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25 may 2011

TRATADO DEL QUERUBÍ (Fragmento)

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De pronto se levantó, se lavó la cara, se puso un vestido nuevo. Salió sin mirar, en puntas de pie. Las estrellas estaban al alcance de la mano; como los higos que se cuelgan en el árbol de la Navidad, parecían de papel y de miel. Desdeñó el camino; miraba sin mirar e iba a campo traviesa. Las vacas y los caballos como siempre, dormían un instante y volvían a cenar. Los lobizones se diferenciaban de los otros animales y de la gente, porque  les seguían las luciérnagas. Caminó, caminó; debajo de sus pies, los ratones subterráneos zumbaban y silbaban; las ovejas de abajo de la tierra también, estaban sacando trabajosamente, la cabeza ovalada, llena de rizos. Pero, ella hizo poco caso de toda esa ganadería misteriosa. Ya debía ser la medianoche, pues, empezó a caer maná del cielo, aunque, en verdad, sólo era una nube de hongos blancos y centelleantes que pasó, fugacísima. Empezó a aparecer el otro pueblo. Alguna luz habría quedado ardiendo en una cocina o en una tumba. Llegó en puntas de pie. Recorrió las calles. Todas. La del Jazmín, la de los Pepinos, la calle del Ante y la de Ana María. Tenía un miedo pánico de que su madre la hubiese seguido. Siempre tuvo un miedo horrible de que su madre la encontrara de pronto, la enfrentara, le dijese que... Pero, no vino nadie, por ningún lado. Las casas sobre las que destellaban los hongos recién caídos, habían quedado, como siempre, todas abiertas. Penetró en una. Sigilosamente, preparó un manjar, lo dejó sin probar, salió. Todo, dentro del mayor silencio. Recorrió, otra vez, todas las calles, la del Jazmín, la de los Pepinos, la calle del Ante... caminó, caminó; a veces, se detenía y lloraba, a veces, se sentaba y sollozaba. Hasta que, en la lejanía, dieron la orden de regreso.

12 mar 2011

TRATADO DEL QUERUBÍ

Mientras la lluvia caía y el arvejal indefenso y gozoso se quemó, y aún después, mis padres hablaban del casamiento, y ya era el mediodía en el oscuro hogar y se asaban bajo la lámpara los lirios del almuerzo, y mi padre hablaba del novio y de su torre atrás de la montaña que nunca habíamos visto, y de su prado y de su invicto arvejal y de sus abejares. Y de súbito, él empezó a andar, tras la ventana sus astas largas, azules. Mis doce aniversarios se refugiaron temblando en el halda de mi madre; y de pronto, él entró; los ojos le brillaban demasiado, hablaba un raro idioma del que, sin embargo, entendíamos; palabras como hojas de tártago trozadas por el viento, hongos saliendo de la tierra; mi nombre sonaba en sus labios de una manera alarmante. Subí a las habitaciones y las criadas, entre los roperos, hablaron de la boda como de algo pavoroso.
   Dos crepúsculos más tarde, llegó el notario, y puso mi nombre en el acta y el de él, y bajamos al jardín, y ya estaban las abuelas y las bisabuelas, y todos, y repartíamos el vino, y trajimos el instrumento extraño, el que tenía una sola cuerda y daba una sola palabra en un solo tono, y volvimos a beber vino, y las bisabuelas rezaban,  y después el sol se cayó atrás de los montes. Entonces, él me miró, y yo veía su rostro fijo en mí, sus largos cuernos adornados con azahares.
Marosa di Giorgio