22 may. 2011

La ciudad del apretón


A la hora de comer no había espacio para todos los platos sobre la mesa. Pá y má, abuelo y
abuela, el flaco, el gato, el fortis y yo. Pan, ensalada, salsa picante, el florerito de porcelana,
las pastillas del abuelo, el misal de la abuela, la radio de pá, los secadores de má, cuchillos,
tenedores, cucharas, vasos, jarra de limonada, olla de sopa o fuente de arroz, el salero, la
pimienta, el aceite, el vinagre, el edulcorante de má, la caja de leche del flaco, el periódico del
día y a veces las facturas de la luz o del agua o ambas; todo sobre la mesa a la hora de comer.

Mi abuelo se dio cuenta de mi cara de enojo porque me asfixiaba la estrechez en la que
vivíamos y comíamos. Él conocía cómo fruncía yo el ceño, cómo hacia el puchero con los labios
y cómo empuñaba las manos. Lo hacía igual que cuando el viejo me ganaba con las cartas o
con los dados los viernes en la noche, cuando hacía frio y él no podía salir con los amigos.

Al acabar la cena y antes que me levantara me dijo: “Ven un rato conmigo que tengo algo muy
interesante que contarte”. Todos decían que yo era el favorito del abuelo; no lo creo así, sólo
puedo asegurar que yo era el que más atento escuchaba sus historias de juventud o cuando
fue a la universidad; las mejores historias eran las de la guerra que le tocó luchar y cómo él
tuvo que dar instrucciones a sus superiores cuando ellos por ineptitud o por ignorancia no eran
capaces de guiar a las tropas en plena zona de conflicto; los cañones, los ataques y retiradas, el
frente, la sed, la rendición, el acabose. Me gustaba escuchar al abuelo.

En su habitación no muchas cosas. No había muchas cosas en orden. Era un entrevero de
papeles, revistas, periódicos, medicinas, postales, recuerdos grandes y pequeños, más papeles,
más revista y más periódicos. Le gustaba leer y su sana lucidez era resultado de tan noble
virtud.

La abuela muy hacendosa se encargaba de ordenar lo que el viejo dejaba regado por aquí y por
allá pero qué mal momento cuando él veía cómo había quedado todo luego de la intervención
de ella. Tromba, tornado, rayos y centellas, eso era el abuelo cuando alguien le cambiaba de
lugar las cosas. Él tenía un código secreto del orden que mantenía en su habitación aunque a
los ojos del menos experto observador, eso parecía un desbarajuste de grandes proporciones.

Nos acomodamos en dos grandes sillones de cuero. Yo sobre periódicos y revistas. Él creo
que sobre la correspondencia y ciertos documentos que juntaba para redactar su testamento
que si bien no le hacía nada de gracia, no era por la parca misma sino, porque sabía que de él
nacerían pleitos entre los hijos pero eso ya no sería asunto propio.

Me dijo que éramos muy afortunados de vivir en la pequeña casa que su padre había
construido y en la que él mismo pasó toda su vida primero con sus seis hermanos y ahora
con todos nosotros que sumábamos siete con la abue y ocho con el Rufo quien siempre se
escabullía dentro de la casa por la frialdad y solitud del patio porque era un cachorro muy
social. Los espacios no eran amplios pero todos cabían y no era tan malo. No era como en
Kowloon.

“Kowloon?” Dije yo sin saber lo que estaba repitiendo una vez que el abuelo empezó su relato.
Él asintió con la cabeza y me confirmó que la palabrota era efectivamente Kowloon. Me
dijo: “Esta casa para nuestra dicha no es Kowloon. Allí tienes que pedir permiso a un extraño

para poder girar, en la calle o en una habitación”.

Quedé intrigado por tal lugar cuyo nombre apenas podía pronunciar. Él prosiguió y me contó
del pueblo donde no cabe un solo alfiler más.

“Kowloon es como ningún otro lugar en el planeta. Las personas viven todas juntas en un
espacio donde no cabe nadie más y donde ya experimentaron levantando altos edificios que
ya se habían comido los rayos de sol. Ni siquiera al medio día se colaba el sol cuando caía
vertical sobre la ciudad de Kowloon porque para proteger lo que se encontraba en los espacios
inferiores colocaron redes que protegían lo que abajo pudiese moverse y lo protegían de
basura, de excrementos y hasta de accidentes cuando alguna maceta caía sin previo aviso”.

El abuelo sabía de aquella extraña ciudad porque lo leyó en un libro o una revista o en algún
texto que estaba en la misma habitación que nosotros pero que se escondía de la abuela;
no quería caer en las manos de tan buena señora porque sería desterrado o mejor dicho
desempolvado y acomodado en la biblioteca entre la C de ciudades y la R de rarezas o entre
la K de Kowloon y la T de tonteras porque a ella le daba igual mientras estuviera junto con los
demás libros, revistas o papeles ya que el lugar de los calcetines, las medallas o las monedas ya
estaba ocupado.

En Kowloon me decía el abuelo: “Cuando en el segundo piso alguien estornuda, alguien en
el primer piso le desea salud y en el tercer piso alguien se contagia y todo al mismo tiempo.
Cuando se abre una gotera en el tercer piso el agua sirve para regar las plantas en el segundo y
para lavar los trastes en el primero. Cuando alguien enciende un cigarrillo en el primer piso, en
el segundo y en el tercero fuman gratis aspirando el humo que asciende y si es opio, en todos
los pisos hay tranquilidad y luego elefantes color perla salen volando por las ventanas”.

Cuesta creerlo pero dice que es cierto. La ciudad quedó amurallada dentro de otra ciudad
más grande porque cuando se separó de su verdadero territorio nadie pensó en ella y luego
vinieron los juristas que supieron mantener su unidad en la extraterritorialidad y con acuerdos
y tratados quedó una ciudad dentro de otra ciudad. Lo que no calcularon los políticos, fueron
los límites de capacidad de la población y tal cual un hormiguero, la gente quedó una al lado
de la otra, sin secretos, sin fiestas privadas, sin intimidad, sin vergüenza. La vida de uno es la
vida de lo demás, no hay puertas ni ventanas y menos cortinas que le permitan a las personas
rasurarse las axilas, cortarse las uñas de los dedos de los pies o similares de perfecta intimidad.

Cuando la gente ya se salía por las ventanas, cuando no cabía un solo chino más, entonces
hubo que mudar a la ciudad entera y los hombres hormiga, las mujeres sardina y los niños
abeja pudieron estirar piernas y brazos sin correr el riesgo de golpear a la abuela o al vecino en
tan sencilla maniobra para el común de los mortales.

“Esta casa nos queda bien” dijo mi abuelo. “Yo todavía tengo espacio para mis “documentos”;
tu abuela todavía tiene el cuartito de costura con máquina “Singer” de coser incluida, tu mamá
y la Pancha hacen la comida libremente en la cocina , tus hermanos pueden jugar a las tapitas
con su cancha de frazada de plaza y media en plena sala, tu papá trabaja en el escritorio donde
se luce muy bien el estante donde guarda sus libros universitarios y tú, tú todavía tienes la
despensa donde entras a comer los chocolates que le robas a tu tía que vive en la casa del

frente”.

“En el comedor estamos muy apretados pero eso es porque la mesa es chica. Mi padre la
diseñó de esa forma con un claro objetivo: estar siempre juntos como uno solo, en familia,
pegaditos”.

Hoy te extraño abuelo. Aquél día me enseñaste que Kowloon es uno solo lo mismo que
nuestra familia.