ripio sin advertir que aquella decisión le cambiaría la vida para siempre.
En la caja de la camioneta viajaban sus otros sobrinos, su tía Marta y los dos tíos; a último momento Marita decidió ir con ellos en la cabina. El viento era suave a esa hora por lo que se podía viajar con las ventanillas abiertas.
Nelson miraba el paisaje árido de la Patagonia con ojos ávidos... acostumbrado al kayac y a los ríos de la mesopotamia, (que conocía y amaba tanto) aquella sequedad lo asombraba. A lo lejos se veía el azul casi infinito del mar. La voz de Marita no lo dejaba disfrutar cuanto hubiese deseado.Un ruido ensordecedor y la violenta pérdida de equilibrio en sus oídos le hicieron reaccionar en forma refleja, con  su brazo protegió a su pequeña sobrina mientras la camioneta daba tumbos y vueltas barranca abajo.
Despertó una semana después en una cama, miró a su alre
dedor y comprendió que estaba en un hospital, miró su cuerpo que se insinuaba debajo de la sábana y a su brazo derecho en el que había una sonda conectada a un frasco de suero. A la primera enfermera que se acercó le preguntó por sus familiares; la mujer lo tranquilizó diciéndole que estaban todos bien, que el mas golpeado era él.- Qué tengo?... algún hueso roto?. Preguntó inquieto.
La enfermera le desvió la mirada y le respondió:
- Ya le comunicará el doctor su diagnóstico, viene en una hora... y sin mas se perdió por el pasillo.
Se miró detenidamente y no sentía ningún dolor. “no debo estar tan mal” pensó... en ese momento intentó mover el pié derecho que asomaba por debajo de la sábana.
Un sudor helado y una sensación de miedo visceral le embotó los sentidos cuando el pié no le respondió, ni el otro, ni sus brazos... la impresión lo venció.
Dos años después la lesión en su médula producto del ac
cidente solo le había permitido (y a costo de un terrible esfuerzo) recuperar la movilidad del brazo derecho y tres dedos de esa mano y un poco de la movilidad del brazo izquierdo pero ninguno de sus dedos... el resto del cuerpo ya le era ajeno para siempre.
Pasó por todos los estados de ánimo previsibles, incluso se hubiera suicidado si ello hubiera estado a su alcance, pero no podía moverse por sí mismo y solo podía ocupar una silla de ruedas si alguien lo subía a ella.
Su novia fue la primera en desaparecer de su vida. No la culpaba, ella era joven y tenía derecho a vivir una vida normal. Luego los amigos fueron raleando las visitas a la clínica especializada don
de se recuperaba. Al cabo de tres años solo uno o dos lo visitaban.
La depresión lo estaba matando de a poco. De aquel deportista que corría diez kilómetros todas las mañanas y que había bajado el Paraná y el Uruguay en solitario cuando aún no estaban de moda los kayac quedaba muy poco.
Hasta que llegó Cecilia.
La nueva enfermera era todo sonrisas y
retos, si no quería hacer los ejercicios, ella lo obligaba... si se negaba a comer, ella le preparaba las comidas que le gustaban y se la daba sentada junto a su cama.
Fue ella quien lo convenció de pintar cuando él le cont
aba con vívidos detalles la belleza de los ríos que conocía tan bien. Pronto sus pinturas se fueron perfeccionando tanto como su pericia con los pinceles y la poca movilidad no fue un problema. Pronto los pasillos de la clínica y algunos livings de médicos lucían sus pinturas.
Cecilia siempre estaba allí, alentándolo con sus palabras y dándole esperanzas. Un día le trajo una notebook especial
mente adaptada para personas como él... y fue allí que Nelson volvió al mundo.
Hizo lo que todos, al principio navegó horas y horas por páginas de lo mas variopintas, se empachó de cuanta película le comentaban y hasta armó un blog con sus pinturas por consejo de la enfermera.
Pero el gran cambio se produjo cuando descub
rió Facebook. Al principio  tenía algunos poquitos amigos con los que se podía comunicar a diario... de pronto fue recibiendo pedidos de amistad de personas que no conocía, pero que sin embargo llegaban a él a través de amigos de amigos... como a todos en Facebook.
Pero aún otro gran cambio lo aguardaba. Consiguió
a través de algunos amigos del face que se dedicaban a la política que le otorgaran una pensión con la cual podía seguir su vida (y tratamiento) en su casa de  El Cazador, un barrio cercano a la ciudad de Buenos Aires y que tenía un bello río de los que él amaba... pero necesitaba una enfermera full time que cuidara de él... Cecilia se instaló en su casa y pronto algo muy, muy parecido al amor nació entre paciente y terapeuta.
También ayudaron sus nuevos amigos del Libro de Caras, como a él le gustaba llamarlo... allí estaba Marga, una ruda ex policía que lo trataba sin contemplaciones pero con infinito afecto... o se r
eía con las historias de Silvana; se sorprendía de conocer detalles de la vida de Gloria o Macarena, dos españolas que hablaban con él a diario y admiraban sus pinturas. Discutía temas bizarros con Gustavo o Dylan, recordaba sus buenos tiempos de kayakista con Andrea, quien le mandaba fotos de aquellos recodos del río que convertía en cuadros que Cecilia vendía,  y le permitían vivir con el decoro y el orgullo de quien se gana la vida. Tenía amigos como Daniel o Mauro que lo distraían con historias de lugares y cosas que él nunca hubiera imaginado... o personas como Susana o Betty que lo confortaban desde lo espiritual...
Sus días se iban suavizando mas y mas hasta que se sorprendió dándose cuenta que ahora tenía muchos ma
s amigos y se comunicaba con muchísima mas gente que cuando estaba sano. Ese medio de comunicación que empezó como un juego entre estudiantes de una Universidad americana le permitía hoy a él interactuar con mas gente de la que había conocido en su vida.
También se reencontró con viejos amigos y conocidos que creía perdidos para siempre en sus recuerdos. Estableció contactos con otros pintores que le daban secretos y técnicas... pronto sus días (tan vacíos y eternos antes...) tenían una agenda completa, al punto de recibir mas de un rezongo de Cecilia...
Una mañana en que estaba escribiendole una frase de aliento a un nuevo amigo de Facebook que padecía una lesión como la de él, vió el reflejo de su rostro en la pantalla...
Y sonrió.

Que lejos estaban ahora los días en que compadeciéndose de sí mismo quería terminar con su vida... cuántos amigos insospechados tenía ahora, de los que conocía mas detalles de sus vidas que de la de su propio hermano; como la vida le había puesto delante a la bella Cecilia, la que amaba profundamente, como había descubierto que los hermosos lugares que conoció cuando navegaba en su kayac ahora podían alegrar la vista de otras personas a través de sus pinturas.
Volvió a mirar su reflejo en la pantalla.
Y fue feliz, mientras pensaba una respuesta ingeniosa al contrapunto intelectual que tenía esa mañana con Gilda...










Ah, si alguien quiere conocer a Nelson, aquí su blog, http://elpintar.blogspot.com/   él sería inmensamente felíz si se hacen seguidores... Gracias!!!

2 may. 2011

LA CORRIENTE


Una anciana baja al pavimento y vuelve a subir a la vereda, sosteniéndose en un Ford
Falcon bordó estacionado sobre J. A. Pacheco de Melo (y casi avenida Pueyrredón).
El semáforo está descompuesto. Muchos taxis ocupados. Otra anciana, aferrada a una
mujer con anteojos ahumados, cruza Pacheco de Melo, y recién entonces la primera, la
amedrentada, emprende el esfuerzo superior de cruzar, más bien descuajeringándose.
Hoy, en análisis, me quedé en el repaso sustancioso y pormenorizado de mis
padecimientos físicos. Y en que ayer conocí al médico de la familia de Susy, especialista
en huesos. Le llevé las radiografías de espalda y rodilla derecha que me saqué a fines de
septiembre por indicación del traumatólogo de la obra social, quien, además, determinara
tratamiento kinésico en base a masajes, onda corta, ultrasonido, lámpara y ejercicios.
Me preocupa la rodilla: molesta tanto al subir escaleras. Lo de la espalda es ya crónico,
estoy resignado, hace media vida que me duele en ciertas posiciones y cuando escribo a
máquina. El tratamiento kinésico resultó un paliativo, y exclusivamente para la rodilla.
Pero desde hace dos semanas está la rodilla como antes de haberlo comenzado. Por otra
parte, este médico le otorgó trascendencia a los vestigios de sangre detectados en la
orina. En el examen de la rodilla localizó la movilidad excesiva de la rótula, me explicó
la función de los ligamentos, confirmó que las radiografías no evidencian lesión, y
encomendó placas de ambas rodillas con piernas flexionadas. Aseguró que no hay nada
definitivo que pueda hacerse, ni por la espalda ni por la rodilla. Está al acecho un proceso
de artrosis. Y él considera que la rótula podría, alguna vez, fisurarse.
A mi analista le hablé del Genozim. Y de la muestra de semen que el viernes llevé
al laboratorio por prescripción del andrólogo, a propósito de la escasa movilidad de
mis espermatozoides. Y claro, cuando oí “escasa movilidad de mis espermatozoides”,
me resonó “excesiva movilidad de la rótula”. Me siento raro no tomando el Genozim.
Percibía ternura por ese remedio escrupulosamente ingerido durante meses, junto
con uno de los tres (Control K, Holomagnesio y Vegestabil) ordenados por el nuevo
cardiólogo (extrasistolia ventricular cumpliendo un lustro).
He bebido té de boldo (el cardiólogo me prohibió el café, el té común, el mate), y
estoy con hambre. Me rondan ideas e ideítas, algunas sugerentes, ¿en cuál incursionar?
¿En la que abriría con un introito reflexivo sobre el enturbiamiento de algunos de
nuestros mejores recuerdos? ¿En la concerniente a la ingratitud, a las bruscas o paulatinas
desvinculaciones que nos inferimos irresponsablemente los unos a los otros? El caso
de Jorge en el setenta y cinco (¡diez años ya!), o el de Ramón en el sesenta y tres. Y la
disolución, la pulverización. Con mujeres con las que salí me quedó un sedimento...
He pedido un sandwich de pan negro, de crudo y queso, a un mozo zombie de esta
confitería Alabama. Empecé garabateando en verde, pero la Edding 1700 agotó su tinta
y la sigo en azul con una Sylvapen. Mi consumición en esta sentada ascenderá a un
austral con treinta, según los tickets. Se sorteó la lotería de Navidad y no parece que
nos hayamos favorecido Susy y yo con nuestras participaciones. Pasó una muchacha

ofreciendo Curitas y ahora invaden el local chicos mendigando. Me solazo con el tarjetón
de un instituto de investigaciones agropecuarias y bromatológicas recibido por nosotros
para la ex-propietaria de nuestra casa. Al lado de un dibujito con personajes aureolados,
reza: “¡Paz y Bien! Con la confianza plena en el Amor Providente del Señor y en la
intercesión omnipotente de la Santísima Virgen, ruego a Ud. y familia ante el Niño
Dios, encareciéndole al Salvador del Mundo los colme de sus mayores Gracias durante
1986. ¡Que Dios les Prodigue sus Prístinas Bendiciones!” Y firma un otro señor cuyo
apellido nombra al instituto. Hum... Pergeñar las características probables de alguien
capaz de redactar en serio o disponer la impresión con su clisé comercial de eso, supone
un tránsito peligrosísimo y por ello fascinante, por los desfiladeros de lo írrito (para
expresarlo con intriga).
Redondear, redondear la crónica antes de que la corriente me abandone. Pienso en
esta materia prima, en estos enunciados. Pienso en la novela que planeo. Y especulo,
también, organizando un relato con esta recortada información: En una aldea siciliana,
Enzo Gennaro Basunca es agraviado por dos amigos, hermanos entre sí. Jura vendetta.
Ofensores y familia desaparecen sin dejar rastros. Dos décadas después, Enzo se entera
de que esa familia reside en la capital de una provincia norteña. Llega a esa ciudad, los
descubre, y asesina a cinco integrantes. Es condenado a cadena perpetua. E indultado,
tras cuarenta y seis años en la cárcel, excelente conducta y precaria salud. Viaja a Buenos
Aires para visitar a su único hijo vivo, su nuera, nietos, bisnietos y tataranietos. Y en
un hospitalito de Gerli muere, antes de cumplir los cien. Fin. Desde dónde el planteo,
allí hay una historia; seca, brindarla económica; toquecitos para clima, alguna línea de
diálogo, y tal vez un título a obtener del remate.
Fin, fin. Dejaré en la mesa una cifra en billetes y monedas que incluirá propina, me
levantaré, le haré un gesto al mozo y me iré cantando, remando, sin dolor, transportado
por mis ensoñaciones, plausible, sagrado, y también yo atravesaré J. A. Pacheco de Melo,
reafirmando imprescriptibles condiciones, de prisa.

EN EL LUGAR DE LOS OTROS



Elvira venía de dejar a la niña en el colegio cuando se encontró con la mamá de una de las compañeritas de su hija.
En vista de que estaba enterada de que el marido de aquella se encontraba internado por problemas de salud, luego de saludarla le preguntó como seguía éste.
La mujer le dijo - mal, murió ayer - obviamente ésta se encontraba en estado de shock ya que no se notaba su dolor.
Al ser algo muy reciente todavía no había caído ante la magnitud de los sucedido, además de que precisamente iba a buscar a sus hijos al colegio y seguramente quería mostrar ante ellos su mejor semblante.
Elvira quedó cortada, sólo atinó a abrazar de inmediato a la mujer y expresarle sus condolencias y ponerse a la orden ante lo que necesitara, en realidad no sabía que decirle, no existían las palabras.
Cuando se despidió de la reciente viuda, todo el peso de la angustia se instaló en su pecho.
Camino a su casa recordó su propia experiencia hacía ya 10 años, a raíz de la muerte del padre de su hijo mayor, cuando el niño contaba con tan solo 2 años.
El día de Elvira cambió, se tornó opresivo, angustiante, el dolor que sentía dentro era enorme, pesado y viejo.
Si bien había rehecho su vida y se había casado, parecía que el tema de la muerte de ése ser tan querido, fallecido hacía ya bastante tiempo, era un tema no resuelto ó sencillamente había asimilado todo el dolor de la madre de la compañerita de su hija pequeña.
A la noche, cuando llegó su esposo, comenzó a comentarle lo que había ocurrido y no pudo evitar dar, por fin, rienda suelta a el llanto que había estado conteniendo durante todo el día.
Su marido, preocupado, le pregunta porqué se pone así, ella sólo llora y apenas puede articular palabra -Me puse en su lugar y sentí su dolor y me vi a mí misma cuando a mí también me pasó y me dolió por ella y por sus hijos, me dio tanta pena, me dolió tanto...


Abril 2010
Patricia O. (Patokata)

16 abr. 2011

PICHIRILO


La fecha de su nacimiento es incierta.

Bastaron unas puntadas, un poco de goma de pegar,
suficiente relleno de algodón y varios pedazos de tela para
que fuera de los más guapos que se exponían en la vidriera
de la tienda de juguetes de la gran ciudad.

Cuando vio a la niña por primera vez algo muy extraño
sintió dentro de su relleno abdominal. Era una mezcla de
emoción y cariño que con el tiempo creció hasta convertirse
en el más grande de los sentimientos.

Su infancia fue de las más felices entre luchas con el oso
colorado, comiditas con la muñeca de rizos dorados y paseos
en el coche de cartón que más que coche era una caja de
galletas del convento de las hermanas Clarisas que quedó
vacía en el cumpleaños número 6 de su niña.

Su niña fue creciendo y los juegos se fueron haciendo menos
frecuentes pero siempre estuvo allí. De personaje principal a
decoración principal. En el escalafón de favoritos no estaba
mal sólo que a medida que fueron pasando los años, ya ni de
decoración lo consideraban.

Un día la familia encontró otro lugar para vivir en la ciudad.

La casa de campo se conservó y siguió siendo la casa de
Pichirilo sólo que más silenciosa, más oscura y menos alegre.

Las que sí eran alegres eran las vacaciones estivales porque
era cuando volvía la gente, volvía el bullicio, el olor a comida

casera bien temperada y la sonrisa de su niña. Pero luego del
verano, otra vez su residencia perdía el color y el barullo.

En el verano del año 2000, le dieron el lugar que merecía.
Sobre el sillón principal de la recámara de su niña, sentado
viendo al frente. Parecía como un rey en su trono. Desde ese
sillón el paisaje era amplio. Podía ver la cama, una silla, el
baño y la puerta cerrada del dormitorio.

La puerta cerrada, sin el seguro pero cerrada. Cuando se
abría y eso era siempre en el verano, y como si saliera el sol,
Pichirilo la veía a ella llegando a su dominio. Se alegraba
tanto que sentía lo mismo que le había oído a ella decir
cuando se enamoró por primera vez: como mariposas en la
panza.

Su niña era su razón de ser y aunque cada año la veía más
cambiada, su mirada y su sonrisa eran siempre las mismas y
para Pichirilo eso era suficiente.

Alguna vez y cuando ella vivió momentos tristes sintió
un abrazo un poco más fuerte que de los de antes y sin
proponérselo él mismo terminaba bañado en algo salado que
cubría su cabecita, su ropa a cuadros y sus flácidos brazos.

Su niña le llevaba esa llovizna que alguna vez fue torrencial
aguacero que salía de sus lindos ojos por culpa de un
hombre que no la supo comprender, valorar y ante todo
querer.

Tardaba poco en secarse y considerando que había nacido
sin piernas tardaba menos en componerse y sin ninguna
arruga. Pienso que es porque algo de sintético hay en él.

El misterio de sus piernas ha quedado muy escondido. Creo
que sería un muñeco muy útil para enseñar a los niños de
hoy que no todos somos iguales. Hay niños que no tienen
brazos o piernas, un ojo, mucho cabello o poco cabello,
algo nos distingue pero todo nos asemeja. La capacidad de
amar llega más allá de nuestras diferencias, lo mismo que el
perdón y la reconciliación y la sonrisa como la de su niña.
Como la sonrisa de él mismo que parece congelada pero
que en realidad es porque al ser un payaso la lleva como su
uniforme de trabajo.

Un día, temprano en la mañana, con los cabellos
desordenados, se levantó la niña para ir a la casa de Pichirilo.

Ella había decidido almacenar las cosas que ya no le servían
y que estorbaban en su departamento de la ciudad y no
encontró mejor lugar para guardarlas que en la casa de
campo donde el muñeco no tendría el menor reparo para
hacerse cargo de ellas.

Pichirilo tenía muy buena memoria. Sabía perfectamente
como sonaba el motor del automóvil de su niña y conocía el
tip tap de sus pisadas. Se dio cuenta que ella estaba llegando
y viendo desde la ventana de la habitación divisó al lado de
las cajas de cartón una roja maleta de viaje y su cabecita de
tela y algodón imaginó la playa. Luego pensó las montañas.
Segundos después pensó que podía ser un viaje más allá
de la frontera, más allá del mar. Se calmó, la agitación lo
hizo rodar desde la ventana hasta debajo del ropero. Allí se
reincorporó y se montó a su sillón.

Pensó que aquél día la niña había ido exclusivamente a
recogerlo. Que hace mucho tiempo no había sentido su
aliento cerca de su cara y que los abracitos que pronto le

daría le traerían muchos alegres recuerdos de hace muchos
años.

Salió el sol. La niña grande entró a la habitación. Lo levantó,
lo abrazó, giró y mejilla con mejilla, despuntó la sonrisa más
hermosa que tenía en los labios para posar frente a la cámara
fotográfica que sostenía un amigo que llegó con ella.

Pichirilo se sintió importante cuando le tomaron la foto.
Pensó que la foto era para su pasaporte.

Mientras la niña acomodaba las cajas que había traído desde
la ciudad, el payaso buscó un peine, lo pasó por la cabeza,
se sacudió un poco la ropa, encontró un pañuelo cerca
del sillón donde ha estado sentado por casi 30 años, puso
encima el peine, una revista de dibujitos para el viaje, el
pijama y un pedazo de turrón añejo de la navidad de 1993
que la niña olvidó en la mesa de noche, unas entradas viejas
del circo donde aparecen las fotos de su padre y de un tío
muy majo que le enseñó algunos trucos de magia, juntó todo
y con su mejor sonrisa espero que ella volteara a verlo y que
lo acomodara cuidadosamente dentro de la maleta roja para
emprender viaje.

Lo último que Pichirilo escuchó fue el portazo que dieron
al salir. Luego vino la noche y el silencio. Eso dice él, que
hubo silencio, pero yo sé que no era silencio; se oía un llanto
casi imperceptible, de resignación, de un poco más de lo de
siempre, de causa perdida. Quedó sentado junto a su dolor
pasando amargas horas hasta dormirse con la carita mojada.

Me dijo Pichirilo que extraña a la niña que se fue de viaje
y que la sigue queriendo igual que el día que se conocieron
cuando era aquella niña linda y cariñosa. La quiere igual a

pesar de haberlo dejado con tanta emoción de volver a estar
juntos recorriendo el mundo o aunque sea de un paseo por
la cuadra.

Allí quedó, peinadito, con su equipaje en un pañuelo que
encontró cerca del sillón donde ha estado sentado por casi
30 años.

Feliz viaje niña linda.

Luis Carlos Palazuelos

23 mar. 2011

LA SOPA


Pedir dinero en la calle no era lo más difícil para Ismicho. El arte de hacer
una carita triste, de insistir un poquito más con las señoras o con las
abuelitas, el quitarse el blanco casi marrón sombrero como muestra de
agradecimiento por la monedita, estaba dominado.

Para Ismicho lo difícil era comer la papa caliente que, en la ollita del
almuerzo, la mamá le reservaba a él. Ella se llevaría a la boca el ínfimo
pedazo de carne que flotaba entre pedazos de zanahoria y una cosa verde
difícil de adivinar pero que posiblemente era espinaca. La bebé sólo teta.

La papa, más grande que la boca de Ismicho, tampoco era el real
problema sino la temperatura casi hirviente con la que salía secuestrada,
con la cuchara o con la mano, de la ollita que media hora antes hacía fila
con otras tantas ollas en el comedor popular.

Si algo salía de la olla, nunca más volvía. Era un pecado dejar sobra de
nada! Cuando falta alimento todo es bienvenido para los flacos cuerpos
de aquellos que en la calle y de lunes a sábado, reciben como ración diaria
magro alimento. Sopa caliente o fría o algo.

La ollita

La bendita olla fue un dizque regalo de una señora; hacía frio y la familia
campesina se acomodaba por primera vez en unas gradas al frente de
la casas de Doña Sofía a quien se le ocurrió dar de comer a los recién
llegados. Buscó una ollita que, un poco estropeada, ya no se usaba en
su casa. La familia había crecido y las ollas ahora eran grandes para
abundante caldo, piezas de pollo, papas de todo color y sabor, zanahorias,
cebollas y negras y redondas pimientas de Cayena, ya que sin ellas, faltaba
sabor y picor.

Al mediodía y como Dios manda a los que tienen comida sobre su mesa,
salió Doña Sofía con la ollita del almuerzo. Iba rebosante de caldo para
aquella mujer campesina con bebé en brazos y mocoso de unos 6 años
revoloteando a su alrededor. Con un gesto digno y tímido la mujer

agradeció a Doña Sofía por este regalo de bienvenida.

Menos de cinco minutos fueron suficientes para dar cuenta con el caldo
y sus ingredientes. Sin poder lavar la ollita y con más vergüenza que al
recibirla, la humilde mujer tocó a la puerta de Doña Sofía para devolver
aquel utensilio y ésta sabiendo de las necesidades de los recién llegados
mendigos, se la obsequió más como quien se deshace de un estorbo que
como quien se sacrifica desprendiéndose de algo valioso.

Desde ese entonces, la ollita le sirve a la mamá para después de hacer
una fila de 60 personas, poder recibir tan importante contribución a su
supervivencia en el comedor popular.

Los domingos

Los domingos para Ismicho, su mamá y la bebé, no eran ni de guardar, ni
de descanso ni mucho menos de esparcimiento. La mayor preocupación
del domingo era la comida, Sólo una, soñar con tres imposible aunque
en la época de Navidad recibían tanto como para desayunar, almorzar y
cenar galletas de blanca cobertura con figuritas de extraterrestres, negros
queques llenos de pasas, almendras, miel y nueces.

El domingo no había comedor popular. Los curas y las monjas tenían
su día de descanso luego de la misa de 8 y las puertas le decían NO!
al mendigo desorientado, sin calendario, sin noción del tiempo. Los
mendigos son millonarios. Millonarios de largas horas de hambre, de
espera de unas monedas, millonarios de desprecio, millonarios de
incomprensión y millonarios de injusticia, la del clima que destruye sus
cultivos y los obliga a emigrar a lugares donde ni siquiera se pueden
comunicar porque pocos hablan su idioma.

Las monedas después de la misa y a la puerta del templo servían para
comprar lo necesario: pan, una lata de sardinas sumergidas y ahogadas en
salsa de tomate y en ocasiones especialísimas, maíz tostado como postre,
como merienda, como cena, como sea.

Los niños de la ciudad

Ismicho no se quejaba. La ciudad le mostraba, jamás le ofrecía porque
ni ella era capaz de mirarle a los ojos, suficiente entretenimiento: autos
de todo color y tamaño, hombres vestidos de todo color, no como él su
hermanita y su mamá que tenían la ropada pegada al cuerpo porque
siempre tenían puesto lo mismo y su marrón paisaje no cambiaba.

A Ismicho le atraía ver a niños como él, cargando bolsas llenas de
sorpresas: cuadernos, lápices, papeles de color y ante todo las mismísimas
bolsas con dibujos de seres raros con cabeza cuadrada, niñas bonitas
todas de rosa y hasta animalitos con fuego en la boca.

Lo que Ismicho no sabía era dónde iban los niños con esas bolsas. Muy
temprano en la mañana mamás, papás y niños pasaban corriendo. Ismicho
sospechó que debían ir a algún lugar muy lindo que no podían perderse
por eso las carreras decía él. Lo extraño y contradictorio era cuando la
misma gente volvía pasado el mediodía con caras de apaleados. Dónde
fueron que los dejó en tan mal estado? Se preguntaba este niño de
marrón con sombrero blanco marrón.

El sábado, el desfile no era el mismo. Los niños que pasaban se veían
tranquilos y los padres mucho más. Ya no corrían en la misma dirección
ahora todos era errantes y no habían bolsas. En cambio, el desfile, ponía
en manos de esos niños helados, globos, muchos de muchos colores,
autitos, autos y muchos con algo de esfuerzo cargaban autotes. Algunos,
los que iban rumbo a la plaza de los altos árboles, llevaban bicicletas.
Bicicletas como las que Ismicho conocía en su pueblo. Como las que
manejaban los grandes y los jóvenes, nunca los chiquitos.

Qué había cambiado en el pueblo de las casas altas que permitía a los
niños usar aquel medio de transporte tan exclusivo y reservado en el
pueblo de Ismicho? La respuesta era sencilla: unos billetes, de los que
jamás caían a su sombrero o al sombrero de la madre, que compraban
esos divertidos aparatos.

La diversión de Ismicho no pasaba de ver. Era como ir al cine, ver la
cartelera e imaginarse la película. Así es cuando no se puede comprar la
entrada. Al final, algo de diversión debe haber en ver la cartelera de las
películas que se exhiben y las que vienen.

Ahora, no había diversión. Ahora Ismicho tenía que comerse la papa
caliente apenas salida de la ollita que su madre había traído luego de 30
minutos de fila con otras tantas ollas en el comedor popular.

Luis Carlos Palazuelos

YO ERA ESE AMIGO


La congregación terminó de cantar unos himnos. Luego el pastor pasó al frente y presentó a un amigo de su infancia que pasaría a compartir unas palabras esa noche. Tras la presentación, un hombre anciano pasó al púlpito y comenzó a hablar:

“Un padre con su hijo, y un amigo de su hijo, navegaban en una pequeña barca cerca de las costas del Océano Pacífico. De repente, se levantó una fuerte tormenta y no tuvieron tiempo para regresar a tierra. Tan fuerte era el oleaje que el padre no pudo mantener la embarcación a flote a pesar de su experiencia. La pequeña embarcación se volcó, arrojando a los tres al mar embravecido”.

El anciano hizo una pausa y en ese instante miró a los ojos a dos jóvenes de la congregación. Hasta el momento, los dos jóvenes no había mostrado ningún interés en el culto, pero ahora empezaron a prestar atención y mostrar cierto interés en la historia que el anciano esta contando.

“El padre agarró una cuerda salvavidas que estaba atada al barco volcado. Pero, entonces se enfrentó con la decisión más difícil que jamás había enfrentado. ¿A cuál de los dos muchachos debiera tirar la cuerda? No había tiempo para contemplar la decisión que tendría que tomar.

“El padre sabía que su hijo era creyente, que le había entregado su vida a Dios y que estaba en paz con Él. Sabía que el amigo de su hijo, en cambio, no estaba bien con Dios. Él no estaba preparado para morir. El padre luchó por un instante en agonía por la decisión que tenía que tomar. Esa lucha que se desató en su interior era aún más feroz que la fuerza de las aguas”.

“El padre lanzó un grito: Hijo, te amo mucho, y en seguida le arrojó la cuerda al amigo de su hijo. El muchacho agarró la cuerda y el padre lo haló hasta la embarcación volcada, y lo salvó de las aguas embravecidas del mar. Ya para ese entonces, sin embargo, su propio hijo había desaparecido en las aguas del mar. Nunca recuperaron el cuerpo.”

Los dos jóvenes ahora presentaban toda su atención a lo que el anciano decía.

“El padre sabía que su hijo, pasaría a la presencia de Dios para toda la eternidad. A la vez, no soportaba la idea de que el otro joven muriera sin Jesús. Por eso ese padre sacrificó a su propio hijo para salvarle la vida al otro muchacho. ¡Cuán grande es el amor de Dios, puesto que él ha hecho lo mismo para nosotros!

Con estas palabras, el anciano terminó su discurso y se sentó. El silencio reinaba en toda la sala. Después del culto, los dos jóvenes se acercaron al anciano.

-La historia que contó fue muy bonita-le dijo uno de ellos respetuosamente-. Pero no es realista pensar que un padre podría sacrificar a su propio hijo con la esperanza de que otro joven terminara siendo cristiano.

-Usted tiene mucha razón, amigo-respondió el anciano un tanto pensativo mientras fijaba la vista en su Biblia desgastada. Luego, miró de nuevo el rostro de los jóvenes mientras una gran sonrisa se dibujaba en su rostro.-Usted tiene toda la razón. En realidad, de parte de un papá no sería realista hacer eso, ¿verdad que no? Pero, yo estoy aquí para decirles que esa historia me ayuda a acomprender un poquito lo difícil que de haber sido para Dios entregar a su propio Hijo por mí. Déjenme decirles que… yo era el amigo del hijo.

LOS QUINCE DE ANITA


El exceso de cerveza y las carcajadas de mi primo Javier, presagiaban un desenlace desteñido de la fiesta de Anita.
Junto a mis compañeros de colegio nos ubicamos frente a la pista de baile y desde allí hacíamos todo tipo de comentarios. Aturdido por tanta chacota, comencé a observar las figuras deformes que a través de las copas de cristal transpiradas, aparecían y desaparecían en el horizonte de la mesa. Finalmente detuve mi recorrido en el rostro de una muchacha de ojos achinados y sonrisa tímida: era flaquita, vestía solera de amplio escote y cubría sus hombros con un colorido mantón.
Ella ya había reparado en mí y mordisqueaba nerviosamente sus labios aparentando no darse cuenta de que yo también la observaba.
Presintiendo que le había caído en gracia, tomé coraje y me acerqué a su mesa para invitarla a bailar. Antes de hacerlo, acomodé mi prolija corbata, tosí sin necesidad y sonreí a un vecino imaginario…
Bailamos lentamente. Charles Aznavour cantaba “Venecia sin ti” y luego de varios giros inicié mi conquista.
La muchacha olía a lavanda y su piel era blanca y suave. Disimulando mis intenciones, poco a poco fui bajando mi mano por su espalda hasta tomarla de la cintura. Al hacerlo, mis dedos rozaron suavemente sus vértebras. Cada centímetro recorrido estuvo fríamente calculado; podía sentir cómo se le encrespaba la piel bajo mis manos…
Busqué la penumbra del salón y lentamente fui apretando su cuerpo contra el mío. La decisión fue acertada; no le quedó otra alternativa que rodear mis hombros con sus brazos.
Mientras bailaba, observé a mis compañeros:  me miraban azorados y sólo Javier sonreía. Sin darles importancia les guiñé un ojo y apoyando mi cabeza en la de la muchacha, rocé su oreja con mis labios. Su pecho volvió a agitarse y por un instante me pareció que había logrado acalorarla: sus manos transpiraban y el calor le subía por el cuerpo.
Fue curioso. En uno de mis apretados giros, por la amplia escotadura de la espalda pude observar los elásticos deshilachados de su bombacha y esta distracción logró desconcentrarme. De inmediato retomé mi cometido y una vez más apreté su cuerpo contra el mío para intentar otras caricias atrevidas, más allá de la cintura…
Hasta ese momento todo había salido a la perfección, tal como me lo había indicado mi primo Javier. Entonces, como un torero, decidí dar la estocada final. Sin embargo, cuando mi rodilla intentó abrirse paso entre sus muslos, ocurrió lo inesperado: un sonoro cachetazo se incrustó en mi cara y quedé solo en el medio del salón, con la vergüenza desplazando a mi osadía, la hermana de Anita observándome indignada, y el imbécil de Javier riendo a carcajadas.

16 mar. 2011

ELPÁJARO CARAMELERO


Cuando mis hijos eran chicos, yo era un fumador empedernido. Al regresar a casa, después de trabajar, generalmente compraba mi segundo paquete de cigarrillos del día. En esa época de mucha la inflación, era frecuente que el kiosquero no tuviese cambio y me entregara un caramelo de leche con maní, equivalente a los centavos del vuelto.
El caramelo era duro, envuelto en papel transparente. En realidad, a mí nunca me llamaron la atención las cosas dulces pero para ese entonces yo  tenía tres hijos de ocho, seis y cuatro años, capaces de matar por tan preciado botín. Recuerdo que sus cabecitas se escalonaban junto al filo de la mesa de cocina observando con avidez los movimientos del cuchillo con el que, infructuosamente, intentaba partir el caramelo en la forma más equitativa posible.
¿Alguna vez hicieron el intento de trozar un caramelo duro en tres partes iguales? Es casi imposible. Por eso solicité al kiosquero que me entregara el vuelto de los cigarrillos en caramelos pequeños y masticables e  intenté una manera más práctica de realizar el reparto. Inventé “La historia del pájaro caramelero”, plumífero invisible que todas las tardes recorría los jardines del barrio repartiendo caramelos entre los chicos que se habían portado bien. Eso sí, debían esperarlo con el pijama puesto, peinados y cantando la canción del “Elefante trompita”. Aún recuerdo sus miradas ingenuas escudriñando el cielo mientras yo me escondía detrás de los ligustrines esperando el momento oportuno para arrojar los caramelos hacia la copa de los árboles. Imaginarán el revuelo que se armaba: empujones, risas y llantos eran la consecuencia inevitable de tan desacertado reparto. Felizmente, uno de mis hijos no tardó en descubrir el engaño y a partir de allí fueron ellos quienes me propusieron las distintas formas de hacerlo: el mayor, soñador y fantasioso, propuso que escondiera los caramelos en un lugar secreto y les organizara una suerte de búsqueda del tesoro, pero inmediatamente advertí que serían las doce de la noche y los salvajitos seguirían dando vueltas por toda la casa. El menor, con su habitual serenidad y sentido práctico, propuso que los rifáramos para evitar problemas. Sin embargo, mi única hija mujer, acostumbrada a pelear su espacio entre sus hermanos varones, me propuso en su media lengua: “Papá, tigá los cagamelos paga agiba y el que los agaja los agaja”
Hoy me pregunto: ¿se habrá tenido fe, la mocosa?
Jamás olvidaré la frescura y naturalidad de mis hijos; y en particular, sus personalidades tan diferentes y curiosas.

13 mar. 2011

DARÍ DARÁ

 
Darí Dará se convirtió en paloma cuando aún era un polluelo en su nido, recurrió a un hechicero para convertirse en lo que no era. Madura y blanca pero pequeña por dentro con la inocencia de un polluelo que es lo que debía haber sido. Con las prisas de crecer y estar con sus hermanas las palomas para alzar el vuelo en la época que no le tocaba. Pues así el hechicero se lo hizo saber antes de convertirla en adulta.
Este hechicero estaba apartado en el bosque en un lugar mugriento y apestoso, en donde el barro te tragaba si caminabas por él, eran arenas movedizas. Hasta los hierbajos crecían y ni siquiera se podía ver el agua de un riachuelo que pasaba por aquel lugar.
En los próximos días ya preparaban sus hermanas el recorrido para la emigración en el cambio de estación, pero el recorrido que hizo Darí Dará todavía fue peor cuando pequeña aun fue a visitar al hechicero con sus patitas pequeñas y sin poder volar, esquivando las malas hiervas y las arenas movedizas. Cuando vio por primera vez al hechicero entre boles y cazuelas, pócimas y especies en una casa hecha de trozos de madera y barro, se asustó pero el hechicero la tranquilizó con su voz noble y buena, ya que casi siempre las apariencias engañan, pues así trató a Darí Dará con dulzura y nobleza, mas que era él así por tradición y cultura le enseñaron sus antaños todo lo que sabía y con sus propios conocimientos que adquiría mientras cumplía años.
Siendo ya una bella paloma blanca voló en el día señalado con sus hermanas las palomas hacia un lugar mejor, en donde podrían hacer sus nidos en bellos árboles de algún pueblo cercano de algún parque floreado.
 Dama

12 mar. 2011

TRATADO DEL QUERUBÍ

Mientras la lluvia caía y el arvejal indefenso y gozoso se quemó, y aún después, mis padres hablaban del casamiento, y ya era el mediodía en el oscuro hogar y se asaban bajo la lámpara los lirios del almuerzo, y mi padre hablaba del novio y de su torre atrás de la montaña que nunca habíamos visto, y de su prado y de su invicto arvejal y de sus abejares. Y de súbito, él empezó a andar, tras la ventana sus astas largas, azules. Mis doce aniversarios se refugiaron temblando en el halda de mi madre; y de pronto, él entró; los ojos le brillaban demasiado, hablaba un raro idioma del que, sin embargo, entendíamos; palabras como hojas de tártago trozadas por el viento, hongos saliendo de la tierra; mi nombre sonaba en sus labios de una manera alarmante. Subí a las habitaciones y las criadas, entre los roperos, hablaron de la boda como de algo pavoroso.
   Dos crepúsculos más tarde, llegó el notario, y puso mi nombre en el acta y el de él, y bajamos al jardín, y ya estaban las abuelas y las bisabuelas, y todos, y repartíamos el vino, y trajimos el instrumento extraño, el que tenía una sola cuerda y daba una sola palabra en un solo tono, y volvimos a beber vino, y las bisabuelas rezaban,  y después el sol se cayó atrás de los montes. Entonces, él me miró, y yo veía su rostro fijo en mí, sus largos cuernos adornados con azahares.
Marosa di Giorgio