18 nov 2010

LA NIÑA PELIROJA

imagen de: Patricia Gonzalez Palacios

http://deluganoalaluna-up.blogspot.com/
Perdí la noción del tiempo y de las cosas. Sencillamente no sabía donde me encontraba. Hubo momentos en que no era capaz de recordar desde cuando estaba metida en aquélla pequeña habitación de la torre, donde solo escuchaba rumor de pasos, cuando el que me traía el alimento se acercaba arrastrando los pies hasta la hendija por la cual metía el plato y el vaso con agua, pero por donde me era imposible ver su rostro.

Sabía que era un hombre, porque si podía observar sus bastas manos, y además debería ser mayor, por la forma lenta y pesada de su andar. Varias veces intenté hablarle; le suplicaba que me dijera una palabra, cualquier cosa, pero el silencio fue siempre mi respuesta, así que finalmente cansada de llantos y ruegos, opté por guardar también yo silencio.

Desde la ventana de vidrios opacos, herméticamente cerrada, me entretenía viendo a los paseantes, pero ya había comprobado que por algún motivo de orden tecnológico que no estaba capacitada para dilucidar, yo no era ni vista ni escuchada desde fuera, así que esa esperanza también estaba agotada.

Me parecía un poco anticuada la vestimenta que me habían dado, algo pasada de moda, pensaba yo, para el pleno Siglo XX, pero ni modo, las instrucciones que siempre se me hacían llegar por escrito estipulaban, so pena de no se cuantos castigos, que así debería estar vestida. Francamente lo que menos comprendía era para que el uso del gorrito tipo holandés, cuando jamás salía a que me diera el aire.

Hice mi mundo allí adentro. Comencé a pensar que nada es para siempre y que llegaría el día en que mi vida cambiaría. Tengo alimento, ropa, puedo bañarme cuado lo deseo, así que desesperarme solo me va a traer problemas nerviosos, quizás hasta me enferme. A partir de hoy me dedicaré a soñar. Intentaré prefabricar mis sueños, iniciarlos cuando esté despierta y así obligarme a continuarlos cuando me duerma.

Todo comenzó a mejorar. Hubo un sueño que se volvió recurrente. Un enorme gato negro – al principio llegué a pensar si no sería un mal augurio- lograba deshacer el material de la ventana con su aliento, y con gestos totalmente comprensibles me decía desde fuera, manteniéndose en el aire mediante no se que magia, que me subiera en su lomo, que el me sacaría de allí.
Una noche de lluvia, cuya claridad era más que sorprendente, pues la luna era apenas un hilo delgadito que sin embargo alumbraba prodigiosamente, me vi de improviso en la ventana, completamente abierta, y el gato de mis sueños allí estaba hablándome en un idioma que me era familiar, conminándome a que me subiera sobre el...La luna, tan bajita que casi podía tocarla, había enredado en una de sus puntas mi larga bufanda de lunares, la cual balanceaba ante mis ojos para que me asiera de ella.

Todo fue real, lo juro. Lo se porque mi ropa se humedeció con las gotas de lluvia, y además veía claramente los paraguas de colores que llevaban las personas que aceleradamente iban hacia su destino...

Aun hoy, pasados muchos años, sigo preguntándome quienes eran los que me retuvieron y porqué, ya que jamás logré verlos. De que realidades estaría hecho aquél gato negro que me depositó a las puertas de mi casa en un santiamén y que solo me hizo un movimiento de saludo con su rabo cuando se alejó – estoy segura – hacia la luna que lo esperaba.
A veces me pregunto... ¿será que en aquél país, o en aquélla estrella donde estuve, no existían las niñas pelirrojas?

ADELFA MARTÌN

23 oct 2010

UNA HISTORIA TRAS LA PUERTA

Ángel trabajaba en la oficina principal de la estación de trenes de la ciudad de Pergamino, más exactamente en la antigua línea que perteneciera al Ferrocarril del Oeste y que unía Pergamino con San Nicolás. Pero puedo decir que Ángel no trabaja en la estación sino que vivía en ella, y no lo digo porque pasara más hora en el trabajo que en su casa, lo digo por la pasión que él sentía por el mundo ferroviario, amaba los trenes, disfrutaba imaginando historias de personas de todas las edades que cada día partían en busca de un destino, y de personas que cada día llegaban a esa pujante ciudad en busca de un destino, Ángel amaba ese cálido lugar que unía su ciudad con el resto del país.


A principios de Diciembre de 1957 el superior de Ángel, Don Carlos, le comunica que el jefe de la estación Acevedo ha muerto de un problema cardíaco y que debía reemplazarlo antes de que termine el año. Luego de unos segundos de haber recibido la noticia reaccionó y lo invadió una pesada tristeza que lo dejó paralizado. Esa noche, y casi sin haber emitido palabra en toda la tarde, fue hacia la casa de su amada Rosita a compartir sus sentimientos y contarle la novedad. Entre mate y mate llegaron a la conclusión de que no era tan malo el asunto, Acevedo era un pueblo tranquilo y estaba a unos pocos kilómetros de la ciudad, además reemplazar a un encargado significaba un aumento de sueldo que por supuesto vendría muy bien. Así que la idea de casarse terminó de madurar después de estos cambios que sucederían en sus vidas, así lo hicieron ese mismo mes, y para fin de año estaban instalados en un no muy grande pero si cálido hogar.

Rosita llegó a sentir la misma pasión que Ángel por el mundo ferroviario, y a sentirse inmensamente feliz al ver de cerca como su amado disfrutaba y como ambos habían logrado una vida feliz estando juntos.

Era una estrellada y tibia noche de Noviembre del año 1961, cuando ella lee en voz alta la carta que había llegado esa tarde y había sido enviada por Don Carlos. “Ángel, lamento mucho comunicarte que el 1º de Diciembre próximo el ramal Pergamino-San Nicolás quedará clausurado para siempre…” Esta vez una angustia como nunca había experimentado antes invadió a Ángel, en pocos segundos pasaron muchas imágenes por su mente, imaginó mucha gente no saliendo más en busca de su destino, imagino a mucha gente no llegando nunca más en busca de su destino, sintió el vació, sintió que parte de su vida se derrumbaba, sintió muy de cerca la desesperanza.

Luego del consuelo de Rosita hacia él y de tratar de replantear el futuro, Ángel pidió unos días para estar solo, y con el consentimiento de ella se fue a la ciudad, a la casa de sus padres, allí en su habitación pasaba sus días. El tiempo transcurrido comenzó a preocupar a Rosita y partió a casa de sus suegros. Ahora ella debía experimentar el dolor que antes había pasado su media naranja, y mucho más intenso. Los padres no pudieron detenerlo y Ángel se fué a Buenos Aires y allí tomó un avión hacia Brasil donde vivía un amigo ex ferroviario, ya no había forma de comunicarse con él.

Estamos en el año 2009 y Rosita vive sola en la estación, cuidando de sus animales y de sus mascotas, hermoseando el jardín que hizo con dedicación donde antes estaba el andén, recibiendo visitas de amigos y parientes; y alguna vez recibiendo la visita de quien escribe.

Desde aquel Diciembre de 1961 ella no volvió a tener noticias de Ángel.

Tras esa puerta estuvo la esperanza, estuvo el amor, la alegría, la felicidad, la vida…tras esa puerta estuvo la desazón, estuvo la tristeza, el abandono, la desesperación, la incertidumbre, la desesperanza… tras esa puerta estuvo el tiempo, y nuevamente la esperanza.

Los nombres de personas que aparecen en este relato son ficticios, pero la historia está basada en hechos reales y esta mujer vive hoy en la estación Acevedo en el partido de Pergamino, al norte de la provincia de Bs.As.

Arte Joe
Foto de Joe