22 feb. 2011

RUMOR


Pablo se despertó feliz aquella mañana. El aire marino lo ponía de muy buen humor y la perspectiva de una caminata por la orilla del mar era una promesa de descanso a pesar de ser por trabajo.
Como fotógrafo profesional había sido contratado por el municipio de la costa para realizar un relevamiento de las playas, nuevos paradores y diversas atracciones  costeras, para lo cual, además de los honorarios, le otorgaban alojamiento y viáticos, lo que era una especie de regalo del cielo para Pablo, cansado de hacer fotografías sociales y harto de los sándwichs de miga y tortas de casamiento...
Esa mañana debía fotografiar los restos del Karnak, un viejo buque a vapor alemán que en 1878 encalló para siempre a unos siete kilómetros al sur de San Clemente del Tuyú. Preparó su equipo fotográfico e incluyó en su bolso algunas otras cosas, ya que pensaba aprovechar el día, como hombre criado en el campo llevaba sus binoculares, cuchillo, encendedor y una pistola (que siempre lo acompañaba) además de una lona para descansar en la arena (que a pesar de ser Octubre ya calentaba el ambiente), su caramañola con jugo, y algunos sándwichs, con los que estiraría la vuelta para la tarde, haciendo la caminata bien distendida y sin horarios.
Lo que no imaginó era el tiempo que aquella excursión en realidad le demandaría.
Bajó a la playa por el muelle de San Clemente, el pequeño GPS que llevaba le marcó la posición del Karnak a 7.200 m. al sur de donde estaba, así que hacia allí marchó caminando tranquilo y distendido, disfrutando de la playa semi vacía, ya que solo unos pocos pescadores y algún que otro caminante se veían hasta el horizonte.
Las casas cercanas a la playa iban raleando y a los pocos kilómetros ya no se divisaba ninguna. En la misma arena se veían ahora solo sus pasos. La playa estaba maravillosa y el cielo reverberaba sobre el mar... solo unas pocas nubes se veían contra el celeste.
A lo lejos vio un objeto blanco sobre la arena. Al acercarse comprobó las formas familiares de una vieja cocina enlozada. Miró para todos lados esperando ver alguna casa o camino, pero nada. Al otro lado de la duna solo había arena y soledad.
No resistió la tentación y extrajo la pistola con la cual practicó tiro al blanco sobre la vieja cocina. Los disparos hacían eco en el viento que venía del mar.


Después de juntar las vainas y fotografiar los agujeros en la chapa se sentó un rato a contemplar el mar y comer un sándwich.

El cielo comenzó a cubrirse de nubes bajas y pronto la línea del horizonte, el mar y el cielo eran una sola cosa. Decidió apurar el paso para llega
r al barco y hacer su trabajo antes que las condiciones de luz no fueran las adecuadas, sin embargo no parecía que fuera a llover.

Llegó al casco hundido un rato después y tuvo que esperar que la marea bajara lo suficiente como para que las fotografías fuesen un
poco mas atractivas, ya que solo se veían viejas cuadernas del casco derruidas por la herrumbre con un fondo de cielo plomizo... casi como una postal de una vieja película de miedo.




Mientras esperaba que 
descendieran las aguas caminó hasta los médanos y descubrió un viejo portal de madera que se abría hacia un camino entre la arena, a lo lejos se veía un espeso bosque, algo que le llamó la atención, dada la aridez del lugar. Luego de hacer las fotografías del barco se acercaría hasta allí a curiosear.
Tomó unas cien imágenes del viejo buque, como para satisfacer a sus empleadores, pero su mente estaba en el bosque que había visto y le intrigaba tanto.

Hacia allí se encaminó atravesando el solitario portal de madera, que dividía la línea costera de los médanos.

El lugar era un verdadero vergel, un paraíso arbóreo donde infinidades de especies crecían unas junto a otras en un delicioso desorden.
Hizo arder el disparador de su cámara registrando las mil y una formas caprichosas que los troncos habían adquirido en su crecimiento.
El lugar era magnífico y fresco e invitaba a quedarse.
Extendió la lona en el piso y se preparó para un improvisado picnic costero.

Las horas pasaban lentas y acostado sobre la lona se durmió apaciblemente.
Despertó sobresaltado, creyendo oír voces en la espesura, un rumor de palabras que el viento no dejaba identificar. Creyó razonablemente que otros excursionistas estaban, como él, disfrutando de aquel bello lugar.
Acomodó sus cosas y consultó el GPS para registrar aquel sitio magnífico, sin embargo el aparato estaba como muerto, marcaba que no había satélites a los cuales conectarse. Extrañado se encaminó hacia el portal.
Sin embargo este no se encontraba donde se suponía, creyó haber confundido el rumbo y pretendió guiarse por el sol para ubicar la dirección hacia la costa, pero el cielo estaba gris y el sol estaba ausente.
Su inquietud crecía al consultar su reloj y ver que no funcionaba tampoco, el mismo se había detenido aproximadamente a la hora en que había dejado la playa cruzando el portal. No tenía certeza de la hora pero esta seguro que pronto se haría de noche y si bien contaba con una pequeña linterna, la aventura de pasar la noche en aquel bosque, que ahora veía frío y sombrío, no estaba en sus planes.
Casi corriendo buscaba hacia un lado y otro el límite del vergel, pero cuanto mas buscaba, mas perdido se hallaba.
Justo antes que las sombras de la tarde hicieran necesaria la linterna vio entre la foresta una construcción, una casa.


Hacia allí se dirigió rápidamente para pedir a los habitantes la ayuda para salir de allí; aquel lugar que creyó en un principio un paraíso, ahora se le antojaba horrible y tenebroso.
Al llegar a la casa su corazón dio un brinco. Era una vieja construcción abandonada, allí no vivía nadie desde hacía mucho tiempo.
La noche era inminente y no le quedaba mas remedio que prepararse a pasarla allí, seguramente con las primeras luces del nuevo día encontraría el portal, el Karnak, y el regreso a casa. Se acomodó lo mejor posible dentro de la construcción y encendió una vieja cocina de leña que había allí y que estaba, a pesar del tiempo, en bastante buena condición.
Comió los últimos sándwichs que llevaba y se propuso revisar las fotos tomadas, un poco para distraerse y no pensar en la insólita aventura en la que su curiosidad lo había metido. Lo primero que notó (y que volvió a asustarlo) es que en ninguna de sus cámaras funcionaba el reloj ni el fechador, todas estaban detenidas a la misma hora que su reloj.
En la hora que había atravesado el portal.
Las fotos eran magníficas, y si no fuera por la situación en la que se hallaba estaría feliz, ya que sus empleadores estarían satisfechos al promocionar semejante belleza dentro del municipio. Pero él solo estaría tranquilo cuando lograse salir de allí al día siguiente,
De repente sus sentidos se exacerbaron, en un par de fotos se veían algunas personas, pero no estaban nítidas, mas bien parecían formas vaporosas difuminadas entre los árboles, creyó reconocer a niños o personas de baja estatura allí, pero aún utilizando los poderosos mecanismos de zoom de sus cámaras no conseguía verlos bien. El miedo se instaló en él.
No conseguía dormir y solo deseaba que llegara la mañana para salir de allí. A mano tenía su pistola y su cuchillo y se felicitaba por haberlos traído. Las horas pasaban lentas y en el cielo ni una estrella, solo oscuridad, niebla y silencio. Sin embargo las paredes de aquella vieja casa le daban una cierta sensación de protección que no hubiera sentido de hallarse durmiendo entre los árboles.
A lo lejos creyó oír otra vez un rumor de voces e incluso creyó identificar un motor, probablemente de algún cuatriciclo u otro vehículo capaz de aventurarse por la arena a aquella hora... sin embargo todos los sonidos le llegaban amortiguados por el sonido del viento entre los árboles sin permitirle identificar la dirección hacia la playa.
La mañana finalmente llegó y su ansiedad le hizo saltar como resorte de su improvisada cama, había pasado una noche horrible y se prometía a si mismo no volver a hacerle caso a su curiosidad.
Una y otra vez caminó cambiando de direcciones, fue y vino sobre sus propias huellas entre las hojas secas del piso pero no logró hallar el camino, oía perfectamente las olas entre el sonido del viento pero cuando se dirigía hacia esa dirección, solo se adentraba mas en el bosque, una y otra vez volvía a la vieja casa, para elegir otra dirección y partir hacia ella con la esperanza pintada en la cara... y una y otra vez volvía a ver entre los arboles la silueta familiar de su refugio improvisado.
Sintió sed y no tuvo mas remedio que accionar la vieja bomba que se hallaba oxidada a un costado de la casa, luego de un par de intentos fallidos logro bombear agua, dejo correr un poco y la probó con el hueco de su mano, al menos el agua era fresca y cristalina. Lleno su caramañola y continuó la búsqueda del portal.
No podía hallarlo.
Para completar su cuadro de desesperación el cielo seguía umbrío y plomizo, sin la menor indicación de donde se hallaba el sol.
Cada tanto creía oír voces entre los árboles o rumores de pasos, hacia los que se encaminaba frenéticamente, para hallarse una y otra vez en el mismo lugar.


Probó marcar los troncos con su cuchillo y fue peor, ahora casi todos los troncos que veía tenían marcas pero no hallaba la salida.
Su miedo y desesperación ya superaban todo límite,
Al tercer día de estar perdido el hambre se adueñó de él. Al principio comió algunos frutos que halló familiares hasta que vio el conejo. Entre los árboles el animal desenterraba una zanahoria que crecía allí.
Un certero balazo lo transformó en la cena de un desesperado.
A la semana de estar allí comenzó a pensar que ya no saldría de aquel bosque.
Fue entonces cuando halló el viejo cuaderno.
Entre los cabios del techo de la vieja casa vio lo que creyó era una bolsa de arpillera, al bajarla no sin esfuerzo quedó al descubierto un viejo cuaderno escrito en inglés, idioma que él conocía bastante.
Pronto logro traducir su contenido.
Era la bitácora del segundo al mando del Karnak, un piloto de buque de apellido Biemann; que al principio describía la carga del buque: un cargamento de semillas de los mas variados orígenes (de Asia, Africa, la Polinesia y Australia) y de los restos seculares de un templo hallado en un islote cercano a la isla de Pascua.
Luego describía el insólito estado del mar en el que avezados marinos como ellos no lograban hallar el rumbo y la brújula del navío que no marcaba dirección alguna.
Mas adelante describía la baradura en aquella playa sudamericana y de los esfuerzos de la tripulación que había trasladado la carga a la playa para salvarla, y para alivianar el buque tratando de hacerlo flotar otra vez.
Después había párrafos en alemán (idioma que el fotógrafo desconocía) y finalmente la descripción de cómo habían construido la casa (en la que él junto con otros dos marinos se refugiaba), del bosque que crecía de las semillas del buque, y de la imposibilidad de encontrar otra vez el viejo portal de madera que habían montado para indicar la posición del encallamiento.
Una mirada sombría y desesperanzada se pintó en el rostro del fotógrafo, una desesperanza que nacía en lo profundo de sus huesos y que allá en el fondo de su alma le indicaba que había cometido el error mas grande de su vida.

Un año después

Pablo estaba ahumando la carne de unas palomas que había atrapado con una trampa que aprendió a construir en su Entre Ríos natal. Resignado a su destino había mejorado la casa del bosque y se había adaptado a él. Éste lo proveía de lo necesario para vivir e incluso había aprovechado algunas viejas ropas de marino que estaban en la casa para abrigarse en el invierno.
Nunca mas en el año transcurrido había vuelto a ver el sol, el que recordaba con nostalgia mirando las fotos de sus cámaras hasta que, agotadas las baterías, solo representaban el recuerdo de una vida que ahora se le antojaba distante  y perdida en el tiempo. Él era éste de hoy, el sobreviviente del bosque, que repetía la desgracia de los tres tripulantes del Karnak, que, como él, habían atravesado el portal en el momento exacto, en el instante supremo que lo convertía en algo mas que un portal, sino en una puerta hacia otra cosa... hacia la soledad mas completa que hombre alguno haya experimentado.
A pocos meses de deambular en aquel magnífico bosque sin límites (y que ahora se le ocurría circular) había hallado dos tumbas, otra pequeña cabaña con varios objetos que para él eran valiosos (ollas, cuchillos, hachas...) y finalmente el esqueleto del último de aquellos hombres que le precedieron...
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A veces oía nítidamente el rumor de voces, de motores que corrían por la playa...sobre todo ahora que se acercaba el verano; creía entrever figuras entre los árboles que pasaban como fantasmas a su lado, que estaban allí, igual que él, pero no como él... porque ellos podían volver a sus vidas al terminar de recorrer aquel delicioso bosque, podían seguir su camino por la playa, podían sentir el sol en la cara y mirar con asombro los restos oxidados del viejo buque, porque ellos estaban del otro lado... al otro lado del portal.