25 may. 2011

TRATADO DEL QUERUBÍ (Fragmento)

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De pronto se levantó, se lavó la cara, se puso un vestido nuevo. Salió sin mirar, en puntas de pie. Las estrellas estaban al alcance de la mano; como los higos que se cuelgan en el árbol de la Navidad, parecían de papel y de miel. Desdeñó el camino; miraba sin mirar e iba a campo traviesa. Las vacas y los caballos como siempre, dormían un instante y volvían a cenar. Los lobizones se diferenciaban de los otros animales y de la gente, porque  les seguían las luciérnagas. Caminó, caminó; debajo de sus pies, los ratones subterráneos zumbaban y silbaban; las ovejas de abajo de la tierra también, estaban sacando trabajosamente, la cabeza ovalada, llena de rizos. Pero, ella hizo poco caso de toda esa ganadería misteriosa. Ya debía ser la medianoche, pues, empezó a caer maná del cielo, aunque, en verdad, sólo era una nube de hongos blancos y centelleantes que pasó, fugacísima. Empezó a aparecer el otro pueblo. Alguna luz habría quedado ardiendo en una cocina o en una tumba. Llegó en puntas de pie. Recorrió las calles. Todas. La del Jazmín, la de los Pepinos, la calle del Ante y la de Ana María. Tenía un miedo pánico de que su madre la hubiese seguido. Siempre tuvo un miedo horrible de que su madre la encontrara de pronto, la enfrentara, le dijese que... Pero, no vino nadie, por ningún lado. Las casas sobre las que destellaban los hongos recién caídos, habían quedado, como siempre, todas abiertas. Penetró en una. Sigilosamente, preparó un manjar, lo dejó sin probar, salió. Todo, dentro del mayor silencio. Recorrió, otra vez, todas las calles, la del Jazmín, la de los Pepinos, la calle del Ante... caminó, caminó; a veces, se detenía y lloraba, a veces, se sentaba y sollozaba. Hasta que, en la lejanía, dieron la orden de regreso.

EL AGUJERO

Cuando sonó el estruendo, no era el disparo, sino mi pecho que se había puesto de frente para recibir ese dolor punzante, que profundizó la grieta por donde debía desangrarme.
     Parece mentira lo que hace un agujero para sacar afuera lo que sobra y que comprimía hace muchos años. Entonces sentí por primera vez espacio. El agujero me dejaba lugar para moverme, poner distancia, reconocer lo que faltaba. La compresión disfrazaba el vacio con necedad.
     Emití un grito, un alarido que no se parecía a ninguna palabra, me desparramé en el suelo, nadie podía pararme. Descansar con la cabeza sobre la tierra, mirando al cielo,  sin culpa, desmoronaba  los castillos que había construido y que se venían abajo.
     El reino estaba  hecho añicos. Nunca fui una reina, ni vos un rey.
     A veces me pregunto cómo una herida que desangra, nos resucita. La muerte es el reguardo de los cobardes y mi valentía desproporcionada, me lleva por la vida.
     No, no me puedo morir acá. Ya me he muerto mil veces como en las películas y he regresado otras tantas a ese personaje. Quiero otro papel.
     El agujero quedará abierto, por allí se irán las noches de desamor, el cálido refugio que nunca tuve. Mi fragilidad que se ha rasgado, pide a aullidos que termine esta historia, que sólo deja heridos en el camino.
     Me voy con lo puesto.
     Me voy con mi agujero. Después de todo lo siento una condecoración, aunque para otros sea simplemente un pozo que hay que tapar.
     Ese espacio, me da la posibilidad de desplegarme, por ahí puedo revolotear y estirar mis alas comprimidas por el agotamiento.
     Andaré con el hundimiento a cuestas, reflotaré a esa chica que reía, y sobre todas las cosas seré feliz.

22 may. 2011

EL ECLIPSE


Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
FIN

La ciudad del apretón


A la hora de comer no había espacio para todos los platos sobre la mesa. Pá y má, abuelo y
abuela, el flaco, el gato, el fortis y yo. Pan, ensalada, salsa picante, el florerito de porcelana,
las pastillas del abuelo, el misal de la abuela, la radio de pá, los secadores de má, cuchillos,
tenedores, cucharas, vasos, jarra de limonada, olla de sopa o fuente de arroz, el salero, la
pimienta, el aceite, el vinagre, el edulcorante de má, la caja de leche del flaco, el periódico del
día y a veces las facturas de la luz o del agua o ambas; todo sobre la mesa a la hora de comer.

Mi abuelo se dio cuenta de mi cara de enojo porque me asfixiaba la estrechez en la que
vivíamos y comíamos. Él conocía cómo fruncía yo el ceño, cómo hacia el puchero con los labios
y cómo empuñaba las manos. Lo hacía igual que cuando el viejo me ganaba con las cartas o
con los dados los viernes en la noche, cuando hacía frio y él no podía salir con los amigos.

Al acabar la cena y antes que me levantara me dijo: “Ven un rato conmigo que tengo algo muy
interesante que contarte”. Todos decían que yo era el favorito del abuelo; no lo creo así, sólo
puedo asegurar que yo era el que más atento escuchaba sus historias de juventud o cuando
fue a la universidad; las mejores historias eran las de la guerra que le tocó luchar y cómo él
tuvo que dar instrucciones a sus superiores cuando ellos por ineptitud o por ignorancia no eran
capaces de guiar a las tropas en plena zona de conflicto; los cañones, los ataques y retiradas, el
frente, la sed, la rendición, el acabose. Me gustaba escuchar al abuelo.

En su habitación no muchas cosas. No había muchas cosas en orden. Era un entrevero de
papeles, revistas, periódicos, medicinas, postales, recuerdos grandes y pequeños, más papeles,
más revista y más periódicos. Le gustaba leer y su sana lucidez era resultado de tan noble
virtud.

La abuela muy hacendosa se encargaba de ordenar lo que el viejo dejaba regado por aquí y por
allá pero qué mal momento cuando él veía cómo había quedado todo luego de la intervención
de ella. Tromba, tornado, rayos y centellas, eso era el abuelo cuando alguien le cambiaba de
lugar las cosas. Él tenía un código secreto del orden que mantenía en su habitación aunque a
los ojos del menos experto observador, eso parecía un desbarajuste de grandes proporciones.

Nos acomodamos en dos grandes sillones de cuero. Yo sobre periódicos y revistas. Él creo
que sobre la correspondencia y ciertos documentos que juntaba para redactar su testamento
que si bien no le hacía nada de gracia, no era por la parca misma sino, porque sabía que de él
nacerían pleitos entre los hijos pero eso ya no sería asunto propio.

Me dijo que éramos muy afortunados de vivir en la pequeña casa que su padre había
construido y en la que él mismo pasó toda su vida primero con sus seis hermanos y ahora
con todos nosotros que sumábamos siete con la abue y ocho con el Rufo quien siempre se
escabullía dentro de la casa por la frialdad y solitud del patio porque era un cachorro muy
social. Los espacios no eran amplios pero todos cabían y no era tan malo. No era como en
Kowloon.

“Kowloon?” Dije yo sin saber lo que estaba repitiendo una vez que el abuelo empezó su relato.
Él asintió con la cabeza y me confirmó que la palabrota era efectivamente Kowloon. Me
dijo: “Esta casa para nuestra dicha no es Kowloon. Allí tienes que pedir permiso a un extraño

para poder girar, en la calle o en una habitación”.

Quedé intrigado por tal lugar cuyo nombre apenas podía pronunciar. Él prosiguió y me contó
del pueblo donde no cabe un solo alfiler más.

“Kowloon es como ningún otro lugar en el planeta. Las personas viven todas juntas en un
espacio donde no cabe nadie más y donde ya experimentaron levantando altos edificios que
ya se habían comido los rayos de sol. Ni siquiera al medio día se colaba el sol cuando caía
vertical sobre la ciudad de Kowloon porque para proteger lo que se encontraba en los espacios
inferiores colocaron redes que protegían lo que abajo pudiese moverse y lo protegían de
basura, de excrementos y hasta de accidentes cuando alguna maceta caía sin previo aviso”.

El abuelo sabía de aquella extraña ciudad porque lo leyó en un libro o una revista o en algún
texto que estaba en la misma habitación que nosotros pero que se escondía de la abuela;
no quería caer en las manos de tan buena señora porque sería desterrado o mejor dicho
desempolvado y acomodado en la biblioteca entre la C de ciudades y la R de rarezas o entre
la K de Kowloon y la T de tonteras porque a ella le daba igual mientras estuviera junto con los
demás libros, revistas o papeles ya que el lugar de los calcetines, las medallas o las monedas ya
estaba ocupado.

En Kowloon me decía el abuelo: “Cuando en el segundo piso alguien estornuda, alguien en
el primer piso le desea salud y en el tercer piso alguien se contagia y todo al mismo tiempo.
Cuando se abre una gotera en el tercer piso el agua sirve para regar las plantas en el segundo y
para lavar los trastes en el primero. Cuando alguien enciende un cigarrillo en el primer piso, en
el segundo y en el tercero fuman gratis aspirando el humo que asciende y si es opio, en todos
los pisos hay tranquilidad y luego elefantes color perla salen volando por las ventanas”.

Cuesta creerlo pero dice que es cierto. La ciudad quedó amurallada dentro de otra ciudad
más grande porque cuando se separó de su verdadero territorio nadie pensó en ella y luego
vinieron los juristas que supieron mantener su unidad en la extraterritorialidad y con acuerdos
y tratados quedó una ciudad dentro de otra ciudad. Lo que no calcularon los políticos, fueron
los límites de capacidad de la población y tal cual un hormiguero, la gente quedó una al lado
de la otra, sin secretos, sin fiestas privadas, sin intimidad, sin vergüenza. La vida de uno es la
vida de lo demás, no hay puertas ni ventanas y menos cortinas que le permitan a las personas
rasurarse las axilas, cortarse las uñas de los dedos de los pies o similares de perfecta intimidad.

Cuando la gente ya se salía por las ventanas, cuando no cabía un solo chino más, entonces
hubo que mudar a la ciudad entera y los hombres hormiga, las mujeres sardina y los niños
abeja pudieron estirar piernas y brazos sin correr el riesgo de golpear a la abuela o al vecino en
tan sencilla maniobra para el común de los mortales.

“Esta casa nos queda bien” dijo mi abuelo. “Yo todavía tengo espacio para mis “documentos”;
tu abuela todavía tiene el cuartito de costura con máquina “Singer” de coser incluida, tu mamá
y la Pancha hacen la comida libremente en la cocina , tus hermanos pueden jugar a las tapitas
con su cancha de frazada de plaza y media en plena sala, tu papá trabaja en el escritorio donde
se luce muy bien el estante donde guarda sus libros universitarios y tú, tú todavía tienes la
despensa donde entras a comer los chocolates que le robas a tu tía que vive en la casa del

frente”.

“En el comedor estamos muy apretados pero eso es porque la mesa es chica. Mi padre la
diseñó de esa forma con un claro objetivo: estar siempre juntos como uno solo, en familia,
pegaditos”.

Hoy te extraño abuelo. Aquél día me enseñaste que Kowloon es uno solo lo mismo que
nuestra familia.

20 may. 2011

EL LIBRO DE CARAS

Nelson se sentó en el asiento del acompañante, su sobrino insistía en conocer un camino mas sencillo para llegar a Trelew antes de mediodía. Sin mucha fé dejó que tomara el viejo camino de ripio sin advertir que aquella decisión le cambiaría la vida para siempre.
En la caja de la camioneta viajaban sus otros sobrinos, su tía Marta y los dos tíos; a último momento Marita decidió ir con ellos en la cabina. El viento era suave a esa hora por lo que se podía viajar con las ventanillas abiertas.
Nelson miraba el paisaje árido de la Patagonia con ojos ávidos... acostumbrado al kayac y a los ríos de la mesopotamia, (que conocía y amaba tanto) aquella sequedad lo asombraba. A lo lejos se veía el azul casi infinito del mar. La voz de Marita no lo dejaba disfrutar cuanto hubiese deseado.Un ruido ensordecedor y la violenta pérdida de equilibrio en sus oídos le hicieron reaccionar en forma refleja, con  su brazo protegió a su pequeña sobrina mientras la camioneta daba tumbos y vueltas barranca abajo.
Despertó una semana después en una cama, miró a su alre
dedor y comprendió que estaba en un hospital, miró su cuerpo que se insinuaba debajo de la sábana y a su brazo derecho en el que había una sonda conectada a un frasco de suero. A la primera enfermera que se acercó le preguntó por sus familiares; la mujer lo tranquilizó diciéndole que estaban todos bien, que el mas golpeado era él.- Qué tengo?... algún hueso roto?. Preguntó inquieto.
La enfermera le desvió la mirada y le respondió:
- Ya le comunicará el doctor su diagnóstico, viene en una hora... y sin mas se perdió por el pasillo.
Se miró detenidamente y no sentía ningún dolor. “no debo estar tan mal” pensó... en ese momento intentó mover el pié derecho que asomaba por debajo de la sábana.
Un sudor helado y una sensación de miedo visceral le embotó los sentidos cuando el pié no le respondió, ni el otro, ni sus brazos... la impresión lo venció.
Dos años después la lesión en su médula producto del ac
cidente solo le había permitido (y a costo de un terrible esfuerzo) recuperar la movilidad del brazo derecho y tres dedos de esa mano y un poco de la movilidad del brazo izquierdo pero ninguno de sus dedos... el resto del cuerpo ya le era ajeno para siempre.
Pasó por todos los estados de ánimo previsibles, incluso se hubiera suicidado si ello hubiera estado a su alcance, pero no podía moverse por sí mismo y solo podía ocupar una silla de ruedas si alguien lo subía a ella.
Su novia fue la primera en desaparecer de su vida. No la culpaba, ella era joven y tenía derecho a vivir una vida normal. Luego los amigos fueron raleando las visitas a la clínica especializada don
de se recuperaba. Al cabo de tres años solo uno o dos lo visitaban.
La depresión lo estaba matando de a poco. De aquel deportista que corría diez kilómetros todas las mañanas y que había bajado el Paraná y el Uruguay en solitario cuando aún no estaban de moda los kayac quedaba muy poco.
Hasta que llegó Cecilia.
La nueva enfermera era todo sonrisas y
retos, si no quería hacer los ejercicios, ella lo obligaba... si se negaba a comer, ella le preparaba las comidas que le gustaban y se la daba sentada junto a su cama.
Fue ella quien lo convenció de pintar cuando él le cont
aba con vívidos detalles la belleza de los ríos que conocía tan bien. Pronto sus pinturas se fueron perfeccionando tanto como su pericia con los pinceles y la poca movilidad no fue un problema. Pronto los pasillos de la clínica y algunos livings de médicos lucían sus pinturas.
Cecilia siempre estaba allí, alentándolo con sus palabras y dándole esperanzas. Un día le trajo una notebook especial
mente adaptada para personas como él... y fue allí que Nelson volvió al mundo.
Hizo lo que todos, al principio navegó horas y horas por páginas de lo mas variopintas, se empachó de cuanta película le comentaban y hasta armó un blog con sus pinturas por consejo de la enfermera.
Pero el gran cambio se produjo cuando descub
rió Facebook. Al principio  tenía algunos poquitos amigos con los que se podía comunicar a diario... de pronto fue recibiendo pedidos de amistad de personas que no conocía, pero que sin embargo llegaban a él a través de amigos de amigos... como a todos en Facebook.
Pero aún otro gran cambio lo aguardaba. Consiguió
a través de algunos amigos del face que se dedicaban a la política que le otorgaran una pensión con la cual podía seguir su vida (y tratamiento) en su casa de  El Cazador, un barrio cercano a la ciudad de Buenos Aires y que tenía un bello río de los que él amaba... pero necesitaba una enfermera full time que cuidara de él... Cecilia se instaló en su casa y pronto algo muy, muy parecido al amor nació entre paciente y terapeuta.
También ayudaron sus nuevos amigos del Libro de Caras, como a él le gustaba llamarlo... allí estaba Marga, una ruda ex policía que lo trataba sin contemplaciones pero con infinito afecto... o se r
eía con las historias de Silvana; se sorprendía de conocer detalles de la vida de Gloria o Macarena, dos españolas que hablaban con él a diario y admiraban sus pinturas. Discutía temas bizarros con Gustavo o Dylan, recordaba sus buenos tiempos de kayakista con Andrea, quien le mandaba fotos de aquellos recodos del río que convertía en cuadros que Cecilia vendía,  y le permitían vivir con el decoro y el orgullo de quien se gana la vida. Tenía amigos como Daniel o Mauro que lo distraían con historias de lugares y cosas que él nunca hubiera imaginado... o personas como Susana o Betty que lo confortaban desde lo espiritual...
Sus días se iban suavizando mas y mas hasta que se sorprendió dándose cuenta que ahora tenía muchos ma
s amigos y se comunicaba con muchísima mas gente que cuando estaba sano. Ese medio de comunicación que empezó como un juego entre estudiantes de una Universidad americana le permitía hoy a él interactuar con mas gente de la que había conocido en su vida.
También se reencontró con viejos amigos y conocidos que creía perdidos para siempre en sus recuerdos. Estableció contactos con otros pintores que le daban secretos y técnicas... pronto sus días (tan vacíos y eternos antes...) tenían una agenda completa, al punto de recibir mas de un rezongo de Cecilia...
Una mañana en que estaba escribiendole una frase de aliento a un nuevo amigo de Facebook que padecía una lesión como la de él, vió el reflejo de su rostro en la pantalla...
Y sonrió.

Que lejos estaban ahora los días en que compadeciéndose de sí mismo quería terminar con su vida... cuántos amigos insospechados tenía ahora, de los que conocía mas detalles de sus vidas que de la de su propio hermano; como la vida le había puesto delante a la bella Cecilia, la que amaba profundamente, como había descubierto que los hermosos lugares que conoció cuando navegaba en su kayac ahora podían alegrar la vista de otras personas a través de sus pinturas.
Volvió a mirar su reflejo en la pantalla.
Y fue feliz, mientras pensaba una respuesta ingeniosa al contrapunto intelectual que tenía esa mañana con Gilda...










Ah, si alguien quiere conocer a Nelson, aquí su blog, http://elpintar.blogspot.com/   él sería inmensamente felíz si se hacen seguidores... Gracias!!!

2 may. 2011

LA CORRIENTE


Una anciana baja al pavimento y vuelve a subir a la vereda, sosteniéndose en un Ford
Falcon bordó estacionado sobre J. A. Pacheco de Melo (y casi avenida Pueyrredón).
El semáforo está descompuesto. Muchos taxis ocupados. Otra anciana, aferrada a una
mujer con anteojos ahumados, cruza Pacheco de Melo, y recién entonces la primera, la
amedrentada, emprende el esfuerzo superior de cruzar, más bien descuajeringándose.
Hoy, en análisis, me quedé en el repaso sustancioso y pormenorizado de mis
padecimientos físicos. Y en que ayer conocí al médico de la familia de Susy, especialista
en huesos. Le llevé las radiografías de espalda y rodilla derecha que me saqué a fines de
septiembre por indicación del traumatólogo de la obra social, quien, además, determinara
tratamiento kinésico en base a masajes, onda corta, ultrasonido, lámpara y ejercicios.
Me preocupa la rodilla: molesta tanto al subir escaleras. Lo de la espalda es ya crónico,
estoy resignado, hace media vida que me duele en ciertas posiciones y cuando escribo a
máquina. El tratamiento kinésico resultó un paliativo, y exclusivamente para la rodilla.
Pero desde hace dos semanas está la rodilla como antes de haberlo comenzado. Por otra
parte, este médico le otorgó trascendencia a los vestigios de sangre detectados en la
orina. En el examen de la rodilla localizó la movilidad excesiva de la rótula, me explicó
la función de los ligamentos, confirmó que las radiografías no evidencian lesión, y
encomendó placas de ambas rodillas con piernas flexionadas. Aseguró que no hay nada
definitivo que pueda hacerse, ni por la espalda ni por la rodilla. Está al acecho un proceso
de artrosis. Y él considera que la rótula podría, alguna vez, fisurarse.
A mi analista le hablé del Genozim. Y de la muestra de semen que el viernes llevé
al laboratorio por prescripción del andrólogo, a propósito de la escasa movilidad de
mis espermatozoides. Y claro, cuando oí “escasa movilidad de mis espermatozoides”,
me resonó “excesiva movilidad de la rótula”. Me siento raro no tomando el Genozim.
Percibía ternura por ese remedio escrupulosamente ingerido durante meses, junto
con uno de los tres (Control K, Holomagnesio y Vegestabil) ordenados por el nuevo
cardiólogo (extrasistolia ventricular cumpliendo un lustro).
He bebido té de boldo (el cardiólogo me prohibió el café, el té común, el mate), y
estoy con hambre. Me rondan ideas e ideítas, algunas sugerentes, ¿en cuál incursionar?
¿En la que abriría con un introito reflexivo sobre el enturbiamiento de algunos de
nuestros mejores recuerdos? ¿En la concerniente a la ingratitud, a las bruscas o paulatinas
desvinculaciones que nos inferimos irresponsablemente los unos a los otros? El caso
de Jorge en el setenta y cinco (¡diez años ya!), o el de Ramón en el sesenta y tres. Y la
disolución, la pulverización. Con mujeres con las que salí me quedó un sedimento...
He pedido un sandwich de pan negro, de crudo y queso, a un mozo zombie de esta
confitería Alabama. Empecé garabateando en verde, pero la Edding 1700 agotó su tinta
y la sigo en azul con una Sylvapen. Mi consumición en esta sentada ascenderá a un
austral con treinta, según los tickets. Se sorteó la lotería de Navidad y no parece que
nos hayamos favorecido Susy y yo con nuestras participaciones. Pasó una muchacha

ofreciendo Curitas y ahora invaden el local chicos mendigando. Me solazo con el tarjetón
de un instituto de investigaciones agropecuarias y bromatológicas recibido por nosotros
para la ex-propietaria de nuestra casa. Al lado de un dibujito con personajes aureolados,
reza: “¡Paz y Bien! Con la confianza plena en el Amor Providente del Señor y en la
intercesión omnipotente de la Santísima Virgen, ruego a Ud. y familia ante el Niño
Dios, encareciéndole al Salvador del Mundo los colme de sus mayores Gracias durante
1986. ¡Que Dios les Prodigue sus Prístinas Bendiciones!” Y firma un otro señor cuyo
apellido nombra al instituto. Hum... Pergeñar las características probables de alguien
capaz de redactar en serio o disponer la impresión con su clisé comercial de eso, supone
un tránsito peligrosísimo y por ello fascinante, por los desfiladeros de lo írrito (para
expresarlo con intriga).
Redondear, redondear la crónica antes de que la corriente me abandone. Pienso en
esta materia prima, en estos enunciados. Pienso en la novela que planeo. Y especulo,
también, organizando un relato con esta recortada información: En una aldea siciliana,
Enzo Gennaro Basunca es agraviado por dos amigos, hermanos entre sí. Jura vendetta.
Ofensores y familia desaparecen sin dejar rastros. Dos décadas después, Enzo se entera
de que esa familia reside en la capital de una provincia norteña. Llega a esa ciudad, los
descubre, y asesina a cinco integrantes. Es condenado a cadena perpetua. E indultado,
tras cuarenta y seis años en la cárcel, excelente conducta y precaria salud. Viaja a Buenos
Aires para visitar a su único hijo vivo, su nuera, nietos, bisnietos y tataranietos. Y en
un hospitalito de Gerli muere, antes de cumplir los cien. Fin. Desde dónde el planteo,
allí hay una historia; seca, brindarla económica; toquecitos para clima, alguna línea de
diálogo, y tal vez un título a obtener del remate.
Fin, fin. Dejaré en la mesa una cifra en billetes y monedas que incluirá propina, me
levantaré, le haré un gesto al mozo y me iré cantando, remando, sin dolor, transportado
por mis ensoñaciones, plausible, sagrado, y también yo atravesaré J. A. Pacheco de Melo,
reafirmando imprescriptibles condiciones, de prisa.

EN EL LUGAR DE LOS OTROS



Elvira venía de dejar a la niña en el colegio cuando se encontró con la mamá de una de las compañeritas de su hija.
En vista de que estaba enterada de que el marido de aquella se encontraba internado por problemas de salud, luego de saludarla le preguntó como seguía éste.
La mujer le dijo - mal, murió ayer - obviamente ésta se encontraba en estado de shock ya que no se notaba su dolor.
Al ser algo muy reciente todavía no había caído ante la magnitud de los sucedido, además de que precisamente iba a buscar a sus hijos al colegio y seguramente quería mostrar ante ellos su mejor semblante.
Elvira quedó cortada, sólo atinó a abrazar de inmediato a la mujer y expresarle sus condolencias y ponerse a la orden ante lo que necesitara, en realidad no sabía que decirle, no existían las palabras.
Cuando se despidió de la reciente viuda, todo el peso de la angustia se instaló en su pecho.
Camino a su casa recordó su propia experiencia hacía ya 10 años, a raíz de la muerte del padre de su hijo mayor, cuando el niño contaba con tan solo 2 años.
El día de Elvira cambió, se tornó opresivo, angustiante, el dolor que sentía dentro era enorme, pesado y viejo.
Si bien había rehecho su vida y se había casado, parecía que el tema de la muerte de ése ser tan querido, fallecido hacía ya bastante tiempo, era un tema no resuelto ó sencillamente había asimilado todo el dolor de la madre de la compañerita de su hija pequeña.
A la noche, cuando llegó su esposo, comenzó a comentarle lo que había ocurrido y no pudo evitar dar, por fin, rienda suelta a el llanto que había estado conteniendo durante todo el día.
Su marido, preocupado, le pregunta porqué se pone así, ella sólo llora y apenas puede articular palabra -Me puse en su lugar y sentí su dolor y me vi a mí misma cuando a mí también me pasó y me dolió por ella y por sus hijos, me dio tanta pena, me dolió tanto...


Abril 2010
Patricia O. (Patokata)