17 may. 2010

LA PRIMERA ESTRELLA




Se está haciendo la noche, el atardecer deja sus últimos destellos en el cielo naranja,
Un trinar de pájaros se acerca a las ramas para cobijar sus sueños.
Algún perro aúlla a lo lejos. Se escucha el mugir de alguna vaca que quedó extraviada.
Siempre es igual.
Cada atardecer me llego hasta la tranquera, para mirar el cielo y ver la primera estrella.
Aquí en mis pagos dicen que es buena suerte mirarla y pedirle un deseo.
¡Hace ya tanto que vengo!, parece que ella no me ha visto todavía, porque ni ahí se
cumple lo que pido.
Sería tan lindo, verla regresar a la máma, por el camino de donde partió, que vuelva a la
 casa con nosotros, somos sus hijos.
Se fue tan pronto, cuando todavía la necesitábamos.
Nos dejo a la Lucila, que era como

un puñadito de algodón entre las manos del tata, que lloraba.
Lloraban los dos, yo no comprendía, Luciano tampoco.
Nos tomamos de la mano y esperamos que el tata nos contara.
Fue feo, triste lo que nos dijo, que la máma se tenía que ir al cielo y nos dejaba de regalo
 a la Lucila, para que nosotros la hiciéramos crecer fuerte y guapa como era ella.
Nada entendíamos, ¿Si en la pieza estaba la máma gritando? Esperando que llegue la Lucila
que no sabíamos si sería ella, o el Francisco, como le queríamos poner nosotros, porque el
Luciano y yo no queríamos una nena, queríamos un varón para hacerlo bien machote y duro,
ya teníamos siete y ocho años, y éramos unos “hombres”.
Por eso no entendíamos que la mama se haya ido y nos dejara a la Lucila para que la criáramos.
¿Qué haríamos nosotros con una nena? ¿Va querer jugar a la pelota? ¿Andar a caballo por los
montes, corriendo entre los arboles?
¿Ayudar al tata a ordeñar las vacas? Eso es cosa de hombres, ¿Que vamos hacer con ella?
Por eso, yo vengo todas las tardes a pedirle a la primera estrella que me devuelvan a la máma,
La extrañamos mucho
fin
MARÍA ROSA.