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14 feb 2011

UNOS CUANTOS PIQUETITOS



Mi esposa gritaba reclamándome mi borrachera  y me salí  de la casa.  Vagaba en la camioneta recorriendo los caminos de la ciudad oscura y desierta .

Di vueltas sin sentido.   A lo lejos alguien me hizo una seña.  Conforme me acercaba distinguí  una mujer entrada en años,  todavía de buen ver.  Se tambaleaba, pensé que  así como yo, se había tomado unas copas de más.  Al verla en ese estado  me dio lástima. Me paré y le  ofrecí un aventón.  En cuanto subió al vehículo, el  olor a licor se hizo más fuerte. Su presencia  me recordó a mi madre.

La mujer me dijo que se sentía mal y me señaló por donde irme  para llevarla a su casa.  Llegamos a lugares  desconocidos  en las afueras de la ciudad.  Me pidió que me detuviera. Después de algunos minutos me dediqué ha observarla con la poca luz que  llegaba de la calle. Descubrí en sus rasgos una vida difícil a pesar de su actitud desenfadada.  Empezó a hablar, de forma atropellada en un principio, pero después sus palabras me  sonaron desvergonzadas e insinuantes.

Me di cuenta que no se iba a  salir del vehículo, al contrario se fue acercando a mi y  la distancia que nos separaba en un principio se fue acortando,  hasta que nuestros cuerpos se tocaron y  entonces empezamos a acariciarnos. Yo no me podía excitar ¡era por el alcohol que había tomado! -Súbete  a ver  si así-, me dijo. Pero no sucedió nada,  entonces ella con coraje me preguntó ¿qué? ¿eres maricón? La sangre me hirvió. Después no sé como ni porqué  mi cuerpo empezó a reaccionar.

En cuanto nos volvimos a abrazar,  hizo algo muy extraño, sacó  de entre sus cosas un pequeño cuchillo  y me  dijo casi en forma de ruego,-que tal si me lo encajas tantito en la piel sólo poquito,  así yo siento más-.  Al principio me cayó de sorpresa y me sentí incapaz de hacerlo, pero después cuando me decidí ,   sentí placer al hundirle levemente  el arma en el cuerpo,  me di cuenta  que ella también gozaba  y me exigía más.

Después de un tiempo en ese juego, me olvide de mis reparos del principio y cada vez mis cuchilladas fueron más profundas, poco a poco un  placer salvaje se apodero de mí.Cuando me di cuenta ya estaba toda ensangrentada y me dio miedo, por eso cuando   intento  pararse la volví a sentar, esta vez le piqué  el cuello y después  el pecho, ya no me pude detener perdí la conciencia y  sin importarme lo que sucediera de una manera frenética le di las ultimas cuchilladas  hasta   que ví ante mí un cadáver y toda mi ropa  manchada de sangre. Después no supe que pasó.

Acá en el penal  me enteré por algunos custodios que en la autopsia de esta mujer habían encontrado cicatrices nuevas y antiguas  producidas a lo largo de años  por  otros amantes.

Lo que más me atormenta  del  recuerdo de esos momentos, es cuando confundí los rasgos de mi madre en el rostro de la mujer y cómo retumbó en mis oídos, la frase que me decían en el barrio cuando era niño -¡Tu madre es una puta!-
 
 
Celia Vera

25 ene 2011

NYC

Nos  encontramos  en Nueva York ¡Largos años sin vernos! Lucía avejentado, el tiempo y alguno que otro vicio…habían hecho sus estragos. Se decían  muchas cosas de él,  sin embargo con nosotros siempre fue un gran amigo. Nos tenía una sorpresa,  dijo y nos guió hacia el subway, era cerca de  medianoche. En  los vagones  casi desiertos los trasnochadores y algunos  adictos  nos veían con su mirada perdida. El ambiente era lóbrego.

Nos bajamos en el Bronx,  ya  en  la calle vacía  podíamos oír el sonido de nuestros pasos. Edificios  que en algún tiempo fueron de departamentos  expulsaban  grupos de jóvenes con trajes estrafalarios y actitud amenazante. Mi pareja y yo nos miramos amedrentados. El  barrio era de negros. ¿Como pudimos seguirlo hasta aquí? ¿Dejarnos llevar  por alguien que ya casi era un desconocido? Me pregunté.

Estábamos en sus manos ¡Esta parte de la ciudad no la conocíamos! La inquietud se apoderó de mí.  En eso, nuestro amigo exclamó “Ya  llegamos”  y señaló un establecimiento más iluminado que los demás, parecía que todos se dirigían hacia allá. Conforme nos acercamos mi temor aumentó… 

Después ¡lo comprendí todo!   Acordes sincopados se dejaban escuchar hasta la calle. Adentro un cuarteto improvisaba y jazzistas  de todas las edades intercambiaban sus últimas grabaciones…
 
CELIA VERA