2 jul. 2009

Los túneles azules:

El traqueteo constante del tren estaba a punto de adormecerme cuando sentí el leve roce en mi pierna derecha. Sin mucha voluntad entreabrí los ojos para enterarme de quién era el pie que se había instalado frente a mi. A veces pienso en los motivos por los cuales las personas somos tan curiosas, y siempre me respondo que de no ser así el hombre no habría llegado a ser el rey de la creación... lo es?.

Realmente de un primer vistazo el pasajero no despertó mi atención, por lo que decidí permanecer en ese estado de sopor que me agrada tanto como el no tener que levantarme de la cama en un día de frío.

Todos los días aprovechaba esa media hora que me regalaba el viaje en tren para sumergirme en el límite que separa el sueño de la vigilia, hermoso momento en el que puedo soñar sin soñar, pensar que sueño o soñar que pienso.

Ese día todo fue diferente.

No podía concentrarme en ningún pensamiento, tenía la molesta sensación que alguien me espiaba, que hurgaba en mi mente, que robaba de mi cerebro los pensamientos que eran solo míos. Verdaderamente irritado abrí los ojos para encontrarme con la visión familiar del interior del vagón; una a una recorrí con la vista las personas que viajaban conmigo... como la molesta sensación no desaparecía, me puse a pensar en ellas.

Dos mujeres mayores, que manejaban los labios y las lenguas en un interminable cotorreo, una mujer joven que llevaba a su hijo (eso pienso que era), como si fuera un prisionero; el pobre chico miraba hacia todas partes como mira un pájaro en su jaula... ansioso de libertad.

En el lado derecho tres conscriptos fumaban con fruición, pensando seguramente en lo bueno que sería ser civil otra vez, desalentándose inmediatamente al recordar que debían volver al cuartel; detrás de ellos dos hombres correctamente vestidos hablaban seguramente de exitosos negocios, de la variación del dólar o en la inflación. En el extremo del vagón tres chicas de guardapolvo y libros deseaban con sus miradas que alguno de los conscriptos se les acercase aunque mas no sea a preguntarles la hora.

Fue entonces que descubrí al hombre que estaba frente a mi.

Al principio lo miré con la cabeza baja, examinando sus zapatos y su pantalón , que si bien eran de buen gusto, no pasaban de ser corte común, ni buenos ni malos... lentamente fui subiendo con la vista y pude ver su saco, del mismo estilo que el pantalón pero de distinto color; y el escudo.

Un pequeño escudo prendía de su solapa izquierda, me concentre en él porque algo en mi cerebro disparó mi atención; era un pentágono formado por una estrella que estaba encerrada en un círculo, y en el centro tenía grabada la cabeza de una serpiente, con los ojos y los colmillos hechos de algún material brillante. Entonces fue cuando llegué a los ojos de aquella persona.

El hombre dejó de mirar por la ventanilla para clavarme esa mirada gélida de las personas escandinavas. Al principio pensé que, por su forma de mirarme, intentaba decirme algo, pero al cabo de un segundo comprobé que no era así y pensé en sostenerle la mirada para ver quien de los dos la bajaba primero.

Lentamente aquellos helados ojos azules fueron venciéndome y de pronto el interior del vagón comenzó a dar vueltas y vueltas, un momento mas y todo era solamente esos ojos... tuve entonces la sensación de estar atravesando un túnel, hacia donde la vorágine de esos ojos me llevaban, de repente tuve visiones de pesadilla imágenes horrorosas de los laberintos infernales a los que aquellos ojos me arrastraban, creí escuchar gritos y lamentos perdidos en el fondo de aquellos túneles azules. El terror me invadía lentamente y todo mi cuerpo quería reaccionar contra aquel tormento, desesperadamente cada fibra de mi ser luchaba por salir de aquellos ojos... finalmente, en un esfuerzo terrible logré levantar mis manos y cubrirme la cara.

El silbato del guarda anunciaba que el tren, que estaba detenido, se encontraba pronto a partir. No recuerdo el nombre de esa estación en la que me bajé, ni porque lo hice.

El tren se alejaba lentamente cuando empecé a caminar por el andén, mientras que con mi pañuelo secaba el sudor frío que empapaba mi nuca y trataba de sacudir fuera de mi el horror que ya nunca me abandonaría. Y que algún día me arrastraría nuevamente a aquellos túneles azules.

Daniel Pratt