14 may. 2009

MATEO Y MIGUEL


Entró resuelto, atravesó las vidriadas puertas y comenzó a recorrer los pasillos. En el ínterin se cruzó con muchas personas vestidas de blanco, otras de verde, algunos vestidos con ropa común lo que le decía que eran pacientes o visitantes. Los ignoró y presumiblemente ellos lo ignoraron también. Se detuvo ante el número 25 del ala de Pediatría.
No era la primera vez que concurría al hospital, pero lo hacía más asiduamente desde que Mateo estaba allí. Esa tarde, para su júbilo, el niño lo estaba esperando sentado en su camita y con una amplia sonrisa, tenía a Pilu, su inseparable compañero de aventuras infantiles, abrazado contra su pecho. Pilu era su peluche preferido aunque ya estaba un poco raído y desteñido de tantos abrazos y revolcones.
Miguel se paró un instante en la puerta observando la escena.
¡Mateo se veía tan radiante!.
Finalmente habían terminado todas sus penurias. De su pequeño y bello rostro ya habían desaparecido las terribles ojeras; la mirada triste y asustada había dado paso a una mirada límpida. Ahora su carita lucía saludable. Miguel se sintió agradecido porque el sufrimiento del pequeño hubiera cesado, por fin podría disfrutar como cualquier niño de su edad, sin los molestos e intensos dolores que lo sumergieron en esa cama de hospital hacía ya tres meses.
Se acercó sonriente, la mirada del niño llenaba su corazón de jubiloso amor, él amaba incondicionalmente a esa criatura sufrida, había velado junto a su cama cada noche y resguardado sus días desde que nació. Cuando Mateo enfermó, se sintió culpable ¿en cual de sus cuidados había fallado? ¿cómo no había percibido la sombra del dolor que se cernía?. Luego comprendió que ese conocimiento le estaba vedado y que la razón de la enfermedad del niño estaba más allá de su protección.
Inclinándose alzó al niño que se abrazó confiado a su cuello, mientras con el otro brazo continuaba apretando al maltratado Pilu contra su pecho.
Miguel sintió su alma desbordarse de ternura, apretó aún más sus fuertes brazos en torno de la criatura para sentirlo seguro y que él sintiera su cálida protección, recién entonces desplegó sus poderosas alas, elevándose.

María Magdalena Gabetta


El dibujo es un obsequio de mi amiga, la pintora argentina Mónica Iturrioz, ¡Gracias Moni!