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22 feb 2011

RUMOR


Pablo se despertó feliz aquella mañana. El aire marino lo ponía de muy buen humor y la perspectiva de una caminata por la orilla del mar era una promesa de descanso a pesar de ser por trabajo.
Como fotógrafo profesional había sido contratado por el municipio de la costa para realizar un relevamiento de las playas, nuevos paradores y diversas atracciones  costeras, para lo cual, además de los honorarios, le otorgaban alojamiento y viáticos, lo que era una especie de regalo del cielo para Pablo, cansado de hacer fotografías sociales y harto de los sándwichs de miga y tortas de casamiento...
Esa mañana debía fotografiar los restos del Karnak, un viejo buque a vapor alemán que en 1878 encalló para siempre a unos siete kilómetros al sur de San Clemente del Tuyú. Preparó su equipo fotográfico e incluyó en su bolso algunas otras cosas, ya que pensaba aprovechar el día, como hombre criado en el campo llevaba sus binoculares, cuchillo, encendedor y una pistola (que siempre lo acompañaba) además de una lona para descansar en la arena (que a pesar de ser Octubre ya calentaba el ambiente), su caramañola con jugo, y algunos sándwichs, con los que estiraría la vuelta para la tarde, haciendo la caminata bien distendida y sin horarios.
Lo que no imaginó era el tiempo que aquella excursión en realidad le demandaría.
Bajó a la playa por el muelle de San Clemente, el pequeño GPS que llevaba le marcó la posición del Karnak a 7.200 m. al sur de donde estaba, así que hacia allí marchó caminando tranquilo y distendido, disfrutando de la playa semi vacía, ya que solo unos pocos pescadores y algún que otro caminante se veían hasta el horizonte.
Las casas cercanas a la playa iban raleando y a los pocos kilómetros ya no se divisaba ninguna. En la misma arena se veían ahora solo sus pasos. La playa estaba maravillosa y el cielo reverberaba sobre el mar... solo unas pocas nubes se veían contra el celeste.
A lo lejos vio un objeto blanco sobre la arena. Al acercarse comprobó las formas familiares de una vieja cocina enlozada. Miró para todos lados esperando ver alguna casa o camino, pero nada. Al otro lado de la duna solo había arena y soledad.
No resistió la tentación y extrajo la pistola con la cual practicó tiro al blanco sobre la vieja cocina. Los disparos hacían eco en el viento que venía del mar.


Después de juntar las vainas y fotografiar los agujeros en la chapa se sentó un rato a contemplar el mar y comer un sándwich.

El cielo comenzó a cubrirse de nubes bajas y pronto la línea del horizonte, el mar y el cielo eran una sola cosa. Decidió apurar el paso para llega
r al barco y hacer su trabajo antes que las condiciones de luz no fueran las adecuadas, sin embargo no parecía que fuera a llover.

Llegó al casco hundido un rato después y tuvo que esperar que la marea bajara lo suficiente como para que las fotografías fuesen un
poco mas atractivas, ya que solo se veían viejas cuadernas del casco derruidas por la herrumbre con un fondo de cielo plomizo... casi como una postal de una vieja película de miedo.




Mientras esperaba que 
descendieran las aguas caminó hasta los médanos y descubrió un viejo portal de madera que se abría hacia un camino entre la arena, a lo lejos se veía un espeso bosque, algo que le llamó la atención, dada la aridez del lugar. Luego de hacer las fotografías del barco se acercaría hasta allí a curiosear.
Tomó unas cien imágenes del viejo buque, como para satisfacer a sus empleadores, pero su mente estaba en el bosque que había visto y le intrigaba tanto.

Hacia allí se encaminó atravesando el solitario portal de madera, que dividía la línea costera de los médanos.

El lugar era un verdadero vergel, un paraíso arbóreo donde infinidades de especies crecían unas junto a otras en un delicioso desorden.
Hizo arder el disparador de su cámara registrando las mil y una formas caprichosas que los troncos habían adquirido en su crecimiento.
El lugar era magnífico y fresco e invitaba a quedarse.
Extendió la lona en el piso y se preparó para un improvisado picnic costero.

Las horas pasaban lentas y acostado sobre la lona se durmió apaciblemente.
Despertó sobresaltado, creyendo oír voces en la espesura, un rumor de palabras que el viento no dejaba identificar. Creyó razonablemente que otros excursionistas estaban, como él, disfrutando de aquel bello lugar.
Acomodó sus cosas y consultó el GPS para registrar aquel sitio magnífico, sin embargo el aparato estaba como muerto, marcaba que no había satélites a los cuales conectarse. Extrañado se encaminó hacia el portal.
Sin embargo este no se encontraba donde se suponía, creyó haber confundido el rumbo y pretendió guiarse por el sol para ubicar la dirección hacia la costa, pero el cielo estaba gris y el sol estaba ausente.
Su inquietud crecía al consultar su reloj y ver que no funcionaba tampoco, el mismo se había detenido aproximadamente a la hora en que había dejado la playa cruzando el portal. No tenía certeza de la hora pero esta seguro que pronto se haría de noche y si bien contaba con una pequeña linterna, la aventura de pasar la noche en aquel bosque, que ahora veía frío y sombrío, no estaba en sus planes.
Casi corriendo buscaba hacia un lado y otro el límite del vergel, pero cuanto mas buscaba, mas perdido se hallaba.
Justo antes que las sombras de la tarde hicieran necesaria la linterna vio entre la foresta una construcción, una casa.


Hacia allí se dirigió rápidamente para pedir a los habitantes la ayuda para salir de allí; aquel lugar que creyó en un principio un paraíso, ahora se le antojaba horrible y tenebroso.
Al llegar a la casa su corazón dio un brinco. Era una vieja construcción abandonada, allí no vivía nadie desde hacía mucho tiempo.
La noche era inminente y no le quedaba mas remedio que prepararse a pasarla allí, seguramente con las primeras luces del nuevo día encontraría el portal, el Karnak, y el regreso a casa. Se acomodó lo mejor posible dentro de la construcción y encendió una vieja cocina de leña que había allí y que estaba, a pesar del tiempo, en bastante buena condición.
Comió los últimos sándwichs que llevaba y se propuso revisar las fotos tomadas, un poco para distraerse y no pensar en la insólita aventura en la que su curiosidad lo había metido. Lo primero que notó (y que volvió a asustarlo) es que en ninguna de sus cámaras funcionaba el reloj ni el fechador, todas estaban detenidas a la misma hora que su reloj.
En la hora que había atravesado el portal.
Las fotos eran magníficas, y si no fuera por la situación en la que se hallaba estaría feliz, ya que sus empleadores estarían satisfechos al promocionar semejante belleza dentro del municipio. Pero él solo estaría tranquilo cuando lograse salir de allí al día siguiente,
De repente sus sentidos se exacerbaron, en un par de fotos se veían algunas personas, pero no estaban nítidas, mas bien parecían formas vaporosas difuminadas entre los árboles, creyó reconocer a niños o personas de baja estatura allí, pero aún utilizando los poderosos mecanismos de zoom de sus cámaras no conseguía verlos bien. El miedo se instaló en él.
No conseguía dormir y solo deseaba que llegara la mañana para salir de allí. A mano tenía su pistola y su cuchillo y se felicitaba por haberlos traído. Las horas pasaban lentas y en el cielo ni una estrella, solo oscuridad, niebla y silencio. Sin embargo las paredes de aquella vieja casa le daban una cierta sensación de protección que no hubiera sentido de hallarse durmiendo entre los árboles.
A lo lejos creyó oír otra vez un rumor de voces e incluso creyó identificar un motor, probablemente de algún cuatriciclo u otro vehículo capaz de aventurarse por la arena a aquella hora... sin embargo todos los sonidos le llegaban amortiguados por el sonido del viento entre los árboles sin permitirle identificar la dirección hacia la playa.
La mañana finalmente llegó y su ansiedad le hizo saltar como resorte de su improvisada cama, había pasado una noche horrible y se prometía a si mismo no volver a hacerle caso a su curiosidad.
Una y otra vez caminó cambiando de direcciones, fue y vino sobre sus propias huellas entre las hojas secas del piso pero no logró hallar el camino, oía perfectamente las olas entre el sonido del viento pero cuando se dirigía hacia esa dirección, solo se adentraba mas en el bosque, una y otra vez volvía a la vieja casa, para elegir otra dirección y partir hacia ella con la esperanza pintada en la cara... y una y otra vez volvía a ver entre los arboles la silueta familiar de su refugio improvisado.
Sintió sed y no tuvo mas remedio que accionar la vieja bomba que se hallaba oxidada a un costado de la casa, luego de un par de intentos fallidos logro bombear agua, dejo correr un poco y la probó con el hueco de su mano, al menos el agua era fresca y cristalina. Lleno su caramañola y continuó la búsqueda del portal.
No podía hallarlo.
Para completar su cuadro de desesperación el cielo seguía umbrío y plomizo, sin la menor indicación de donde se hallaba el sol.
Cada tanto creía oír voces entre los árboles o rumores de pasos, hacia los que se encaminaba frenéticamente, para hallarse una y otra vez en el mismo lugar.


Probó marcar los troncos con su cuchillo y fue peor, ahora casi todos los troncos que veía tenían marcas pero no hallaba la salida.
Su miedo y desesperación ya superaban todo límite,
Al tercer día de estar perdido el hambre se adueñó de él. Al principio comió algunos frutos que halló familiares hasta que vio el conejo. Entre los árboles el animal desenterraba una zanahoria que crecía allí.
Un certero balazo lo transformó en la cena de un desesperado.
A la semana de estar allí comenzó a pensar que ya no saldría de aquel bosque.
Fue entonces cuando halló el viejo cuaderno.
Entre los cabios del techo de la vieja casa vio lo que creyó era una bolsa de arpillera, al bajarla no sin esfuerzo quedó al descubierto un viejo cuaderno escrito en inglés, idioma que él conocía bastante.
Pronto logro traducir su contenido.
Era la bitácora del segundo al mando del Karnak, un piloto de buque de apellido Biemann; que al principio describía la carga del buque: un cargamento de semillas de los mas variados orígenes (de Asia, Africa, la Polinesia y Australia) y de los restos seculares de un templo hallado en un islote cercano a la isla de Pascua.
Luego describía el insólito estado del mar en el que avezados marinos como ellos no lograban hallar el rumbo y la brújula del navío que no marcaba dirección alguna.
Mas adelante describía la baradura en aquella playa sudamericana y de los esfuerzos de la tripulación que había trasladado la carga a la playa para salvarla, y para alivianar el buque tratando de hacerlo flotar otra vez.
Después había párrafos en alemán (idioma que el fotógrafo desconocía) y finalmente la descripción de cómo habían construido la casa (en la que él junto con otros dos marinos se refugiaba), del bosque que crecía de las semillas del buque, y de la imposibilidad de encontrar otra vez el viejo portal de madera que habían montado para indicar la posición del encallamiento.
Una mirada sombría y desesperanzada se pintó en el rostro del fotógrafo, una desesperanza que nacía en lo profundo de sus huesos y que allá en el fondo de su alma le indicaba que había cometido el error mas grande de su vida.

Un año después

Pablo estaba ahumando la carne de unas palomas que había atrapado con una trampa que aprendió a construir en su Entre Ríos natal. Resignado a su destino había mejorado la casa del bosque y se había adaptado a él. Éste lo proveía de lo necesario para vivir e incluso había aprovechado algunas viejas ropas de marino que estaban en la casa para abrigarse en el invierno.
Nunca mas en el año transcurrido había vuelto a ver el sol, el que recordaba con nostalgia mirando las fotos de sus cámaras hasta que, agotadas las baterías, solo representaban el recuerdo de una vida que ahora se le antojaba distante  y perdida en el tiempo. Él era éste de hoy, el sobreviviente del bosque, que repetía la desgracia de los tres tripulantes del Karnak, que, como él, habían atravesado el portal en el momento exacto, en el instante supremo que lo convertía en algo mas que un portal, sino en una puerta hacia otra cosa... hacia la soledad mas completa que hombre alguno haya experimentado.
A pocos meses de deambular en aquel magnífico bosque sin límites (y que ahora se le ocurría circular) había hallado dos tumbas, otra pequeña cabaña con varios objetos que para él eran valiosos (ollas, cuchillos, hachas...) y finalmente el esqueleto del último de aquellos hombres que le precedieron...
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A veces oía nítidamente el rumor de voces, de motores que corrían por la playa...sobre todo ahora que se acercaba el verano; creía entrever figuras entre los árboles que pasaban como fantasmas a su lado, que estaban allí, igual que él, pero no como él... porque ellos podían volver a sus vidas al terminar de recorrer aquel delicioso bosque, podían seguir su camino por la playa, podían sentir el sol en la cara y mirar con asombro los restos oxidados del viejo buque, porque ellos estaban del otro lado... al otro lado del portal.


23 nov 2010

METAMORFOSIS

Se despertó en la oscuridad, un mareo raro le daba vueltas en la cabeza... una sensación difícil de explicar, una desorientación que no le permitía terminar de entender dónde estaba... le costaba reconocer algo en la penumbra del cuarto. Una suavidad desconocida en las sábanas le hicieron creer que estaba entre algodones, o mejor, entre seda. Trató de alcanzar la linterna que siempre tenía sobre la silla que oficiaba de mesa de luz, pero su mano chocó con algo que le pareció de vidrio, que cayó con estrépito al piso. El ruido sordo de eso al golpear el suelo lo terminó de despertar... en ese momento su pierna sintió el roce con un cuerpo que lo aterró, justo cuando se encendía una luz.
- Qué te pasa Lautaro? Preguntó una cara bellísima con una caballera lisa y platinada que estaba a centímetros de su rostro.
No pudo reprimir un grito y se sentó en la cama de un salto
- Vos quién sos?... preguntó aterrado
- Que te pasa Lau? Estás soñando? Te sentís bien? El cuerpo escultural de la rubia quedó a la vista al correrse unas sábanas que evidentemente eran de seda.
Carlos no entendía nada, miraba con asombro y miedo el cuarto magnífico donde se encontraba en una cama con una rubia increíble, que desnuda, le acariciaba la cabeza y trataba de tranquilizarlo. La apartó y se puso de pié, instantáneamente comprendió que él también estaba desnudo e instintivamente cubrió sus sexo con la mano, mientras la rubia dibujaba una sonrisa.
Miró a la izquierda y vio una puerta que daba a un baño, fue a velocidad hacia allí y tanteando en la oscuridad encendió la luz. El baño tenía una bañera como nunca había visto, enorme y llena de tubos y salidas plateadas, a un costado había dos piletas y dos espejos. Allí abrió rápidamente la canilla y se mojó la cara, cuando levantó el rostro para mirarse al espejo, una cara que no era de él lo miraba con asombro. La impresión lo venció y perdió el conocimiento.
Despertó en el cuarto de una clínica, la rubia, ahora vestida, le sostenía la mano, junto a ella una pareja mayor lo miraba con preocupación
- Ay Lautaro, que dolores de cabeza nos traes.. a vos te parece?, la pobre Bárbara no llamó a las cuatro de la mañana desesperada... tenés que parar con los excesos...- Lau, me hiciste morir del susto cuando te vi desmayado en el baño, como te sentís?, le preguntó la rubia que ahora se llamaba Bárbara
Carlos no entendía absolutamente nada, no sabía quiénes eran éstas personas, ni donde estaba... tampoco estaba seguro de quién era él.
Trató de hacer memoria y recordó quién era, desde luego no era Lautaro, él era Carlos un albañil de obra que trabajaba en un edificio de la calle Cangallo hasta recordaba la última mañana antes de despertarse en ese lugar.
Tenía las manos resecas y doloridas, el frío de esa mañana le pesaba en los hombros y las bolsas de cemento incrementaban su peso relativo a medida que las iba apilando prolijamente a un costado de la mezcladora. Carlos era un muchacho joven, pero el rudo trabajo de albañil lo había gastado y parecía mayor de los veintiocho años que tenía, su vida nunca había sido fácil; de padre desconocido y seis hermanos, las privaciones siempre habían sido la compañía angustiosa desde su infancia. Pero no todo era malo, era fuerte y sano, el ejercicio diario de su trabajo le daba un cuerpo esbelto y trabajado. Vivía en la villa con su madre y varios de sus hermanos, a los que mantenía con su trabajo. Mabel se llamaba su novia, una morocha delgada y cariñosa que lo esperaba todas las tardes es su pieza, con mates calientes y besos aún mas.
Poco a poco las cosas en su cabeza se iban acomodando.
Recordó también el edificio donde trabajaba, y en ese momento, un rayo de luz se hizo en su mente. Recordó dónde había visto la cara que lo miraba desde el espejo cuando despertó con la rubia.
Trabajaba en el sexto piso de la obra y desde allí veía todos los días el departamento de esa cara, de Lautaro.
Todas las mañanas al pararse al borde de la losa para alimentar la mezcladora miraba las ventanas del edificio vecino. Allí veía a ese muchacho y su rubia, registraba en su mente las cosas que hacía, el lujo de su departamento y su ropa. El enorme televisor del living que hasta él desde ahí podía ver. Lo veía hacer gimnasia en ese raro aparato parecido a una bicicleta.
Recordó también que muchas veces había deseado la vida de ese muchacho... no tener que sufrir el frío de las mañanas, tener las manos sanas de solo manejar esa computadora chiquita que se veía en el sillón... manejar ese auto sin techo con el que salía del edificio al mediodía, para llevar a la rubia a alguna parte.
Mientras él hombreaba esas pesadas bolsas de cemento, el chico del departamento miraba el fútbol desde el gigantesco televisor o tomaba de esas botellas raras de colores que tenía en un carrito gracioso junto al sillón.
Carlos comenzó a entender lo que pasaba.
Por alguna razón, él ahora era Lautaro... de alguna forma se había convertido en el muchacho de la ventana y estaba viviendo su vida... era como un sueño; como ganarse una extraña lotería donde su deseo había sido cumplido.
No mas mañanas de frío. No mas tener las manos destruidas por el cemento, no mas viajar colgado del colectivo soportando los apretujones y la húmeda viscosidad de los pasajeros. No mas dormir en el suelo rogando que no lloviera.
Decidió que le gustaba lo que pasó y que lo viviría a fondo. Que sería Lautaro y disfrutaría de la vida tal como lo había deseado cuando miraba las ventanas del muchacho.
Quizá extrañaría un poco a Mabel, pero la impresionante rubia seguramente lo ayudaría a olvidarla.
El nuevo Lautaro fingió una total pérdida de memoria y así se lo dijo a los médicos que lo atendían.
- Pobre mi Lau... repetía la rubia entre mimos y mohines
- Hijo, vamos a ayudarte a recuperar la memoria, le dijo el hombre que era evidentemente el padre de Lautaro
Dos días después le dieron el alta en la clínica y sus nuevos padres lo llevaron en un auto impresionante a una casa enorme en un lugar donde unos guardias cuidaban la entrada. Carlos-Lautaro festejaba su buena suerte y disfrutaba de los placeres de una vida que desconocía por completo.
Dormía hasta la hora que le daba la gana, comía cosas exquisitas que no conocía ni de nombre, lo llevaban a todas partes en auto y como él no sabía manejar, fingía que no se sentía seguro y hacía que la rubia manejara el auto sin techo que tanto había admirado desde la losa de la obra.
Se bañaba en la enorme pileta de la casa de sus nuevos padres y en su billetera tenía mas dinero junto del que había visto nunca en su vida. Todo eran placeres y sensaciones desconocidas... sábanas mas suaves que una caricia, bebidas de sabores increíbles. Conoció toda clase de personas que se compadecían de él y le contaban cosas que Lautaro había hecho. Él se asombraba de la vida que llevaban esas personas y que era tan distante de la que había vivido.
Alguna vez recordó con cierta nostalgia a Mabel, pero la rubia, en esa bañera llena de burbujas haciéndole toda clase de cosas, lo hacían olvidarla completamente...
Varias veces le preguntaron si quería volver a su departamento, pero él, sistemáticamente se negaba, secretamente temía encontrarse con la mirada del otro Carlos-Lautaro, que lo miraría con odio, o quién sabe como, desde la obra de enfrente.
Así pasaron dos meses, donde el nuevo Lautaro hizo una vida que Carlos ni siquiera había visto por televisión, conoció lugares que no podía imaginar y vivió las noches mas increíbles con la rubia.
Vaya si tengo suerte, pensó... esto es mejor que ganarse la lotería.
Una mañana sintió un fuerte dolor en los huesos, pensó que descansado se le pasaría pero no fue así. El dolor se hacía todos los días un poco mas fuerte.
Una noche se despertó mareado y la rubia lo acompañó al baño, cuando quiso mojarse la cara todo le dio vueltas y se desmayó.
Despertó en la clínica que había estado antes. La pareja mayor y la rubia lo miraban con caras angustiadas y los médicos no le miraban los ojos. Algo no andaba bien, ya no le dolía el cuerpo y no entendía por qué lo tenían aún allí si ni siquiera le daban medicamentos.
Dos días después la rubia y los padres de Lautaro decidieron llevarlo al departamento para que esté mas cómodo.
Allí reconoció todas las cosas que Carlos siempre había visto desde enfrente, se sentó en el sillón y bebió de las bebidas del carrito, abrió la computadora, pero desde luego no sabía usarla. La rubia había cambiado la expresión que ahora era triste, lo acariciaba todo el tiempo pero no quería tener sexo. Él se sentía bien y quería volver a la otra casa pero los padres le dijeron que no era conveniente, que era mejor estar allí, cerca de la clínica.
Evitaba en todo momento mirar la obra de enfrente, no fuera a ser que viera a Carlos.
Así pasaron tres días donde hizo todo lo que deseaba cuando era Carlos y miraba todo desde afuera. Hasta que una mañana perdió el pié y cayó al piso.
La rubia, desesperada, llamó a los padres y a la clínica, y en menos de media hora lo subían a una camilla.
- La leucemia ya es terminal, creo que nos estamos enfrentando al final, sería conveniente que hiciera ir un sacerdote a la clínica, esperemos que llegue, le dijo en un susurro el médico al padre de Lautaro en la otra habitación.
Mientras tanto los camilleros llegaban ya a la calle, y allí, desde esa posición Lautaro pudo ver como Mabel (su Mabel) le daba un beso a Carlos mientras le daba un sándwich de milanesa.
La miradas de ambos se cruzaron y el falso Carlos, desde allá arriba lo miró directo a los ojos, con una gran sonrisa, mientras abrazaba a Mabel, con su fuerte, trabajado y sano cuerpo de manos maltratadas.

13 ago 2009

EL PERRO 2


Basado en acontecimientos reales ocurridos en Dique Lujan, Pcia. De Buenos Aires, Argentina.

Octubre de 1952
Las puteadas de Alfredo se oían a media cuadra
- Otra vez!!!, la puta que lo parió!!!-, Gladys lo miraba desde la ventana de la habitación en el primer piso de la casita que habían estrenado hacia apenas un año, justo frente al arroyo a metros de punta canal, en Dique Lujan.
- El viejo Nissi, seguro que fue el viejo loco de Nissi!!! Hijo de puta, lo voy a reventar!!!
- Calmate por favor Alfredo, no sabes si fue él, para un poco, te va a hacer mal...
- Mal le voy a hacer a ese desgraciado cuando lo agarre....
La bronca de Alfredo era mayúscula, esta vez no sólo le faltaban otras dos gallinas, sino que también le habían arrancado la puerta del gallinero con candado y todo, desde hacia un par de noches su plantel de ponedoras y batarazas había disminuido en seis miembros... todas las noches desaparecían dos, y las que quedaban estaban como atontadas, no ponía huevos desde el primer día y comían muy poco.
Durante el almuerzo el mal humor del dueño de casa fue declinando... el hecho de estar recién casado y tener una bella esposa era suficiente para tenerlo satisfecho, sin embargo la idea que el loco Nissi le llevaba las gallinas seguía dándole vueltas y vueltas por la mente.
Nissi era un tipo cincuentón que según se contaba en el pueblo había perdido el juicio cuando trabajaba como sereno del cementerio de Tigre, al parecer el hombre vio una noche en el depósito de féretros de la capilla del cementerio como uno de los cajones se bamboleaba y caía al piso, al tiempo que una mujer con mortaja salía de el.
El tío Mauricio sabía bien la historia y un día se la contó, al parecer la mujer sufría de una rara enfermedad llamada catalepsia que deja las personas como muertas, y aquella mujer tuvo la fortuna de no ser enterrada por el horario y logró salir de allí... el caso fue muy comentado por los diarios pero eso no fué suficiente para evitar que el pobre Nissi se volviera loco. Vivía solo en una rancho sucio en el otro extremo del pueblo, sin trabajo ni familia, y subsistía a duras penas con las cosas que le acercaban el padre de Alfredo; don José, su tío, y por supuesto Mauricio. Incluso lograron hacerlo bañar dos veces por semana y las hijas de don José se encargaban de lavarle la ropa cada tanto... como detalle curioso no usaba cinturón sino un pedazo de soga de seda de las que se utilizan para descender los ataúdes al foso...
Gladys le comentó a Angélica, su suegra, el enojo de Alfredo temiendo que hiciera una locura... sin embargo la madre de Alfredo la tranquilizó diciéndole que él sería incapaz de dañar a nadie, mucho menos a un loco...
Lo voy a agarrar, te juro que lo voy a agarrar con las manos en la gallina, ya vas a ver... le decía a su mujer entre bocado y bocado durante el almuerzo.
Dejate de locuras, no vale la pena, ese viejo no debe ser, ya vas a ver... para mi es algún animal, un perro grande o algún zorro que se cruzó de la isla..
No y no! El portón no lo desarmó un perro ni un zorro, fue un chancho de dos patas y lo voy a despenar, ya vas a ver, esta tarde en el taller le voy a preparar una sorpresita... ya vas a ver
Que vas a hacer Alfredo? No seas loco! No quiero problemas..
Vos dejame a mi.
Esa tarde le costó a Gladys sacar a su marido del taller, estaba concentrado trabajando en algo que tenía cables y lámparas. Ella no entendía que era eso pero supuso con razón que seria la famosa sorpresa para el ladrón de gallinas..
Listo, ya está, le dijo con orgullo Alfredo al mostrarle el aparato que acababa de construir, mientras tomaba un mate bien caliente que ella le alcanzo.
Y eso qué es? Preguntó su mujer intrigada
Es una alarma, cuando ese viejo se mande al gallinero una luz se va a prender en la pieza, solo tengo que manotear la escopeta y listo. Ya va a ver ese malandra!
Y si es un perro anda igual?, porque yo estoy segura que es un bicho...
Por supuesto, pero creeme que el ladrón de gallinas anda en dos patas, ya vas a ver... y por las dudas además de la escopeta voy a preparar también el .38
Alfredo guardaba celosamente en la mesa de luz un hermoso smith wesson de seis pulgadas del .38 special, que solía sacar por las noches cuando los perros ladraban mas de lo debido, aunque también usaba la “luppara” una escopeta belga que el dueño de uno de los cruceros que se amarraban en la guardería le había regalado, estaba estropeada en los extremos de los cañones por haberla disparado teniéndolos llenos de barro... pero el ingenio de Alfredo la había restaurado y ahora era una hermosa escopeta de defensa al estilo italiano y con cañones recortados... “si..., ese viejo ladrón se llevará una linda sorpresa esta noche” pensaba mientras preparaba un cartucho con aserrín y sal gruesa para un cañón y plomo fino para el otro por las dudas...
A las siete terminó de instalar los cables y de reparar la puerta del gallinero justo cuando desde la cocina cercana ya podía olerse un delicioso aroma a salsa.
Vení a comer Alfredo!, le grito su mujer desde allí
Ya voy, me lavo las manos y estoy...
La cena transcurrió entre la charla del joven matrimonio y la música de la radio inestable que sonaba en un rincón de la cocina... los días de plenilunio la señal reverberaba y se perdía por momentos dificultando la audición, sin embargo la melodía de fondo era buena para tapar los ladridos de los perros que desde hacía unos días estaban alterados y ladraban día y noche hacia todos lados.
Que les pasará a los perros que están tan locos estos días?
Ni idea, pero desde el jueves que no paran de ladrar... hablando de eso tendríamos que conseguir algún ovejero como el Lobo del viejo... si tuviéramos un perrazo de esos seguro que Nissi ni se habría arrimado al gallinero, refunfuñó Alfredo.
Lobo era un enorme perro ovejero alemán de Alfredo padre, cariñoso y manso con los chicos y la gente durante el día, pero guardián implacable durante las noches, desde que el vivía en la guardería no volvieron a visitarla los rateros... aunque hasta el estaba alterado esos días y habían tenido que atarlo en el fondo del taller. Realmente algo raro pasaba en Dique por aquellos días porque los animales estaban nerviosos y reaccionaban de maneras inesperadas, como el Colita, el perro de doña Braulia, que se soltó de la cadena y a los ladridos se metió en el monte como un loco, pobre los hijos de Braulia cuando le tuvieron que dar la noticia que algún desgraciado lo había partido en dos con un machete o algo así, por supuesto todos pensaron en Nissi, pero la voz autorizada y pausada de Mauricio había calmado los ánimos cuando querían ir a buscarlo para pedirle explicaciones.

A las diez la pareja cerró con las trancas las puertas de la planta baja y se retiró al dormitorio, Alfredo conectó su alarma, preparó la escopeta cargada de su lado de la cama y el .38 del otro lado...
Vos estáte lista, si esa luz se prende es porque el ratero está otra vez en el gallinero, voy a bajar y agarrarlo ahí, pero si la cosa se pone espesa tirá un par de tiros al aire para llamar la atención, no vaya a ser que venga con compañía...
Bueno, dejáte de joder y vamos a dormir de una vez..., le respondió pícara y con un brillo cómplice en los ojos... vení acá machito..., le dijo mientras apagaba la luz.
El reloj marcaba las tres y cuarto de la mañana y Alfredo soñaba con velas y olas cuando la luz se encendió... Gladys lo despertó zamarreándolo bastante, le costó despertarse y darse cuenta de lo que pasaba, pero cuanto lo hizo un escalofrío le recorrió la espalda, esa luz significaba que aquello que le estaba llevando las gallinas estaba ahí mismo, dentro de su propiedad y de su gallinero.
A pesar de ser primavera la noche estaba fría y se puso el pesado capote de marinero que le regalara el abuelo Papee cuando vino a vivir al dique hacia unos años... cargó el cartucho con sal en el cañón derecho de la escopeta, le dio el .38 y la linterna a Gladys y con sigilo quitó la tranca de la puerta de la cocina, abrió despacio y se hundió en la lóbrega y oscura noche bajo la mirada asustada de su mujer que lo veía desde la ventana del dormitorio. Según lo convenido, Gladys encendió la luz del patio justo cuando su marido estaba frente a la puerta del gallinero escopeta en mano.
Lo que paso a partir de allí fue materia de comentario en cuanto encuentro de vecinos hubiera y generaba temor en todos los habitantes del dique sobre todo por las noches, durante los meses siguientes las gentes se retiraban bien temprano al interior de sus casas y era raro ver alguien por la calle después de las nueve cuando se hacía de noche.
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Alfredo no entendía que hacia allí su padre su madre y su hermano Ruben, tampoco entendía como estaba ahora en su cama cuando lo último que recordaba era que estaba saliendo de la cocina para enfrentar al ladrón de gallinas...
Qué pasa, qué hacen acá? Cómo vinieron? preguntaba desorientado
En ese momento notó que en el extremo de la habitación estaba recostada Gladys, llorando con los ojos desorbitados asistida por Renee y Noemi, la hijas de su tío José.
Qué pasa? No entiendo nada, por favor, alguien que me explique que pasó!!! Gritaba tratándose de incorporar mientras su padre y su hermano lo sujetaban
Quedáte quieto, espera que venga tío Mauricio, así nos enteramos todos de lo que pasa, solo puedo decirte que vinimos por los gritos de tu mujer y los tiros, le gritaba su padre mientras lo sujetaba
Pero que le pasa a ella? Esta bien?
Si, está bien pero muy asustada, terció Renee, ya mandamos a buscar a Mauricio, porque dice que solo quiere hablar con el.
Al rato se escuchó golpear en la puerta, era Mauricio que traía consigo el winchester y tenía un extraño brillo en los ojos.
Déjenme con Gladys un momento por favor, necesito hablar con ella a solas, fue lo primero que dijo.
Yo quiero quedarme tío, por favor, no puedo recordar que nos pasó ni como llegue acá, por favor...
Esta bien, pero no abrás la boca hasta que termine de contar lo que paso, esta muy asustada y puede entrar en colapso, esta claro?
Si tío, le contesto mientras se sentaba en la cama al tiempo que el resto de la familia bajaba a la cocina.
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El relato de Gladys fue alucinante... sin embargo, el rostro de Mauricio se mantenía inalterable mientras la oía... en cambio Alfredo abría los ojos al extremo y transpiraba fríamente al escuchar las palabras de su mujer.
Todo empezó cuando saliste... yo me asomé a la ventana y preparé la linterna como me habías dicho, la puerta del gallinero estaba abierta y fuiste para ahí... fue entonces cuando salió esa cosa con las gallinas en la mano..
Cosa?, Qué cosa?, preguntó casi gritando Alfredo... No me acuerdo de nada!!!
Te dije que no hables, terció Mauricio
La.. . cosa, el tipo... lo que... lo que sea eso!!! Era horrible!!!!!!! HORRIBLE!!!!!!!!!
Tratá de recordar exactamente que viste por favor...
Era... alto. Muy alto una cabeza mas alto que alfredo o mas... vestido de negro, con un capote como los de los marineros ingleses, esos que tienen capucha...
Qué mas? Cómo era su cara?
Aquí la pobre Gladys rompió en llanto nuevamente y hubo que calmarla y darle unos sorbos de agua
Eso fué lo peor... su... cara... no parecía una cara, ni una persona... era... como un perro!!!! Tenia la cara de un perro!!!
Que decís Gladys?! rugió Alfredo..
Callate de una vez!!!!!!!, gritó Mauricio, dejála hablar por favor o salí de acá!!!
Esa... cosa, prosiguió Gladys, era enorme y se llevaba dos gallinas... pero lo raro es lo que hiciste vos, dijo mirando fijamente a Alfredo...
No me acuerdo de nada... qué hice?
El se corrió..., lo dejó pasar como dormido.... le respondió mirando fijamente a Mauricio...
Y ese ser que hizo entonces?, preguntó Mauricio
Nada, Alfredo se corrió a un costado bajando la escopeta y le pasó caminando justo adelante... entonces se detuvo y.... tragó saliva e hizo una pausa...me miró... diciendo esto volvió a romper en llanto con una especie de hipo y cloqueo y hubieron de esperar unos instantes a que se calmara y continuara.
Era el ser mas horripilante que haya visto nunca!!! Le tiré todos los tiros del revólver...Tenía la cara como el lobo, el perro de mi suegro, pero mucho mas grande y feroz... espantoso!!! Decía casi a gritos mientras lloraba...
No puede ser... tenés que haber visto mal... o sería un tipo disfrazado... no tío?, preguntó Alfredo mirando a Mauricio.
Es posible..., dijo Mauricio, ya he oído lo necesario... Suban chicas!!! Les gritó a Renee y Noemí que esperaban al pié de la escalera, donde también estaba Angélica, la suegra de Gladys.
Que hacemos ahora tío?, hay que buscar a Nissi, seguro que él es el disfrazado...
No digas pavadas, Nissi es mucho mas bajo que vos, esto es otra cosa, quedáte con tu mujer y cuidala.
Dicho esto, Mauricio tomó el Winchester y bajó veloz las escaleras a pesar de su cojera...
Preparame el bote Ruben, tengo que salir ya, poné el farol grande, el hacha y la bolsa que traje
Donde vas hermano? Le preguntó Alfredo.
A arreglar este asunto, si no vuelvo mañana a mediodía díganle lo que pasó a Benjamín.
Benjamín era el hermano menor de la familia y estudiaba en la Capital.
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Ya casi era de día cuando Mauricio llegó a una pequeña isla cerca de los bajos del Temor donde en medio de la bruma de la madrugada podía adivinarse la figura de un destartalado rancho.
Con precaución corrió una bala a la recámara del Winchester mientras que en la otra tenía el farol en alto, descendió en el pequeño muelle y con decisión encaró la pequeña barranca que lo separaba del rancho.
Pablo!!! Pablo!!! Gritó con todas sus fuerzas.
Qué querés Mauricio? Andate, por favor andate que no quiero lastimarte..
Tenés que terminar de una vez con esto Pablo, por favor, o tarde o temprano va a terminar mal todo y va a salir alguien lastimado..
Tengo que comer!!! Gritó desde dentro del rancho... que preferís, que me traiga a alguien en lugar de las gallinas???
Quedamos en que me avisarías si volvía tu enfermedad, sabes que es muy peligroso que vayas al pueblo cuando estás así! Gritaba Mauricio mientras se acercaba cautelosamente al rancho.
No le hice daño a nadie!!!
Pero podría haber pasado y Alfredo es mi sobrino!!!
No hice nada!!!
En ese momento Mauricio se asomó por la ventana del rancho alumbrando y encañonando con su arma a un ser de pesadilla, mitad hombre mitad lobo gigantesco cubierto de pelos largos y toscos.
No voy a hacerte daño Pablo, sabés que nunca lo haría... pero tenés que irte de acá, si se enteran vendrán a quemarte vivo.
Mientras decía, esto el ser aquel comenzó a llorar al tiempo que una extraña transformación empezaba a producirse mientas salía el sol.
De pronto de ese ser no quedaba nada, solo un hombre delgado que tiritaba en una esquina de la habitación por estar desnudo.
En ese bolso de marino te traje todo lo que necesitas, incluso mi escopeta y el revólver, también te traje la plata que saque por la barcaza... tenés que irte ya antes que la gente empiece a atar cabos...
Dónde puedo ir? No tengo a nadie en ninguna parte...
Hablé con un amigo en Corrientes, el tiene un lugar en el Iberá donde podes ir, una toma de agua de una arrocera en medio del estero y lejos de todo, hay muchos animales así que podes alimentarte tranquilo y lejos de la gente..
En ese momento Pablo levantó la mirada agradecida mientras Mauricio lo cubría con su pesado capote y le alcanzaba unas raídas ropas que había en un rincón...
Por qué no me mataste cuando supiste lo que yo era?... porque no me hiciste daño?
Vos no tenés la culpa de lo que te pasa, además sos un buen tipo a pesar de todo...
Así siguió la mañana y para las diez tenían ya todo acomodado en la pequeña balandra de Pablo, que estaba listo para partir.
Ya tenés todo, también la carta para el viejo Galarza, está al tanto de todo y no hará preguntas, pero tenés que estar allá antes de la próxima luna, dame tu palabra.
Lo prometo, declaró solemne Pablo, y nunca voy a olvidarme de vos...GRACIAS!
Todos tenemos derecho a vivir.
Se dieron un abrazo y de un empujón Pablo colocó la balandra en el canal central del río.
Mientras se alejaba saludaba con una mano al tiempo que Mauricio permanecía muy serio y algo triste.
La balandra se perdió de vista finalmente en el recodo del canal.
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A las doce en punto el bote de Mauricio atracó en el ancón de la guardería mientras José y Alfredo padre lo ayudaban a desembarcar.
Ya está hecho. Lo que pasó anoche aquí no volverá a repetirse tienen mi palabra, sentenció Mauricio frente a la muchedumbre que lo esperaba. La noticia de los sucesos de la noche anterior habían corrido como reguero de pólvora y casi todo el pueblo estaba allí.
Pero que pasó?, que fue lo que andaba anoche por acá?, preguntaron varios que estaban armados de escopetas, rifles y machetes...
Vayan para sus casas, nada mas va a pasar, pueden quedarse tranquilos.
El tumulto continuó un rato, pero la palabra de Mauricio pesaba mucho dentro de aquella comunidad y su tranquilidad pronto fue extendiéndose a todos. Para las seis de la tarde ya todos estaban en sus casas, eso si, con las escopetas listas y las trancas bien calzadas.
Sin embargo y tal como lo anticipara Mauricio, no volvió a producirse por aquellos lugares ningún otro fenómeno parecido a los de aquella noche de Octubre, aunque la leyenda continuó hasta nuestros días.
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Cuentan los mariscadores del Iberá, que cerca de la isla El Disparito, próxima a la laguna Luna; en los esteros, puede verse la popa semi hundida de una vieja balandra y las noches de plenilunio se oyen los aullidos mas aterradores que se hayan oído nunca por esos parajes...

Daniel Pratt

3 ago 2009

EL PERRO


Un hecho real ocurrido en 1952.


Aquella noche Osvaldo estaba muy cansado, el “baile” que le había dado el sargento fue terrible y destructivo, seis horas de instrucción continua y luego dos horitas en el campo de tiro fueron suficientes... las piernas no le respondían, los hombros dolían feo y el hambre le aguijoneaba el estomago. Pero no importaba nada, porque en unos minutos el tren lo dejaría en la estación de San Martín, y de ahí las dos cuadras que la separaban de la casa de Titi se irían volando... Su novia estaría allí con los ravioles prometidos y las caricias a flor de piel, el único problema era el tren, porque el ultimo para Maschwitz salía de allí a la 1:05 lo que daba cuatro horas y pico para la cena y mimos.
Titi estaba radiante cuando abrió la puerta, la verdad es que Osvaldo lucia impecable en el uniforme azul de la federal, y esa gorra que él tanto odiaba le sentaba magnifica, pero no podía ser muy demostrativa ya que la mirada helada de la Negra controlaba la situación, Titi sabia que estaba de prestada en la casa de su hermana y no quería incomodarle ni incomodarse con una situación enojosa, demasiado bien sabia que ella era muy estricta y anticuada y le importaba mas lo que pensaban los vecinos que su propia felicidad.
Lo saludo con un beso en la mejilla y se deleito con el aroma de la colonia que ella misma le regalara una semana atrás mientras el le entregaba el paquetito con masas que traía para el café de postre, la charla durante la sobremesa giro sobre temas triviales, lo duro del trabajo en la fabrica para las hermanas y lo duro del entrenamiento en la escuela de policía para el... después de los postres la Negra estaba vencida de sueño y cabeceaba en la mesa, no quería dejar sola a Titi con Osvaldo pero el cansancio del día era mas fuerte, por lo que decidió retirarse a dormir, no sin antes mirar por la cancel para comprobar si los vecinos indiscretos no verían a su hermana despedirse de su novio demasiado apasionadamente. A partir de allí la cosa mejoro notablemente para Osvaldo que pudo, al fin, disfrutar de un poco de intimidad.
Las horas pasaban implacables y pronto seria tiempo de retirarse, a riesgo de perder el ultimo tren a Maschwitz y tener que dormir en la estación... como habían convenido dejo su uniforme allí para que las hermanas lo limpiaran adecuadamente durante el fin de semana y de civil, abrigándose con el grueso sobretodo que le había prestado don José, su padre, Osvaldo al fin pudo juntar valor para dejar a su novia en la puerta y marchar a la estación con el tiempo justo porque ya veía baja la señal que indicaba el próximo tren.
En el vagón no había un alma y el frío realmente calaba los huesos, poniéndolo de muy mal humor ya que a esa hora el único taxi que podría llevarlo hasta Dique Lujan hacia rato que estaba en el garaje. La caminata que le esperaba era brava a esa hora y con ese frío, mas aun cuando si o si tendría que cortar camino por el viejo terraplén de la vía muerta que unía los dos pueblos, ya que le ahorraría por lo menos dos kilómetros de marcha, no tenia miedo de andar por allí a esas horas ya que la Ballester Molina cal. .45 descansaba aceitada y lista, en el cinto y sobre la cadera, cerca de su mano derecha. Osvaldo estaba orgulloso de ella, era un arma bella y muy precisa y con ella había pasado con honores las condiciones de tiro.
El tren se detuvo estrepitosamente y salto al anden y a la noche cerrada, los únicos allí eran el señalero, con cara de dormido, el guarda y él, nada se movía en la oscuridad y ni se tomo el trabajo de mirar hacia el bar de Conti para ver si estaba el taxi, sobradamente sabia que Giordano, el dueño, ya estaría por el cuarto sueño...
Encaró con decisión el sendero que conducía el terraplén no sin antes correr una bala a la recámara de la .45, por si acaso, cuando llego al pequeño puentecito de madera que conectaba el sendero con el albardón no pudo evitar un intenso escalofrío que le recorrió la espalda, al tiempo que una sensación vaga de temor le pasaba por el corazón dándole una descarga de adrenalina; realmente ese lugar era tenebroso a aquella hora, mas aun con la niebla baja que no levantaba mas de un metro desde la superficie del arroyo que corría a la derecha del terraplén. Trato de no pensar en ello concentrándose en el lindo fin de semana que le esperaba; la mañana y hasta la media tarde del sábado tenia que terminar un trabajo en la carpintería de don José para tener unos pesos para llevar a Titi al cine y pizzeria por la noche, el domingo levantarse temprano para navegar en el bote que el mismo había hecho, asado al mediodía y paseos por la tarde con su novia y amigos, por la noche cena con los hermanos y su padre y a la cama, ya que el lunes vuelta a la escuela de policía, en esos pensamientos estaba cuando oyó una gran agitación a su derecha y adelante en el albardon. Se detuvo en seco e instintivamente su mano derecha rozó las cachas de la Ballester... algo estaba nadando en el zanjón y se dirigía indudablemente hacia el terraplén, como a veinte o treinta metros por delante de él. Luego de un momento de duda decidió ocultarse detrás del tronco de una frondosa casuarina a su izquierda y aguardo expectante, maldiciendo la falta de luna, tapada por una nube gorda, y de una oportuna linterna.
Algo finalmente trepaba con trabajo el borde del terraplén, con temor y olvidándose del frío extrajo la .45 que empuño con firmeza y aguardó expectante, los segundos se hacían eternos y no podía ver que era aquello que ya alcanzaba la parte superior del camino...
Un suspiro de alivio resonó en la noche cuando vio que eso que lo había asustado tanto era “Paco” el gran perro blanco y peludo del almacenero que a pesar de estar chorreando agua tenia una silueta inconfundible... –Perro de mierda- pensó para sus adentros mientas se relajaba y bajaba la pistola. El perro pasó sin verlo cruzando directamente los seis metros del albardon y se arrojo sin vacilar a la zanja del otro lado...-Perro loco-, penso ahora mientras otra vez se oía agitación en el arroyo.
- Que carajo pasa ahora?, penso mientras en lo profundo de su mente una alarma instintiva le decía que algo no andaba bien. El Cachorro trepó por el mismo lugar y cruzó derecho detrás de Paco, Cachorro era el perro favorito de su tía Angélica; y detrás de él paso el Negro, luego otros tres perros que conocía de vista, después el Lobo, el gran perrazo marrón del tío Alfredo, que parecía no sentir en ese momento los casi catorce años que cargaba encima, después mas y mas perros salían del arroyo, cruzaban sin verlo y se tiraban sin dudar al zanjón del otro lado.
Aquella situación era atemorizante, mas por lo extraña que por lo peligrosa, ya que los perros no parecían notar que él estaba allí, sin embargo volvió a levantar la Ballester y decidió quedarse ahí detrás de la casuarina hasta ver que pasaba...
Contó mas de veinte perros y hubiera jurado que por ahí pasaron casi todos los perros de Dique, ¿que sería aquello?, pensó; alguna perra alzada, seguro...
Justo en ese momento volvió a sentir movimiento en el arroyo, pero esta vez era diferente, el sonido era pausado y medido, como de alguien que se desplazaba por el agua con movimientos enérgicos pero precisos... el sonido cesó de pronto y las ramas de la orilla se movieron lentamente para dar paso a una nueva figura que emergía del agua.
Un perro de tamaño descomunal se alzo en el terraplén y se detuvo justo en el sendero levantando el hocico y olfateando el viento; Osvaldo no pudo evitar estremecerse de la impresión, aquel perro era de veras grande y de aspecto amenazador, nunca había visto animal de semejante tamaño y ciertamente no era de Dique, ya que difícilmente un bicho así le hubiera pasado desapercibido. El perro continuaba oliendo el viento mientras Osvaldo se felicitaba a si mismo por tener en la mano la .45...
De repente el animal quedo estático... luego lentamente bajó la cabeza y miró directamente la casuarina que ocultaba a Osvaldo.
En este momento el frío dejo de existir para él, ya que un sudor copioso le ganó la frente al tiempo que un temor desconocido le atenazó los músculos al punto de dejarlo casi inmóvil de la impresión. El animal clavó los ojos en los de Osvaldo y le brillaban con un extraño y fosforescente color rojo fragua, mientras que fruncía el ceño dejando ver una hilera de enormes dientes blancos, enmarcados por colmillos descomunales...
El policía creyó oír un gruñido sordo y gutural justo cuando el perro comenzó a dirigirse lentamente hacia él. Lo que siguió fue instintivo, levantó la pistola y el estruendo del disparo lo sorprendió quebrando el espeso silencio de aquella noche, el resplandor del fogonazo lo dejo por un segundo enceguecido, al tiempo que realineaba las miras de su arma.
El animal seguía allí, pero se había detenido, esta situación aterró aun mas al asustado Osvaldo; cualquier animal habría huido de inmediato ante semejante estampido, pero este no. Parecía inmutable parado allí bajo el fulgor de la luna llena y la helada que caía mansa desde el cielo. Por un instante nada se movió y ambos estuvieron conectados por las miradas, hundidas en los ojos del otro...
Finalmente el terror del hombre pudo mas y resonó un segundo disparo, y luego otro, y otro hasta que se agotaron las siete rondas del cargador.
A aquel animal parecían gustarle los disparos ya que seguía allí sin moverse, mientras Osvaldo buscaba desesperadamente en el bolsillo trasero del pantalón el cargador de repuesto, mientras no sacaba los ojos del animal.
Lo que siguió a partir de ahí hizo que Osvaldo tuviera dificultades para dormir durante los siguientes meses...
El animal se irguió sobre sus patas traseras estirando el cuello y la cabeza al cielo al tiempo que emitía el aullido mas espeluznante que hubiera sonado por aquel lugar. El corazón del policía trataba de salirse de su pecho mientras se entrecortaba su respiración y el terror se apoderaba hasta de la ultima fibra de su ser.
Logro, luego de un par de intentos, colocar el segundo cargador en la pistola justo en el momento en que aquella bestia volvía a colocarse a cuatro patas y desaparecía a toda velocidad por el hueco entre la vegetación que los otros animales habían dejado minutos antes, mientras Osvaldo intentaba apuntar sin éxito, debido a lo intenso del temblor que el miedo le provocaba.
El ruido y la agitación se fueron alejando hacia su izquierda, mientras el policía temblaba y trataba de controlar la respiración... con el correr de los minutos logro clamarse lo suficiente como para intentar moverse y seguir caminando, sin embargo la idea de pasar por donde minutos antes estaba aquello le causaba una viva impresión difícil de controlar, sumado al hecho que una espesa nube cubría ahora la luna impidiendo ver mas allá de un par de metros.
Luego de media hora y al no oír nada mas, logró juntar el coraje de continuar su camino alumbrando el sendero con la débil luz de la llama de bencina de su encendedor zippo. Corrió las cuadras que lo separaban del camino principal, pistola en mano y dándose vuelta constantemente, imaginando al animal acechándolo. Nada pasó sin embargo y logro llegar al sendero, que tenía los tres puentes de madera que cruzaban los zanjones que lo separaban de punta canal, que es donde vivía.
Esa noche se acostó con la pistola cargada bajo la almohada y le fue imposible dormir; a la mañana siguiente le contó a su padre y sus hermanos el suceso de la madrugada. Las reacciones de ellos fueron variopintas; las hermanas escucharon con temor y guardaron silencio, Toto y Petiso en cambio se rieron a carcajadas con chanzas y comentarios sobre la cantidad de alcohol que Titi seguramente le había administrado en la cena anterior... Don José en cambio guardo silencio.
“Anda a contarle lo que te paso a Mauricio” le dijo su padre cuando quedaron solos.
Mauricio, su tío y hermano de don José, conocido en todo Dique como la persona con mas conocimientos de cuanta cosa rara pasare, escucho atentamente el relato con mirada inescrutable y sin pronunciar palabra… y al final le dijo que no tuviera miedo, que probablemente no volvería a cruzarse con ese animal nunca mas; cosa que efectivamente paso, nunca volvió a ver algo así; sin embargo, a partir de ese día y hasta su muerte, Osvaldo durmió siempre con una escopeta al lado de su cama, cargada con dos cartuchos que el tío Mauricio le había recargado personalmente... usando como munición trozos de aquella gruesa cadena de plata que tenia el reloj de bolsillo, que el abuelo Papeé le había regalado al joven Maurice, como gustaba llamarlo el viejo, justo un tiempo antes de morir.
Daniel Pratt

14 jul 2009

La señora mayor

Dora había quedado viuda hacía 15 años, en realidad su verdadero nombre era Dorotea, obviamente por una cotequeteria que nunca abandonaba, nadie conocía este nombre, solo su apócope: Dora.

Era famosa en el barrio por su mal genio con los parquistas y demás empleados que pululaban por el barrio parque donde vivía; discutía con todos, fueran o no a trabajar en su casa, razón por la cual solo “resistía” trabajando para ella un viejo jardinero con un carácter tan fuerte como el de la dama.

Se la conocía también por lucir casi perpetuamente un pañuelo que cubría los ruleros prolijamente armados de su cabeza, nadie sabía a ciencia cierta cuando se los quitaba y frente a quien lucia aquel peinado tan primorosamente cuidado, ya que solo recibía la visita de su único hijo, que la visitaba espaciadamente cada dos o tres semanas.

Solo parecía cambiar su duro carácter cuando llegaba su nieta, una niña de unos seis años que solía quedarse algún fin de semana con ella. Solo entonces los proveedores de gas y los carteros se animaban a llegarse a su portón para consultarle algo o entregarle el correo mensual.

Compartía sus días con dos perras, varios gatos y una multitud de pájaros que solían acompañarla cuando hacía el jardín, que lucia primoroso y lleno de flores; en él nunca faltaba miga de pan y algún tarro con agua para los alados visitantes, y los gatos de la casa parecían saber del afecto de su dueña por ellos, ya que rara vez los molestaban, por otro lado, la relación de éstos con las perras era fantástica

Al punto de nos ser raro verlos durmiendo unos junto a otros en el parque en las tibias mañanas de sol del invierno.

Dora no era mujer temerosa, al morir su marido, el hijo y la nuera habían insistido en que fuese a vivir con ellos a la ciudad y dejara la quinta para los fines de semana, ya que era un lugar solitario, y en

Desde hacía varios días las perras de la casa y algunos otros perros del barrio estaban intranquilos y ladraban continuamente hacia todas partes, Dora se levantaba todas las noches e iluminaba el parque con la linterna y el revólver en la mano, pero nada veía, concluyendo invariablemente que quizá se tratara de alguna comadreja u otro animal de hábitos nocturnos.

La noche de su muerte, los perros comenzaron a ladrar desde muy temprano, por lo que Dora decidió abrigarse bien, apagar el televisor e instalarse junto a la puerta de la cocina con el revólver a mano… estaba dispuesta a terminar de una vez con el animal causante de su insomnio, así tuviera que dispararle.

Acompañó la espera con algunas copitas de licor ya que esa noche de junio el frío se hacía sentir con fuerza. Estaba casi dormida en su silla cuando un ruido extraño le llegó desde el patio, se incorporó y miró a sus perras que estaban alerta con las orejas paradas y los pelos del lomo erizados. Aguardó unos instantes hasta que venció el natural miedo y giró la llave… en ese momento los sonidos de afuera cesaron.

Dudó un instante en salir, pero la molestia de la falta de sueño de los últimos días fue mas y salió al patio y a la noche.

Se sintió de repente atrapada en un abrazo sofocante, algo la tenía sujeta y la arrastraba suavemente al suelo… tuvo la fuerza para hacer dos disparos hacia ninguna parte, uno impactó en una maceta y el otro se perdió en la maleza.

En ese momento sintió la mordida en el cuello, fue un dolor fulgurante parecido a una descarga eléctrica seguida de una extraña sensación de bienestar… era como si por la herida del cuello estuviera siendo penetrada por un anestésico raro y sumamente agradable.

Comenzó a experimentar un bienestar y placer físico incomparable… incluso un viejo dolor que sentía en la cadera en forma permanente desaparecía bajo la acción de aquello que entraba en su torrente sanguíneo por el cuello.

Allá en lo alto las estrellas brillaban con una nitidez muy particular, desde su posición en el piso podía verlas con claridad y también podía ver un sector del techo de la casa, pero no podía ver que era eso que la sometía en el piso, aunque a esa altura ya no le importaba… lentamente sus músculos se iban relajando y se iba entregando a aquella sensación de bienestar que experimentaba con mas y mas fuerza.

Sentía todo, sin embargo; podía oír claramente como era succionada su sangre a través de su garganta, como la lengua de quien le estaba arrebatando la vida recorría una y otra vez la circunferencia de la mordida deleitándose con ella, también sentía el calor del cuerpo que estaba sobre ella… sin embargo aquello no le producía ningún temor, al contrario, estaba comenzando a sentir una sensualidad que ya creía olvidada con el paso de los años.

Lo que fuera que la estaba drenando de vida también le provocaba sensaciones cada vez mas y mas placenteras, por el rabillo del ojo pudo ver una de sus perras que aterrorizada pasó corriendo rumbo al interior de la cocina.

Ya poco importaba eso y todo lo demás, su vida se estaba yendo junto con su sangre cuando comenzó a experimentar un latido olvidado… un incipiente orgasmo se estaba apoderando de todo su ser… hacía tantos años que no sentía algo así que lo recibió con indecible alegría… la sensación era cada vez mas y mas intensa hasta transformarse en la descarga de placer mas poderosa que hubiera sentido nunca… un interminable torrente de placer.

Cuando estiró finalmente los dedos de los pies, hacia el final de aquel orgasmo increíble, dirigió aun una última mirada a las estrellas que brillaban con una intensidad desconocida allá en lo alto. Y murió.

El viejo jardinero casi tiene un infarto cuando halló el cuerpo de Dora tendido a un metro de la puerta de la cocina revólver en mano, sin saber que hacer, solo atinó a llamar a su hijo, quien acudió de inmediato con la policía.

La autopsia reveló algo que se denunciaba a la simple vista del cadáver y su palidez sobrenatural… no tenía una gota de sangre. La explicación de los peritos fue que la señora mayor se había herido accidentalmente en el cuello de un disparo de su propia arma y que se había desangrado en el piso, la falta de sangre en el suelo hallaba una explicación que era favorecida por el hecho de que junto a la cabeza de la muerta había una alcantarilla de desagüe.

Solo uno de los profesionales que le practicaron la autopsia se mantuvo callado y pidió expresamente hablar con el hijo de la señora.

Luego de una larga charla entre ambos, se arregló que Dora sería cremada ese mismo día, quizá este apuro del profesional hizo dudar un poco al hijo de la señora, pero el ahorro entre gastos de velatorio, ataúd y tumba lo terminaron de convencer; después de todo a su padre también lo habían cremado.

A todos los familiares que fueron a la cremación les extrañó que el forense asistiera personalmente al acto y verificara que se realizara correctamente. Solo cuando las cenizas de Dora fueron entregadas al hijo, se retiró en su auto.

Mientras miraba por el espejo retrovisor el forense agradeció al Cielo haber podido convencer a los deudos de incinerar el cuerpo de la señora mayor… hubiera sido difícil convencer al hijo de enterrar a la madre con una estaca de madera firmemente clavada en el pecho…

la manzana solo vivía ella de manera permanente, pero nunca aceptó; se sentía demasiado a gusto entre sus plantas y sus animales y por cierto no le temblaba el pulso cuando empuñaba el viejo Smith & Wesson del .38 en las noches en que las perras ladraban mas de lo usual, además también tenía una bellísima Beretta .22 que su hermano había dejado en la casa antes de morir, y que ella guardaba en la mesa de luz y usaba para hacer algunos disparos intimidatorios al aire cuando los perros callejeros saqueaban el canasto de la basura…


2 jul 2009

Los túneles azules:

El traqueteo constante del tren estaba a punto de adormecerme cuando sentí el leve roce en mi pierna derecha. Sin mucha voluntad entreabrí los ojos para enterarme de quién era el pie que se había instalado frente a mi. A veces pienso en los motivos por los cuales las personas somos tan curiosas, y siempre me respondo que de no ser así el hombre no habría llegado a ser el rey de la creación... lo es?.

Realmente de un primer vistazo el pasajero no despertó mi atención, por lo que decidí permanecer en ese estado de sopor que me agrada tanto como el no tener que levantarme de la cama en un día de frío.

Todos los días aprovechaba esa media hora que me regalaba el viaje en tren para sumergirme en el límite que separa el sueño de la vigilia, hermoso momento en el que puedo soñar sin soñar, pensar que sueño o soñar que pienso.

Ese día todo fue diferente.

No podía concentrarme en ningún pensamiento, tenía la molesta sensación que alguien me espiaba, que hurgaba en mi mente, que robaba de mi cerebro los pensamientos que eran solo míos. Verdaderamente irritado abrí los ojos para encontrarme con la visión familiar del interior del vagón; una a una recorrí con la vista las personas que viajaban conmigo... como la molesta sensación no desaparecía, me puse a pensar en ellas.

Dos mujeres mayores, que manejaban los labios y las lenguas en un interminable cotorreo, una mujer joven que llevaba a su hijo (eso pienso que era), como si fuera un prisionero; el pobre chico miraba hacia todas partes como mira un pájaro en su jaula... ansioso de libertad.

En el lado derecho tres conscriptos fumaban con fruición, pensando seguramente en lo bueno que sería ser civil otra vez, desalentándose inmediatamente al recordar que debían volver al cuartel; detrás de ellos dos hombres correctamente vestidos hablaban seguramente de exitosos negocios, de la variación del dólar o en la inflación. En el extremo del vagón tres chicas de guardapolvo y libros deseaban con sus miradas que alguno de los conscriptos se les acercase aunque mas no sea a preguntarles la hora.

Fue entonces que descubrí al hombre que estaba frente a mi.

Al principio lo miré con la cabeza baja, examinando sus zapatos y su pantalón , que si bien eran de buen gusto, no pasaban de ser corte común, ni buenos ni malos... lentamente fui subiendo con la vista y pude ver su saco, del mismo estilo que el pantalón pero de distinto color; y el escudo.

Un pequeño escudo prendía de su solapa izquierda, me concentre en él porque algo en mi cerebro disparó mi atención; era un pentágono formado por una estrella que estaba encerrada en un círculo, y en el centro tenía grabada la cabeza de una serpiente, con los ojos y los colmillos hechos de algún material brillante. Entonces fue cuando llegué a los ojos de aquella persona.

El hombre dejó de mirar por la ventanilla para clavarme esa mirada gélida de las personas escandinavas. Al principio pensé que, por su forma de mirarme, intentaba decirme algo, pero al cabo de un segundo comprobé que no era así y pensé en sostenerle la mirada para ver quien de los dos la bajaba primero.

Lentamente aquellos helados ojos azules fueron venciéndome y de pronto el interior del vagón comenzó a dar vueltas y vueltas, un momento mas y todo era solamente esos ojos... tuve entonces la sensación de estar atravesando un túnel, hacia donde la vorágine de esos ojos me llevaban, de repente tuve visiones de pesadilla imágenes horrorosas de los laberintos infernales a los que aquellos ojos me arrastraban, creí escuchar gritos y lamentos perdidos en el fondo de aquellos túneles azules. El terror me invadía lentamente y todo mi cuerpo quería reaccionar contra aquel tormento, desesperadamente cada fibra de mi ser luchaba por salir de aquellos ojos... finalmente, en un esfuerzo terrible logré levantar mis manos y cubrirme la cara.

El silbato del guarda anunciaba que el tren, que estaba detenido, se encontraba pronto a partir. No recuerdo el nombre de esa estación en la que me bajé, ni porque lo hice.

El tren se alejaba lentamente cuando empecé a caminar por el andén, mientras que con mi pañuelo secaba el sudor frío que empapaba mi nuca y trataba de sacudir fuera de mi el horror que ya nunca me abandonaría. Y que algún día me arrastraría nuevamente a aquellos túneles azules.

Daniel Pratt

21 jun 2009

EL ENCUENTRO DEL CAZADOR


Relevamiento Histórico de la creación del Barrio “El Cazador” en Buenos Aires, Argentina.

Por Daniel Pratt

I

LA GUERRA

El silbato del tren lo sobresaltó, había entrecerrado los ojos por un momento y como siempre las imágenes de la guerra se colaban en sus retinas.

Garibaldi era un buen hombre, y como a tantos lo había seducido en su lejana Calabria..., (¿Cómo estaría su Angelina?, ¿Sabría ella cuánto la amaba todavía?) ...para seguirlo en aquella lucha sin futuro...

Los primeros días fueron bellos, el uniforme, tan distinto a su ropa de campesino, los caballos, la música marcial; y el fusil, reluciente y con aquel inconfundible olor a aceite. Después vino la muerte, el dolor la suciedad de la guerra y sus miserias…

“¡Levantasi muchachi que la cuatro sun, e lo federali son veni a Cordun!” cantaban los sargentos en las mañanas heladas para mandarlos al combate y a la muerte. Pero fue cuando Luiggi murió en sus brazos que todo cambió.

Huir de los gritos de la muerte, del hambre y del horror era ya lo único que le importaba, los trapos sucios que lo cubrían ya ni recordaban su uniforme, por eso nadie sospechó que era un desertor cuando se embarcó en aquel buque.

Nunca había visto un barco a vapor tan enorme, al principio dudo entre partir o volver a Angelina; pero comprendió que si volvía a Calabria, sus antiguos camaradas lo encontrarían, y sin dudas lo fusilarían por cobarde… debía irse ya, y con lo puesto, antes que los Federales o sus compañeros lo encontraran.

II

EL MAR

Los días en el barco fueron terribles, el hacinamiento, la mugre y el duro trabajo para pagar el pasaje se parecían demasiado a la guerra y no lo dejaban olvidarla, pero por lo menos estaba la brisa del mar que le llenaba sus pulmones y su alma.

Argentina. ¿Cómo sería aquel país a donde iba?, su amigo Luiggi le contó de los campos sin fin, del mar verde que seguía hasta el horizonte, todo pasto y vacas, ¿sería así?, ¿habría trabajo para él?, solo tenía sus brazos y sus armas (también las de Luiggi, que antes de morir se las había entregado, haciéndolo jurar que no se las dejaría al enemigo), aunque no quería ser otra vez soldado podría cazar con ellas, como le había propuesto el catalán mentiroso que compartía su camarote.

“Los cueros se pagan con oro”, le había dicho. Y si había animales él sabría muy bien como usar sus armas para hacerse con ellos, y quien sabe, hasta podría ahorrar lo suficiente para traer a su Angelina (¿lo esperaría todavía?), de todas formas el tenía que ver con sus ojos aquellas tierras de las que se decía que se podía andar toda una semana a caballo sin ver una sola montaña…

III

EL TREN

Hotel de los Inmigrantes se llamaba el lugar donde lo pusieron ni bien desembarcó, luego vino ese empleado del Gobierno preguntando sus señas… tuvo que mentir, quien sabe si del consulado no lo rastrearían para mandarlo al paredón, por eso dió el nombre de uno de sus antiguos camaradas muertos que no tenía familia.

El hotel tenía unos pasajeros de lo más variopintos, había allí gente de todas partes, rusos, españoles, turcos, árabes, franceses, polacos y desde luego, italianos como él; tuvo suerte ya que en el pabellón donde lo alojaron le tocó un compañero genovés; un muchacho lleno de proyectos que quería establecerse y “hacer L`América” como decían entonces.

Fue él quien le contó que una tal viuda de Cruz, estanciera y mujer de fortuna tenía ganas de fundar un pueblo alrededor del parador del tren llamado Escobar, este muchacho de apellido Spadaccini soñaba con tener un gran hotel de lujo en aquellos lares. Lo escuchaba con fascinación hablar de aquella tierra que pronto se poblaría y que tenía hermosos ríos y un clima benigno.

Por eso, de todos los rumbos para elegir, decidió seguir a aquel muchacho hacia ese lugar.

No podía creer la belleza de esa tierra tan plana, tan sin rocas, tan cálida luego de frío helado de la guerra. El traqueteo del tren lo fue adormeciendo hasta que escuchó el silbato.

IV

LA CAÑADA DE ESCOBAR

El tren a vapor se detuvo con estrépito, Pietro Ghia, tal su verdadero nombre; descendió del tren con sus herramientas, sus armas y su soledad.

El genovés le propuso hacer noche en una tienda de campaña, ya que en aquel sitio el pueblo era solo un proyecto y no había más que campo y algunas casas perdidas en él.

Esa noche durmió por primera vez en mucho tiempo en paz, sin el eco de los cañones en su sueño, y al alba, cuando despertó, supo que, definitivamente, aquel era su lugar en la tierra.

Luego de tomar un té hirviente y de encargarle al peón del parador sus pertenencias, fueron a ver a un tal Lisandro Medina, quien, según supieron, era el encargado de vender los terrenos de la viuda. El hombre los recibió amablemente y les indico que hasta el remate de las tierras deberían hablar la señora Eugenia. Caminando bajo el sol de la mañana llegaron al casco de la estancia de Cruz, donde los recibió una mujer menuda, pausada y de ojos vivaces e inteligentes… “Eugenia Tapia es mi nombre y son bienvenidos” les dijo. Enseguida, el parlanchín genovés le explico su proyecto y la mujer sonreía encantada, mientras por momentos observaba al acompañante con gesto preocupado. “Vengo de una guerra” contesto a sus preguntas, y la discreta mujer no insistió.

El genovés trató de convencerlo de que fuera su socio, pero Pietro ya tenia un destino: Había oído a la señora Tapia decir que en los barrancos del río Luján un niño bien quería construir una destilería de alcohol y estaba contratando gente, y hacia allí fue con su bolsa y sus armas.

No pudo encontrar trabajo. El dueño del complejo no quería ex soldados en su destilería y mucho menos si eran calabreses, salió de la oficina y miró hacia el este… el reflejo del sol en el río, el aire puro y un deseo de conocer la rivera lo llevo hasta la orilla. Se enamoró de aquel lugar y supo íntimamente que ya no lo dejaría.

V

EL CAZADOR

Trabajó sin descanso, día y noche; hasta que construyó una cabaña en un recodo del Luján.

La abundancia de animales (lobitos de río, nutrias, carpinchos, patos y tantos, tantos otros) le hacía la vida fácil y tranquila. Comerciaba activamente los cueros con un tal Tossio, un compatriota que tenía los campos pegados a la destilería de la alta chimenea, por otra parte, su amigo genovés ya estaba construyendo su famoso hotel, y, a cambio de carne fresca de venado, lo proveía de sal, ropas, pólvora y las herramientas que necesitaba.

Sin embargo, fuera de la sociedad que mantenía con el estanciero y su amigo, se mantenía hosco y apartado de la gente, cosa que fue haciéndose más notoria con los años.

“Por ahí anda el cazador” decían los peones de la destilería, que a falta de conocer su nombre, lo bautizaron así, sin mucho esfuerzo.

Su figura se hizo conocida y hasta quizás temida. Pronto se conoció a aquel lugar como La cañada del cazador o las tierras del cazador. Pero fue cuando los peones que, a fuerza de pala estaban construyendo el canal desde la destilería al río, que supieron quien era realmente aquel misterioso cazador...

Un grito se oyó cuando una de las hermosas muchachas de miriñaque que acompañaban al señorito de la destilería se vio, de pronto y frente a frente con un yaguareté. Una sombra armada con un puñal fue lo que detuvo a la bestia, tras él la figura de Pietro se hizo conocida. Muchas veces había espiado desde los árboles el lago artificial de la fábrica, donde el atildado dueño navegaba con su barquito a vela dejando boquiabiertas a las niñas de la sociedad. Ellas le recordaban a su Angelina y muchas veces se había retirado a su cabaña con una lágrima en su mejilla ante el recuerdo doloroso de su amor ausente.

“Hombre noble y valiente” comenzó a decir la gente de él, y aunque muchas veces intentaron que viviera en el poblado, siempre prefirió su rincón del río.

Así los años fueron pasando y él fue envejeciendo.

VI

LA LEYENDA

Un crepúsculo como nunca antes había visto teñía de rojo violento el horizonte mientras Pietro recogía los pescados que el río generoso le ofrecía. Sus cansados huesos ya no tenían la fortaleza de antaño, ni sus manos la pericia con la red.

Un fuerte dolor en el pecho lo enderezó de golpe..., pasó; “me voy a sentar un rato a descansar” pensó mientras apoyaba su encorvada espalda contra un aliso de la orilla.

Pronto una rara bruma fue cubriendo el paisaje conocido, desdibujándolo y haciéndolo distinto... Creyó entonces estar en las trincheras con su amigo Luiggi y su sonrisa luminosa, escuchando los acordes de la música marcial, creyó reconocer también entre la bruma a su madre, que tanto lloró al verlo partir a la guerra. Le pareció volver a percibir el aroma de las laderas floridas de las montañas de su lejana Italia y el perfume de…

Una voz se escuchó allí cerca, que lo llamaba dulcemente… “Angelina”, pensó girando la cabeza con esfuerzo, con aquel dolor que ya estaba cediendo.

Entre la bruma vio venir a su amada, con aquella falda floreada con la que la viera por última vez, cuando partió a caballo tras Garibaldi.

Estaba tan hermosa y joven como entonces cuando tendió su mano hacia ella y descubrió que él también era otra vez joven y deseaba seguirla hacia aquella luz que brillaba en el monte.

El cuerpo de Pietro se deslizó suavemente hacia el agua y se sumergió justo un segundo antes de que desapareciera el último rayo de sol.

El río, en su eterno fluir hacia el mar se lo llevó lejos y nadie supo nunca más de él.

Así nació la leyenda.

Así nació El Cazador.

Daniel Pratt

20 jun 2009

Ivana y Mimí



El amor de un pre adolescente y su iniciación amorosa en una época oscura y terrible.


1976 – Ivana y Mimí

Por aquella época todo me parecía raro y maravilloso, el mundo era un lugar fascinante e inexplorado que comenzaba dificultosamente a transitar con la pesada carga de estar solo contra todo y contra todos.

En el colegio me sentía muy bien, los profesores no se animaban a salir de sus casas y la cosa se ponía cada vez mas oscura, los militares ocupaban todos los espacios, con una presencia ominosa que no veíamos o no queríamos ver, pero que estaba ineludiblemente allí... la gente solo “desaparecía” simplemente...

Pero allí estaban las seis horas libres al día con su promesa de diversión, charlas intimas, cigarrillos libres en el baño “del fondo”; los nuevos, los que había mandado hacer Gigena, y que tenían esos azulejos que hoy me traen tantos y tan gratos recuerdos, con sus flores amarillas que añoro tanto...

Fué por esos días que con el “Pato” Manrique y el “Gato” Retta conocimos a Mimí, ella rondaba los treinta y era aun muy guapa, idéntica a una de nuestras compañeras, Ivana, de la cual ya por aquel entonces estaba yo perdidamente enamorado con aquel amor entre infantil y adolescente que dolía tanto por las noches, claro que la rusa no me registraba, como creo que no registraba a nadie, por esa mezcla de carácter taciturno y una niñez que le costaba terminar a pesar de tener catorce.

Mimí era un sol para los tres y nos enseño todo lo que un hombre debe saber frente a una mujer sin ropas, recuerdo que no podía dejar de visitarla... a cualquier hora... casi todos los días... era una atracción entre enfermiza y una explosión de hormonas que el sexo exacerbaba de manera brutal.

Ella me recibía siempre, aun cuando a veces estaba acompañada, creo que en su sabiduría de experta en lujuria intuía que en realidad yo no le hacia el amor a ella, sino a la rusita que ocupaba mis relatos de almohada...

Me miraba con los ojos brillantes y celestes cuando todo estaba en calma, y yo me ahogaba con un cigarrillo que no sabia fumar, contándole como estaba perdido por aquella rubiecita de rulos, huraña y esquiva, tan infantil quizá como yo mismo lo era.

Mimí me acariciaba despacito mientras pensaba, quizá, en cuanta suerte tenía aquella niña que se le parecía y que, sin saberlo, despertaba aquellos arrebatos de pasión.

Una vez, una noche en que no pude contenerme y fui a verla bastante tarde, luego de hacer el amor noté que lloraba... en mi inexperiencia juvenil supuse que le había hecho daño de algún modo y le pedí disculpas... ella simplemente me miro en silencio y rompió en un llanto tan profundo como doloroso.... en mi inocencia solo atiné a abrazarla torpemente y sufrir con ella.... luego de un rato me pidió que me fuera.

Esos días en la escuela estuve muy mal, cada vez que veía a Ivana no podía dejar de asociarla con Mimí y automáticamente pensaba en ella... fui varias veces a su departamento y colándome por el patio, golpeaba la ventana de su cuarto una y otra vez pero nada.

No estaba.

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Recuerdo que un viernes a la tarde vino Pato a casa, y entre agitado y extrañado me dijo que Mimí quería verme, y ya... volando me calcé aquellas Adidas blancas de tiras rojas que mi vieja me había comprado el año anterior, y que por falta de uso estaban casi nuevas.

Llegue a su casa y estaba esperándome con aquel vestido floreado que tanto me gustaba, fumando pensativa en el dintel de la puerta.

Lo que hablamos esa tarde me lo guardo solo para mi, fue la conversación mas dulce y romántica que nunca jamas volví a tener y en la cual aprendí mucho sobre el amor y el dolor, sobre la entrega incondicional y la angustia, fue vivir una vida a los catorce y algo que me cambio para siempre.... Después hicimos el amor como nunca antes lo había hecho y viví sensaciones como jamas he vuelto a vivir, me despidió con el único beso en la boca que me dió en todo el tiempo que estuve cerca de ella, y me regaló una navaja roja que yo siempre le había admirado y que tenía sobre su mesa de luz, la que aún hoy conservo como el regalo mas entrañable de aquella dulce época.

Aun recuerdo su mirada cuando doble la esquina camino a casa.

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Nunca mas volví a verla ni a saber de ella.

La busque y pregunte pero todo fue inútil...

Ahora solo vive en mis recuerdos.

Gracias Mimí, donde quiera que estés, por haberme enseñado el valor del amor!!!!

Por Daniel Pratt

elviajero7@gmail.com