5 jul 2010
LAS LUCIÉRNAGAS DE LA CRUZ DEL SUR
Alcancé a plantar la última primavera en el macetero cuando comenzó
a llover, las montañas quedaron desdibujadas por el telón acuoso y ya no podía
disfrutar del verde intenso de los bosques, para mi sorpresa, se infiltraban entre
las gotas, incipientes copos de nieve que pugnaban por armarse y dominar la
precipitación. Estábamos a fines de septiembre, en el pueblo creíamos que ya había
caído la última nevada, pero la naturaleza sigue sus códigos, suspendo las tareas
en el jardín y entro a la casa, debo prender las leñas del hogar, el frío comienza a
sentirse.
Disfrutar de un café, mirar televisión, pequeño recreo, en pocas horas
estará la familia reunida y debo dedicarme a las tareas comunes.
Mami, la maestra te mandó un comunicado, debés firmarlo.
Querida, mi camisa gris la necesito para el jueves, tengo reunión.
No quiero tomar más sopa, estoy harto.
Planifiquemos el fin de semana largo, quizás un breve campamento.
¡Basta de rutina, relax, relax…!
Pero mi estado de relax salta como un resorte, en la pantalla está
la imagen de un hombre, un profesor en ciencias políticas español que visita
la Argentina, su nombre produce mi conmoción. ¡ José Carlos! Mi mente
comienza a desandar por un túnel que me lleva a recuerdos de la infancia.
Eran épocas de posguerra, una mañana en la cual el viento proveniente
del río traía anuncio de lluvias estivales, el barrio se vio alborotado. Habían
estacionado camiones del ejército en el “ campito” que algún día sería plaza,
de ellos comenzaron a bajar familias de inmigrantes. Era un acontecimiento
extraordinario, los vecinos salían a las puertas de sus casas a observar el suceso,
los más chicos cruzamos las calles y nos metimos en el “campito” para ver de cerca
todo lo que ocurría. Se veían personas de todas las edades, hablaban distintos
idiomas. De ahí en más la vida de ese barrio platense cambió totalmente.
el movimiento de los extranjeros. Yo los espiaba desde el dormitorio de mis padres
cuya ventana daba a la calle, tenía un mirador envidiable. Por la tarde me cruzaba
al campamento que habían levantado los nuevos y exóticos vecinos. Antes de
hacerlo arreglaba mi pelo con más esmero y robaba un poquitín de perfume a mi
madre, tenía doce años, los chicos inmigrantes me parecían hermosos. Algunos
eran introvertidos, otros más sociables, nos fuimos haciendo amigos. Con las chicas
de mi edad jugábamos a las figuritas, cara o seca, y a las muñecas. Entre todos a la
rayuela, escondidas, mancha venenosa o “Farolera Tropezó”. Si por alguna causa
no cruzaba me llamaban _¡Rita...Rita! y yo salía presurosa con mis figuritas, las
trenzas recién hechas por mi mamá y el corazón palpitante de ilusiones.
Predominaban españoles, vascos franceses y portugueses. Los
vascos eran los más bellos, los veía inalcanzables más aún cuando hablaban un
idioma tan diferente al nuestro. Cada familia vivía en grandes carpas pero al
poco tiempo comenzaron a construir sus propias casas sobre terrenos que el
gobierno les había adjudicado, cercanos a la plaza. Eran muy trabajadores y
hasta los niños colaboraban en la construcción de sus futuros hogares. ¡ Cómo
me cautivaba verlos en su rutina! Las mujeres lavaban la ropa en bateas y las
fregaban con cadenciosa energía mientras entonaban canciones de sus terruños.
Me sorprendía ver tomar el vino en un objeto de cuero que lo llamaban bota.
Don Ramón, el portugués, comía fideos al pesto y tomaba el vino de esa manera.
Aprendí muchas costumbres , entre ellas la de bailar la jota aragonesa, y no
dudo que ellos aprendieron tradiciones nuestras, el mate era un ritual que lo
asimilaron de manera entusiasta. Valoraban sobre manera lo que obtenían, eran
muy ahorrativos, esto les daba un ligero aire de superioridad respecto a nuestras
costumbres, no podían creer la cantidad de alimentos que ingeríamos. ¡Nuestros
famosos asados! Fue una época muy feliz. Luego de la cena, en las noches de
verano de calor abrumador, nuestros padres nos dejaban jugar hasta tarde, a esa
hora preferíamos jugar a las escondidas, la noche participaba cómplice de nuestros
refugios.
¡Rita! Época de sueños, rasguños a un futuro inventado, mejillas coloradas y
oleadas de sensaciones nuevas en el cuerpo. Sentido de vergüenza, la religión
implacable con su dedo acusatorio respecto a esas sensaciones. Culpas, culpas.
Pero la vida siempre gana. La intensidad de la vida.
La plaza tenía luz en las esquinas y como era de una manzana de
extensión, predominaba la oscuridad, cada carpa tenía sus propios faroles.
Recordando las imágenes de ese pasado se me ocurren que eran mágicas. Las
noches estrelladas en las que reinaba la Cruz del Sur, era para los inmigrantes la
realidad que les señalaba el cosmos de encontrarse al sur del planeta y tan lejos de
sus patrias. Miles, miles de luciérnagas danzaban alrededor de nuestras correrías.
Gritos, risas y silencios. Cuando la lluvia acechaba se sumaban a nuestro juvenil
alboroto el canto de los grillos y el croar de las ranas. Durante nuestro escondite, el
silencio dejaba escuchar nostálgicas castañuelas o dulces melodías portuguesas.
¡ Cómo que no se ve La Cruz Del Sur!
¡ Y las Tres Marías tampoco?
- ¿Qué constelaciones se ven en el Hemisferio Norte?
Con el tiempo me incliné hacia la amistad de un “Galleguito” que en
realidad era de la zona de Valencia. Contaba de su hermosa ciudad de Alicante, el
mar Mediterráneo, el Monte Benacantil con su castillo de Santa Bàrbara, los
Festejos en las noches de San Juan con sus hogueras durante el solsticio de verano,
los fuegos artificiales, la tarta de atún que comían para la ocasión, fiestas cuyos
orígenes se perdían en la noche del tiempo. Yo quería estar todo el día con él, José
Carlos era el más serio del grupo, tenía quince años y una belleza enternecedora.
Su piel de nácar resaltaba sus grandes ojos negros y el gracejo que tenía para
hablar me tenían en un estado de éxtasis. Una de esas tantas noches jugábamos a
las escondidas, pero las reglas del juego, supongo que lo decidimos pícaramente,
era hacerlo por parejas. Yo, embriagada de vida, me adorné el pelo y la frente con
luciérnagas y en los dedos lucía anillos de falsos diamantes. Estaba iluminada, las
estrellas habían descendido para embellecer mi felicidad. Así, radiante de la mano
de mi príncipe extranjero, corrimos a escondernos. Nos arrodillamos, entre unos
pastos altos que crecían a la vera de la calle cuyas flores exhalaban un perfume
exquisito, nos miramos, fueron instantes sagrados, los sentimientos quedan
paralizados, es como una foto del alma. El mundo seguía su movimiento y nosotros
ahí, atrapados en las redes del espacio y el tiempo ¡ Flasch! y te marca para toda la
vida. ¡ Doce y quince años! y la Cruz del Sur, las luciérnagas y la vida que seguirá
de manera inexorable su camino. Nos tomamos de las manos sin hablar, de pronto
me abrazó y se puso a llorar. En ese momento comencé a dejar el juego de la niñez
para andar por otro sendero, el más espinoso, es el camino en el que juegan los
adultos y así como destrocé luciérnagas para adornarme, así destruyeron los
adultos nuestro mundo de niños. Es la guerra, es el hambre, José Carlos me contó
por la tragedia que había pasado con su madre durante la Guerra Civil Española,
la lucha, la dictadura de Franco. Lograron llegar a América , cobijados por su tía,
que era mi vecina, pero sólo pensaban en regresar, su padre estaba preso, fue
combatiente republicano. Y así lo hicieron, nunca más supe de él hasta hoy.
Y la niñez se fue y las noches del estío en la ciudad de La Plata
iluminadas por las luciérnagas y la Cruz del Sur y nosotros, maravillosos niños
arrodillados, quedaron para siempre.
Mi piel tensa y húmeda por la emoción sintió un escalofrío, tenía su
imagen de hombre ante mí. José Carlos pudo triunfar sobre su dolor, me sentí
feliz de haber sido un pequeño eslabón en una etapa maravillosa de la vida.
Sentí pasos sobre la nieve acumulada en el jardín de este lugar
patagónico. Con lágrimas en los ojos me levanté para espiar por la ventana
el arribo de mi familia, la que armé con el hombre que fue mi compañero del
espinoso camino, el de la lucha cotidiana, con el que juntos sufrimos los dramáticos
sucesos, aquí también ocurrieron, de este difícil, solidario, inmaduro, ultrajado,
bello país que se encuentra bajo la Cruz del Sur.**************************
En Inmigración, Arte y Cultura ( Buenos Aires)y Revista Perito ( Alicante,
España)
16 jun 2010
EL MÁS VIEJO DEL MUNDO
Ni siquiera los libros de magia, ni Borellus ni Paracelso ni Hermes
Trimegisto lograban conmoverlo. Ni el escarabajo azul convertido en
piedra por la mirada de una Gorgona, ni la ponzoñosa túnica en jirones
de la pérfida Deyanira (prudentemente encerrada en un frasco de
vidrio), ni el dodecaedro de pálido mármol que descansaba sobre un
pedestal de humo negro.
Un solo elemento acaparaba la atención del viejo coleccionista de
antigüedades: un singular objeto que lo desvelaba hasta privarlo casi
de la razón.
Sin embargo este objeto permanecía oculto en una hermética caja de
madera que decoraba su gabinete. Sabía de qué se trataba, pero
ignoraba su apariencia.
Sobre la caja se leía una inscripción, una nefasta inscripción incisa
en antiguos caracteres y descifrada por el anticuario: ”el que no
debe ser visto”. Auguraba además su destrucción en el caso de ser
abierta la caja.
El anciano imaginaba el objeto en cada uno de los hipotéticos
detalles, y lo deseaba intensamente. La fatal escritura atormentaba
su cerebro machacándolo a cada instante: “el que no debe ser visto”.
Siguió resistiendo la tentación de abrir la caja, hasta que una tarde
se decidió a destaparla, aun a riesgo de perder la fortuna
temerariamente invertida.
Con el enigma castigando sus ojos metió una fina hoja de acero en la
hendidura leñosa y durante toda la noche combatió sin descanso contra
el tenaz ensimismamiento de la caja. Al fin lo venció.
En su interior, envuelto en un grueso paño, yacía el objeto. Con una
mirada brutalmente sabia el anticuario pareció traspasar el espesor de
la tela. Con ágiles movimientos de experto la retiró y descubrió
tres envoltorios más, hechos con oscuros papeles de seda: uno doblado
hacia abajo, otro hacia arriba, y el tercero nuevamente hacia abajo.
Durante años los envoltorios habían preservado de la claridad al
objeto.
Se hizo entonces visible lo que tanto había deseado, y el
coleccionista supo entonces que no le habían mentido. Ceñido en un
antiguo marco de plata labrada resplandecía un espejo, el más viejo
del mundo.
Lo acarició con deleite mientras se contemplaba en él. Ninguna
superficie había reproducido con tal fidelidad de líneas sus rasgos.
Sólo unas esquirlas de luz delataron su enfermiza ambición en el
andamiaje sombrío de las pupilas. Y al comprobar la falta del
apocalíptico presagio el entusiasmo creció.
Acaso “el que no debía ser visto” se había reducido a cenizas… O
habría estallado en pedazos cubriéndolo de infortunio…O simplemente se
había escurrido de sus manos transformado en arena… La felicidad
permaneció todavía por unos segundos. Luego una mínima pero creciente
convexidad empezó a modificar la superficie pulida. Un
comportamiento anómalo en el agua del espejo la hizo subir hasta
desparramarse, hasta caer transformada en imágenes por sobre los
bordes del marco. Mientras el sorprendido anciano llevaba una de sus
manos a la boca y una gota plateada lo invadía con un inesperado
sabor metálico, delgadísimas láminas fluyeron de la profundidad del
espejo, inundaron el piso de la habitación, se arremolinaron en los
rincones, y ya libres buscaron la calle.
La imagen del rostro azorado del coleccionista había rebasado el
espejo. Un espejo repleto de figuras, un espejo harto de acumular, de
repetir, de ilustrar servilmente las formas de este mundo.
roberto angel merlo
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