9 oct 2009

LA VOZ DE SU MIRADA




Caminando por la calle (entre la Av. La Playa y Junín) me crucé con su mirada, era una mirada llena de tristeza, temor, dolor, desamor, rabia, ira…Era una mezcla de sentimientos los que se percibían en su mirada dura y reclamante.
Su inocencia ya no estaba, se la habían arrebatado. Era como si la hubiera vivido toda de golpe en su corta edad.
No tenía más de diez años, su cuerpo era el de un niño, pero mirada de quien ha vivido demasiado.
Le robaron su niñez se la arrebataron a la fuerza. Iba vestido con harapos, su carita y sus manos sucias, enmugrecidas, se le notaba el hambre por encima y la esperanza rota en mil pedazos.
No podía apartar la mirada de aquel niño tratando de descubrir como podría ayudarlo. De repente en el silencio ensordecedor de aquel momento, con la voz de su mirada empezó hablarme…
Señora, señora si puede ayudarnos somos muchos en la misma situación, nos han condenado a no ser escuchados somos ignorados y parece que hasta invisibles nos vamos volviendo ante las naciones y pueblos. Y ni hablar de aquellos que tienen el poder y el dinero para ellos no existimos, solo se acuerdan de nosotros cuando quieren popularidad o salir en las portadas de revistas mostrando lo altruistas que son.
Ayúdenos; lleve nuestro mensaje, proclámelo a los cuatro vientos con voz alta, clara y fuerte.
Si todos los hombres se unen y escuchan nuestro mensaje y nos toman en cuenta por fin, nuestro mundo tendrá un mejor futuro para todos.
Vaya señora, dígales que paren las guerras, que no derrochen así, que lo que invierten en ellas lo inviertan en educación, que se repartan mejor las riquezas y se erradique la pobreza de las cuatro esquinas del planeta…
Que se enseñe el respeto por la vida, y la diferencia de opinión. Que tengamos buena infancia basada en el amor.
¡Cuando van abrir los ojos… y van aprender a escuchar!
Cuando van a tomar conciencia los adultos y se van a dar cuenta que los hombres del mañana están en vuestras manos, somos nosotros los niños y que de ustedes aprendemos todo, que lo que nos enseñan hoy será lo que hagamos en el futuro.
Porque somos arcilla esperando ser moldeada, somos esponjas que todo lo absorbemos, que todo lo vemos, que todo lo escuchamos, que todo lo aprendemos, no solo de lo que nos dicen con palabras sino del ejemplo que nos dan con sus actos y acciones.

Empiecen a cambiar esquemas en su forma de vivir, respeten los derechos humanos y en especial los de nosotros los niños, Solo así podrán ofrecernos un mundo mejor.
Para que todos tengamos una familia, un techo, educación, derecho a la salud tanto física como mental. Que tengamos una sana alimentación, un vestir y un abrigo para no pasar frío y no se olviden de nuestra diversión, jugando también se aprende.
Dedíquennos tiempo y mucho amor.
Permítannos vivir cada etapa de nuestras vidas y disfrutarlas una a una.

Lo miraba asombrada y mientras me preguntaba: como puede ser posible que a su corta edad me hable de esta manera, con tanta sabiduría...

¡Ey! ¡Eyyyy!...
Señora a mi corta edad como usted dice he vivido más de lo que me tocaba, se que es el frío inclemente, la pobreza, el hambre y la ignorancia de los corazones duros, la violencia me ha tocado, me ha arrastrado, me ha envuelto a tal punto de verme en medio de dos fuegos cruzados, la guerra que promueven muchos de los adultos por avaricia y sed de poder me dejo huérfano y solo.

En ese momento abrí mi bolso buscando dinero para que tuviera con que comprar algo para comer, pero tal fue mi sorpresa cuando con la voz de su mirada me recriminó diciéndome “Señora guarde sus monedas, sus billetes y mucho más su pesar”, sea valiente señora y hágase escuchar, alce su voz bien fuerte y sus letras, su pluma y sus actos también para que la puedan escuchar, que alguien la seguirá y a este otro alguien mas se le unirá y así formando cadena el mensaje se expandirá por los cuatro puntos cardinales de la tierra se escuchara .

No resistí más y en ese momento mis ojos se inundaron y las lágrimas rodaron por mi rostro sin poderlo evitar.
Señora, volví a escuchar aquel niño llamarme, no llore por mi, no llore más…
Hay mi niño, (con un nudo en la garganta) le respondí: Sino lloro por ti sino por mi. Es cierto que he vivido mucho y he sufrido también. El dolor ha dejado huellas y he sufrido pérdidas también… pero nada en comparación con lo que te ha tocado vivir a ti…

Alzaré mi voz, mi pluma, mis letras, mis actos y acciones también, lo haré alto, claro y fuerte y tu historia y muchas más contaré…
No descansaré hasta que logre ser escuchada en todos los rincones del mundo y logre cambios también.

La voz de su mirada se acalló y en sonrisa se convirtió…

D/A
María Jiménez V.
(Septiembre de 2009)

María Jiménez V.

29 sept 2009

EL ROJO DE LA ESPERA


Eugenio Ramírez Vega, había llegado al Virreinato del Río de la Plata, con sus ansias de dinero y de poder. Su padre, un adelantado, le había contado de la riqueza de Las Indias y como los nativos tiraban el oro por doquier.

Si las generaciones pasadas habían sido insaciables en su codicia; en la mal llamada conquista, que con violencia inusual, casi habían diezmado a los nativos, las nuevas traían multiplicadas ambiciones.

Eugenio era alto, rubio, facciones armoniosas, ojos celestes, pestañas largas. Quien lo miraba, no podía percibir a simple vista la frialdad de sus ojos, porque engañaba con su belleza.

Su espíritu aventurero lo había llevado por diferentes tierras donde pudo lograr un cargamento de esclavos, que le sirvieron para hacer sus primeros negocios. Antes eligió las negritas más armoniosas y los negros más fortachones, a quienes hacía trabajar brutalmente.

Primero se ubicó en un lugar alejado del centro. Abrió sus baúles repletos de finos ropajes, apropiados para sus aspiraciones. Siguió trabajando, pero siempre tenía en su mira a la alta sociedad de la época.

Se hizo construir una imponente casa, conforme a la estirpe que él se había creado. Repasó toda clase de galanterías y las mujeres morían por él.

Al atardecer solían caminar por las calles desoladas, unos negritos que llevaban escondidas las esquelas donde lo invitaban a las tertulias de las jóvenes casaderas. Él no accedía muy a menudo para acrecentar su halo de misterio.

Eugenio tenía todo para triunfar; belleza física, ambición desmedida y falta absoluta de escrúpulos, pero una mala costumbre le gustaban las mujeres casadas y las sirvientas.

Sus bajos instintos se veían acallados todas las noches cuando las negras visitaban su suntuoso cuarto. Primero fue Severa, quien tenía su hija adolescente, luego Prudencia y otra y otra… Pero lo más cruel que hizo fue acceder por la fuerza a la aniñada Pedra que lloró su virginidad perdida hasta que sus ojos se secaron.

Pasaron los años. Unos hilos acerados poblaban las sienes de Eugenio cuando conoció a Macarena Benítez de Guardo, mujer hermosa y joven casada con un hombre mayor adinerado y de gran linaje. Se enamoró perdidamente. Ella le correspondía. Era tanta la pasión que el disimulo se iba diluyendo. Los comentarios iban creciendo y aunque tarde el marido se enteró. Urdió todo. El dolor, la rabia, el engaño, la moral por el piso, lo llevaron a esconderse en la casa “de los encuentros”.

Eugenio, perdido de amor entró precipitadamente. Un arma comenzó a vomitar su fuego mortal y no le permitió ni un ay de dolor… Sólo sus ojos se fueron cerrando lentamente. Su cuerpo se fue cubriendo de rojo, como una proyección de la ira contenida de todas las negritas y mulatas que él había dañado miserablemente.


Lucila Soria