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23 mar 2011

LOS QUINCE DE ANITA


El exceso de cerveza y las carcajadas de mi primo Javier, presagiaban un desenlace desteñido de la fiesta de Anita.
Junto a mis compañeros de colegio nos ubicamos frente a la pista de baile y desde allí hacíamos todo tipo de comentarios. Aturdido por tanta chacota, comencé a observar las figuras deformes que a través de las copas de cristal transpiradas, aparecían y desaparecían en el horizonte de la mesa. Finalmente detuve mi recorrido en el rostro de una muchacha de ojos achinados y sonrisa tímida: era flaquita, vestía solera de amplio escote y cubría sus hombros con un colorido mantón.
Ella ya había reparado en mí y mordisqueaba nerviosamente sus labios aparentando no darse cuenta de que yo también la observaba.
Presintiendo que le había caído en gracia, tomé coraje y me acerqué a su mesa para invitarla a bailar. Antes de hacerlo, acomodé mi prolija corbata, tosí sin necesidad y sonreí a un vecino imaginario…
Bailamos lentamente. Charles Aznavour cantaba “Venecia sin ti” y luego de varios giros inicié mi conquista.
La muchacha olía a lavanda y su piel era blanca y suave. Disimulando mis intenciones, poco a poco fui bajando mi mano por su espalda hasta tomarla de la cintura. Al hacerlo, mis dedos rozaron suavemente sus vértebras. Cada centímetro recorrido estuvo fríamente calculado; podía sentir cómo se le encrespaba la piel bajo mis manos…
Busqué la penumbra del salón y lentamente fui apretando su cuerpo contra el mío. La decisión fue acertada; no le quedó otra alternativa que rodear mis hombros con sus brazos.
Mientras bailaba, observé a mis compañeros:  me miraban azorados y sólo Javier sonreía. Sin darles importancia les guiñé un ojo y apoyando mi cabeza en la de la muchacha, rocé su oreja con mis labios. Su pecho volvió a agitarse y por un instante me pareció que había logrado acalorarla: sus manos transpiraban y el calor le subía por el cuerpo.
Fue curioso. En uno de mis apretados giros, por la amplia escotadura de la espalda pude observar los elásticos deshilachados de su bombacha y esta distracción logró desconcentrarme. De inmediato retomé mi cometido y una vez más apreté su cuerpo contra el mío para intentar otras caricias atrevidas, más allá de la cintura…
Hasta ese momento todo había salido a la perfección, tal como me lo había indicado mi primo Javier. Entonces, como un torero, decidí dar la estocada final. Sin embargo, cuando mi rodilla intentó abrirse paso entre sus muslos, ocurrió lo inesperado: un sonoro cachetazo se incrustó en mi cara y quedé solo en el medio del salón, con la vergüenza desplazando a mi osadía, la hermana de Anita observándome indignada, y el imbécil de Javier riendo a carcajadas.

16 mar 2011

ELPÁJARO CARAMELERO


Cuando mis hijos eran chicos, yo era un fumador empedernido. Al regresar a casa, después de trabajar, generalmente compraba mi segundo paquete de cigarrillos del día. En esa época de mucha la inflación, era frecuente que el kiosquero no tuviese cambio y me entregara un caramelo de leche con maní, equivalente a los centavos del vuelto.
El caramelo era duro, envuelto en papel transparente. En realidad, a mí nunca me llamaron la atención las cosas dulces pero para ese entonces yo  tenía tres hijos de ocho, seis y cuatro años, capaces de matar por tan preciado botín. Recuerdo que sus cabecitas se escalonaban junto al filo de la mesa de cocina observando con avidez los movimientos del cuchillo con el que, infructuosamente, intentaba partir el caramelo en la forma más equitativa posible.
¿Alguna vez hicieron el intento de trozar un caramelo duro en tres partes iguales? Es casi imposible. Por eso solicité al kiosquero que me entregara el vuelto de los cigarrillos en caramelos pequeños y masticables e  intenté una manera más práctica de realizar el reparto. Inventé “La historia del pájaro caramelero”, plumífero invisible que todas las tardes recorría los jardines del barrio repartiendo caramelos entre los chicos que se habían portado bien. Eso sí, debían esperarlo con el pijama puesto, peinados y cantando la canción del “Elefante trompita”. Aún recuerdo sus miradas ingenuas escudriñando el cielo mientras yo me escondía detrás de los ligustrines esperando el momento oportuno para arrojar los caramelos hacia la copa de los árboles. Imaginarán el revuelo que se armaba: empujones, risas y llantos eran la consecuencia inevitable de tan desacertado reparto. Felizmente, uno de mis hijos no tardó en descubrir el engaño y a partir de allí fueron ellos quienes me propusieron las distintas formas de hacerlo: el mayor, soñador y fantasioso, propuso que escondiera los caramelos en un lugar secreto y les organizara una suerte de búsqueda del tesoro, pero inmediatamente advertí que serían las doce de la noche y los salvajitos seguirían dando vueltas por toda la casa. El menor, con su habitual serenidad y sentido práctico, propuso que los rifáramos para evitar problemas. Sin embargo, mi única hija mujer, acostumbrada a pelear su espacio entre sus hermanos varones, me propuso en su media lengua: “Papá, tigá los cagamelos paga agiba y el que los agaja los agaja”
Hoy me pregunto: ¿se habrá tenido fe, la mocosa?
Jamás olvidaré la frescura y naturalidad de mis hijos; y en particular, sus personalidades tan diferentes y curiosas.

12 mar 2011

CUENTA CONMIGO


Allí estaba, contra el muro de la iglesia, como todos los domingos.
¿Trajiste lo que te pedí?
Sí –contesté mientras entregaba lo comprado.
Observó el campanario, entrecerró los ojos y comenzó a contar como si estuviera rezando:
Al sol lo inventaron los griegos. Usaron una moneda de oro que transportaron al universo mediante un largavista invertido. La ubicaron  lejos de la Tierra para que nos calentara sin quemarnos… El río es una serpiente de agua.  Se encula conmigo cuando tomo mucho vino. A veces se vuelve loca y  achata el cuerpo para inundar todo bajo el puente. Cuando se tranquiliza aprovecho para secar las pilchas… Los perros se muerden la cola porque no los dejan  subir a la calesita. Tienen mucha curiosidad,  quieren saber cómo es la cosa. Deberían girar más grande para no marearse…
Impaciente, miró hacia los costados para asegurarse de que nadie más lo escuchaba.
Antes la  luna era de barro. Los aztecas la  pintaron con plumas de águilas gigantes que humedecieron  en  los volcanes de plata de Indonesia. No voy revelar el lugar exacto. No pienso avivar giles… Cuando dejen de  perseguir a los árabes aprenderemos magia. Va a ser difícil que los agarren: tienen caballos veloces y son buenos jinetes. Si yo pudiera hacer magia,  haría salir más el sol en invierno…  Dios existe:  se oculta en los campanarios de la iglesia. A veces me cuenta cosas. El otro día le pregunté si tenía novia y se enojó conmigo. Ahora somos amigos.
De repente me dio la espalda y abrió la bolsa con las compras para mirar lo que había en su interior. Fue agachándose contra el muro hasta ponerse en cuclillas. Tomó la tira de pan, le quitó la miga y la rellenó con fiambre.
¿Entendés lo que te digo o hablo con la pared?
Con mordiscones feroces comenzó a desgarrar el pan, dejando entrever las hilachas de mortadela entre sus dientes renegridos. Finalmente abrió la gaseosa, hizo un buche y continuó:
Tengo más secretos para contarte… En el kiosco del frente venden pastelitos –dijo con picardía.
Tomás Juárez Beltrán