25 may 2011

TRATADO DEL QUERUBÍ (Fragmento)

28


De pronto se levantó, se lavó la cara, se puso un vestido nuevo. Salió sin mirar, en puntas de pie. Las estrellas estaban al alcance de la mano; como los higos que se cuelgan en el árbol de la Navidad, parecían de papel y de miel. Desdeñó el camino; miraba sin mirar e iba a campo traviesa. Las vacas y los caballos como siempre, dormían un instante y volvían a cenar. Los lobizones se diferenciaban de los otros animales y de la gente, porque  les seguían las luciérnagas. Caminó, caminó; debajo de sus pies, los ratones subterráneos zumbaban y silbaban; las ovejas de abajo de la tierra también, estaban sacando trabajosamente, la cabeza ovalada, llena de rizos. Pero, ella hizo poco caso de toda esa ganadería misteriosa. Ya debía ser la medianoche, pues, empezó a caer maná del cielo, aunque, en verdad, sólo era una nube de hongos blancos y centelleantes que pasó, fugacísima. Empezó a aparecer el otro pueblo. Alguna luz habría quedado ardiendo en una cocina o en una tumba. Llegó en puntas de pie. Recorrió las calles. Todas. La del Jazmín, la de los Pepinos, la calle del Ante y la de Ana María. Tenía un miedo pánico de que su madre la hubiese seguido. Siempre tuvo un miedo horrible de que su madre la encontrara de pronto, la enfrentara, le dijese que... Pero, no vino nadie, por ningún lado. Las casas sobre las que destellaban los hongos recién caídos, habían quedado, como siempre, todas abiertas. Penetró en una. Sigilosamente, preparó un manjar, lo dejó sin probar, salió. Todo, dentro del mayor silencio. Recorrió, otra vez, todas las calles, la del Jazmín, la de los Pepinos, la calle del Ante... caminó, caminó; a veces, se detenía y lloraba, a veces, se sentaba y sollozaba. Hasta que, en la lejanía, dieron la orden de regreso.

EL AGUJERO

Cuando sonó el estruendo, no era el disparo, sino mi pecho que se había puesto de frente para recibir ese dolor punzante, que profundizó la grieta por donde debía desangrarme.
     Parece mentira lo que hace un agujero para sacar afuera lo que sobra y que comprimía hace muchos años. Entonces sentí por primera vez espacio. El agujero me dejaba lugar para moverme, poner distancia, reconocer lo que faltaba. La compresión disfrazaba el vacio con necedad.
     Emití un grito, un alarido que no se parecía a ninguna palabra, me desparramé en el suelo, nadie podía pararme. Descansar con la cabeza sobre la tierra, mirando al cielo,  sin culpa, desmoronaba  los castillos que había construido y que se venían abajo.
     El reino estaba  hecho añicos. Nunca fui una reina, ni vos un rey.
     A veces me pregunto cómo una herida que desangra, nos resucita. La muerte es el reguardo de los cobardes y mi valentía desproporcionada, me lleva por la vida.
     No, no me puedo morir acá. Ya me he muerto mil veces como en las películas y he regresado otras tantas a ese personaje. Quiero otro papel.
     El agujero quedará abierto, por allí se irán las noches de desamor, el cálido refugio que nunca tuve. Mi fragilidad que se ha rasgado, pide a aullidos que termine esta historia, que sólo deja heridos en el camino.
     Me voy con lo puesto.
     Me voy con mi agujero. Después de todo lo siento una condecoración, aunque para otros sea simplemente un pozo que hay que tapar.
     Ese espacio, me da la posibilidad de desplegarme, por ahí puedo revolotear y estirar mis alas comprimidas por el agotamiento.
     Andaré con el hundimiento a cuestas, reflotaré a esa chica que reía, y sobre todas las cosas seré feliz.