1 may. 2009

EL PASEADOR DE PERROS

Todas las mañanas a la misma hora en el mismo lugar, se sienta a la sombra de un gran árbol de la plaza, les suelta la correa a los ocho perros que lleva, y salen disparados como flechas para distintos lugares.

Él toca un silbato y uno a uno vuelve a su lado mansamente esperando su palabra para volver a corretear.
Solo los días de lluvia se ausenta y no aparece.
Es una parte más del paisaje de la plaza a las diez de la mañana.

Yo lo veo desde la ventana de mi cuarto, no tengo la suerte de poder salir. Hace tiempo que estoy aquí enclaustrado por ésta maldita fobia y pánico, que se apoderó de mi vida y ya no soy nadie.
Solo puedo permanecer en casa, encerrado entre estas cuatro paredes, mi temor a enfrentarme con el afuera me descontrola.
Me vieron médicos, psiquiatras, tomo la medicación, pero parece que conmigo no se puede.
En definitiva mi vida transcurre, mirando por la ventana el ir y venir de las personas.
Lo que mas me atrae y no dejo de observarlo ni un solo día, es al paseador de perros, me quedo hasta que se marcha con sus ocho perros.

Me produce una ternura infinita el ver con que amor los trata, los acaricia juega con ellos.
Conozco a cada uno, por su raza, su pelaje, le puse nombre para identificarlos y ver su rutina.

Soy un profesional, hice una carrera brillante, de la cual me retiré con todos los honores.

Una mañana todo cambió, no pude abrir la puerta para salir como todos los días, el pánico se apoderó de mí, y van varios meses en que solo me atrevo a mirar a través del vidrio de la ventana. Como trabaja el paseador de perros.

Todo seguía igual, a los días, de los días anteriores.

La ventana.. yo.. la plaza.. el paseador de perros y ellos.

Empecé a encariñarme. De todos había, uno me seducía, era negro azabache, con un pelaje largo que se ondulaba en su carrera. Me gustaba seguirlo, yo lo llamaba Sultán.

Una mañana sucedió lo inesperado, frente a mi ventana paró un auto.
Él pasaba como siempre en su carrera jugando con la libertad, no pude alcanzar a ver que le mostró, solo sé que “Sultán” subió al auto y éste se fue.

Por esas cosas del que maneja los hilos de la vida tomé el número de patente y me intranquilicé.

El paseador de perros comenzó a llamarlos con su silbato, solo siete se acercaron, les colocó las correas y comenzó a preocuparse, buscarlo, llamándolo por toda la plaza.

Yo aquí, en mi ventana sabiendo lo sucedido y sin poder hacer nada.

Ver la desesperación de ese joven por no encontrarlo, me superó. Desde donde estaba no podía avisarle.

Yo tenía la respuesta.

Tomé coraje sostuve el picaporte con mi mano unos segundos, después de tantos meses, me animé, abrí la puerta, bajé raudamente la escalera.

Era como si los fantasmas que me atormentaban se hubiesen esfumado ante ésta circunstancia.

Cruce a la plaza, llame al joven, le conté lo que había visto, se atormentó aun más, me dijo que ese perro era de él, que lo traía junto con los otros para que jugara.
Lo tranquilice, le pedí que llevara los perros a sus dueños y que volviera, que al tener el numero de la patente iba a ser fácil encontrarlo en mi computadora.

Así lo hizo y en 40 minutos teníamos ya la dirección.
Me ofrecí llevarlo con mi auto, ya que el lugar era alejado, fuimos hasta el garaje donde hacía meses no pisaba, el encargado lo ponía en marcha para que no se estropeara, cuando me vio no lo podía creer.

Llegamos a la dirección encontrada, tocamos el timbre, se escucho chumbar, el muchacho reconoció el ladrido, una sonrisa se dibujó en su cara.

El hombre abrió la puerta, “Sultán” salto sobre el paseador de perros como dándole un abrazo.

No mediaron explicaciones

“Sultán “ recuperó a su dueño.

Yo mi libertad.

María Rosa
angelamariarosa43@hotmail.com