29 sept. 2009

EL ROJO DE LA ESPERA


Eugenio Ramírez Vega, había llegado al Virreinato del Río de la Plata, con sus ansias de dinero y de poder. Su padre, un adelantado, le había contado de la riqueza de Las Indias y como los nativos tiraban el oro por doquier.

Si las generaciones pasadas habían sido insaciables en su codicia; en la mal llamada conquista, que con violencia inusual, casi habían diezmado a los nativos, las nuevas traían multiplicadas ambiciones.

Eugenio era alto, rubio, facciones armoniosas, ojos celestes, pestañas largas. Quien lo miraba, no podía percibir a simple vista la frialdad de sus ojos, porque engañaba con su belleza.

Su espíritu aventurero lo había llevado por diferentes tierras donde pudo lograr un cargamento de esclavos, que le sirvieron para hacer sus primeros negocios. Antes eligió las negritas más armoniosas y los negros más fortachones, a quienes hacía trabajar brutalmente.

Primero se ubicó en un lugar alejado del centro. Abrió sus baúles repletos de finos ropajes, apropiados para sus aspiraciones. Siguió trabajando, pero siempre tenía en su mira a la alta sociedad de la época.

Se hizo construir una imponente casa, conforme a la estirpe que él se había creado. Repasó toda clase de galanterías y las mujeres morían por él.

Al atardecer solían caminar por las calles desoladas, unos negritos que llevaban escondidas las esquelas donde lo invitaban a las tertulias de las jóvenes casaderas. Él no accedía muy a menudo para acrecentar su halo de misterio.

Eugenio tenía todo para triunfar; belleza física, ambición desmedida y falta absoluta de escrúpulos, pero una mala costumbre le gustaban las mujeres casadas y las sirvientas.

Sus bajos instintos se veían acallados todas las noches cuando las negras visitaban su suntuoso cuarto. Primero fue Severa, quien tenía su hija adolescente, luego Prudencia y otra y otra… Pero lo más cruel que hizo fue acceder por la fuerza a la aniñada Pedra que lloró su virginidad perdida hasta que sus ojos se secaron.

Pasaron los años. Unos hilos acerados poblaban las sienes de Eugenio cuando conoció a Macarena Benítez de Guardo, mujer hermosa y joven casada con un hombre mayor adinerado y de gran linaje. Se enamoró perdidamente. Ella le correspondía. Era tanta la pasión que el disimulo se iba diluyendo. Los comentarios iban creciendo y aunque tarde el marido se enteró. Urdió todo. El dolor, la rabia, el engaño, la moral por el piso, lo llevaron a esconderse en la casa “de los encuentros”.

Eugenio, perdido de amor entró precipitadamente. Un arma comenzó a vomitar su fuego mortal y no le permitió ni un ay de dolor… Sólo sus ojos se fueron cerrando lentamente. Su cuerpo se fue cubriendo de rojo, como una proyección de la ira contenida de todas las negritas y mulatas que él había dañado miserablemente.


Lucila Soria