23 mar. 2011

LA SOPA


Pedir dinero en la calle no era lo más difícil para Ismicho. El arte de hacer
una carita triste, de insistir un poquito más con las señoras o con las
abuelitas, el quitarse el blanco casi marrón sombrero como muestra de
agradecimiento por la monedita, estaba dominado.

Para Ismicho lo difícil era comer la papa caliente que, en la ollita del
almuerzo, la mamá le reservaba a él. Ella se llevaría a la boca el ínfimo
pedazo de carne que flotaba entre pedazos de zanahoria y una cosa verde
difícil de adivinar pero que posiblemente era espinaca. La bebé sólo teta.

La papa, más grande que la boca de Ismicho, tampoco era el real
problema sino la temperatura casi hirviente con la que salía secuestrada,
con la cuchara o con la mano, de la ollita que media hora antes hacía fila
con otras tantas ollas en el comedor popular.

Si algo salía de la olla, nunca más volvía. Era un pecado dejar sobra de
nada! Cuando falta alimento todo es bienvenido para los flacos cuerpos
de aquellos que en la calle y de lunes a sábado, reciben como ración diaria
magro alimento. Sopa caliente o fría o algo.

La ollita

La bendita olla fue un dizque regalo de una señora; hacía frio y la familia
campesina se acomodaba por primera vez en unas gradas al frente de
la casas de Doña Sofía a quien se le ocurrió dar de comer a los recién
llegados. Buscó una ollita que, un poco estropeada, ya no se usaba en
su casa. La familia había crecido y las ollas ahora eran grandes para
abundante caldo, piezas de pollo, papas de todo color y sabor, zanahorias,
cebollas y negras y redondas pimientas de Cayena, ya que sin ellas, faltaba
sabor y picor.

Al mediodía y como Dios manda a los que tienen comida sobre su mesa,
salió Doña Sofía con la ollita del almuerzo. Iba rebosante de caldo para
aquella mujer campesina con bebé en brazos y mocoso de unos 6 años
revoloteando a su alrededor. Con un gesto digno y tímido la mujer

agradeció a Doña Sofía por este regalo de bienvenida.

Menos de cinco minutos fueron suficientes para dar cuenta con el caldo
y sus ingredientes. Sin poder lavar la ollita y con más vergüenza que al
recibirla, la humilde mujer tocó a la puerta de Doña Sofía para devolver
aquel utensilio y ésta sabiendo de las necesidades de los recién llegados
mendigos, se la obsequió más como quien se deshace de un estorbo que
como quien se sacrifica desprendiéndose de algo valioso.

Desde ese entonces, la ollita le sirve a la mamá para después de hacer
una fila de 60 personas, poder recibir tan importante contribución a su
supervivencia en el comedor popular.

Los domingos

Los domingos para Ismicho, su mamá y la bebé, no eran ni de guardar, ni
de descanso ni mucho menos de esparcimiento. La mayor preocupación
del domingo era la comida, Sólo una, soñar con tres imposible aunque
en la época de Navidad recibían tanto como para desayunar, almorzar y
cenar galletas de blanca cobertura con figuritas de extraterrestres, negros
queques llenos de pasas, almendras, miel y nueces.

El domingo no había comedor popular. Los curas y las monjas tenían
su día de descanso luego de la misa de 8 y las puertas le decían NO!
al mendigo desorientado, sin calendario, sin noción del tiempo. Los
mendigos son millonarios. Millonarios de largas horas de hambre, de
espera de unas monedas, millonarios de desprecio, millonarios de
incomprensión y millonarios de injusticia, la del clima que destruye sus
cultivos y los obliga a emigrar a lugares donde ni siquiera se pueden
comunicar porque pocos hablan su idioma.

Las monedas después de la misa y a la puerta del templo servían para
comprar lo necesario: pan, una lata de sardinas sumergidas y ahogadas en
salsa de tomate y en ocasiones especialísimas, maíz tostado como postre,
como merienda, como cena, como sea.

Los niños de la ciudad

Ismicho no se quejaba. La ciudad le mostraba, jamás le ofrecía porque
ni ella era capaz de mirarle a los ojos, suficiente entretenimiento: autos
de todo color y tamaño, hombres vestidos de todo color, no como él su
hermanita y su mamá que tenían la ropada pegada al cuerpo porque
siempre tenían puesto lo mismo y su marrón paisaje no cambiaba.

A Ismicho le atraía ver a niños como él, cargando bolsas llenas de
sorpresas: cuadernos, lápices, papeles de color y ante todo las mismísimas
bolsas con dibujos de seres raros con cabeza cuadrada, niñas bonitas
todas de rosa y hasta animalitos con fuego en la boca.

Lo que Ismicho no sabía era dónde iban los niños con esas bolsas. Muy
temprano en la mañana mamás, papás y niños pasaban corriendo. Ismicho
sospechó que debían ir a algún lugar muy lindo que no podían perderse
por eso las carreras decía él. Lo extraño y contradictorio era cuando la
misma gente volvía pasado el mediodía con caras de apaleados. Dónde
fueron que los dejó en tan mal estado? Se preguntaba este niño de
marrón con sombrero blanco marrón.

El sábado, el desfile no era el mismo. Los niños que pasaban se veían
tranquilos y los padres mucho más. Ya no corrían en la misma dirección
ahora todos era errantes y no habían bolsas. En cambio, el desfile, ponía
en manos de esos niños helados, globos, muchos de muchos colores,
autitos, autos y muchos con algo de esfuerzo cargaban autotes. Algunos,
los que iban rumbo a la plaza de los altos árboles, llevaban bicicletas.
Bicicletas como las que Ismicho conocía en su pueblo. Como las que
manejaban los grandes y los jóvenes, nunca los chiquitos.

Qué había cambiado en el pueblo de las casas altas que permitía a los
niños usar aquel medio de transporte tan exclusivo y reservado en el
pueblo de Ismicho? La respuesta era sencilla: unos billetes, de los que
jamás caían a su sombrero o al sombrero de la madre, que compraban
esos divertidos aparatos.

La diversión de Ismicho no pasaba de ver. Era como ir al cine, ver la
cartelera e imaginarse la película. Así es cuando no se puede comprar la
entrada. Al final, algo de diversión debe haber en ver la cartelera de las
películas que se exhiben y las que vienen.

Ahora, no había diversión. Ahora Ismicho tenía que comerse la papa
caliente apenas salida de la ollita que su madre había traído luego de 30
minutos de fila con otras tantas ollas en el comedor popular.

Luis Carlos Palazuelos

YO ERA ESE AMIGO


La congregación terminó de cantar unos himnos. Luego el pastor pasó al frente y presentó a un amigo de su infancia que pasaría a compartir unas palabras esa noche. Tras la presentación, un hombre anciano pasó al púlpito y comenzó a hablar:

“Un padre con su hijo, y un amigo de su hijo, navegaban en una pequeña barca cerca de las costas del Océano Pacífico. De repente, se levantó una fuerte tormenta y no tuvieron tiempo para regresar a tierra. Tan fuerte era el oleaje que el padre no pudo mantener la embarcación a flote a pesar de su experiencia. La pequeña embarcación se volcó, arrojando a los tres al mar embravecido”.

El anciano hizo una pausa y en ese instante miró a los ojos a dos jóvenes de la congregación. Hasta el momento, los dos jóvenes no había mostrado ningún interés en el culto, pero ahora empezaron a prestar atención y mostrar cierto interés en la historia que el anciano esta contando.

“El padre agarró una cuerda salvavidas que estaba atada al barco volcado. Pero, entonces se enfrentó con la decisión más difícil que jamás había enfrentado. ¿A cuál de los dos muchachos debiera tirar la cuerda? No había tiempo para contemplar la decisión que tendría que tomar.

“El padre sabía que su hijo era creyente, que le había entregado su vida a Dios y que estaba en paz con Él. Sabía que el amigo de su hijo, en cambio, no estaba bien con Dios. Él no estaba preparado para morir. El padre luchó por un instante en agonía por la decisión que tenía que tomar. Esa lucha que se desató en su interior era aún más feroz que la fuerza de las aguas”.

“El padre lanzó un grito: Hijo, te amo mucho, y en seguida le arrojó la cuerda al amigo de su hijo. El muchacho agarró la cuerda y el padre lo haló hasta la embarcación volcada, y lo salvó de las aguas embravecidas del mar. Ya para ese entonces, sin embargo, su propio hijo había desaparecido en las aguas del mar. Nunca recuperaron el cuerpo.”

Los dos jóvenes ahora presentaban toda su atención a lo que el anciano decía.

“El padre sabía que su hijo, pasaría a la presencia de Dios para toda la eternidad. A la vez, no soportaba la idea de que el otro joven muriera sin Jesús. Por eso ese padre sacrificó a su propio hijo para salvarle la vida al otro muchacho. ¡Cuán grande es el amor de Dios, puesto que él ha hecho lo mismo para nosotros!

Con estas palabras, el anciano terminó su discurso y se sentó. El silencio reinaba en toda la sala. Después del culto, los dos jóvenes se acercaron al anciano.

-La historia que contó fue muy bonita-le dijo uno de ellos respetuosamente-. Pero no es realista pensar que un padre podría sacrificar a su propio hijo con la esperanza de que otro joven terminara siendo cristiano.

-Usted tiene mucha razón, amigo-respondió el anciano un tanto pensativo mientras fijaba la vista en su Biblia desgastada. Luego, miró de nuevo el rostro de los jóvenes mientras una gran sonrisa se dibujaba en su rostro.-Usted tiene toda la razón. En realidad, de parte de un papá no sería realista hacer eso, ¿verdad que no? Pero, yo estoy aquí para decirles que esa historia me ayuda a acomprender un poquito lo difícil que de haber sido para Dios entregar a su propio Hijo por mí. Déjenme decirles que… yo era el amigo del hijo.

LOS QUINCE DE ANITA


El exceso de cerveza y las carcajadas de mi primo Javier, presagiaban un desenlace desteñido de la fiesta de Anita.
Junto a mis compañeros de colegio nos ubicamos frente a la pista de baile y desde allí hacíamos todo tipo de comentarios. Aturdido por tanta chacota, comencé a observar las figuras deformes que a través de las copas de cristal transpiradas, aparecían y desaparecían en el horizonte de la mesa. Finalmente detuve mi recorrido en el rostro de una muchacha de ojos achinados y sonrisa tímida: era flaquita, vestía solera de amplio escote y cubría sus hombros con un colorido mantón.
Ella ya había reparado en mí y mordisqueaba nerviosamente sus labios aparentando no darse cuenta de que yo también la observaba.
Presintiendo que le había caído en gracia, tomé coraje y me acerqué a su mesa para invitarla a bailar. Antes de hacerlo, acomodé mi prolija corbata, tosí sin necesidad y sonreí a un vecino imaginario…
Bailamos lentamente. Charles Aznavour cantaba “Venecia sin ti” y luego de varios giros inicié mi conquista.
La muchacha olía a lavanda y su piel era blanca y suave. Disimulando mis intenciones, poco a poco fui bajando mi mano por su espalda hasta tomarla de la cintura. Al hacerlo, mis dedos rozaron suavemente sus vértebras. Cada centímetro recorrido estuvo fríamente calculado; podía sentir cómo se le encrespaba la piel bajo mis manos…
Busqué la penumbra del salón y lentamente fui apretando su cuerpo contra el mío. La decisión fue acertada; no le quedó otra alternativa que rodear mis hombros con sus brazos.
Mientras bailaba, observé a mis compañeros:  me miraban azorados y sólo Javier sonreía. Sin darles importancia les guiñé un ojo y apoyando mi cabeza en la de la muchacha, rocé su oreja con mis labios. Su pecho volvió a agitarse y por un instante me pareció que había logrado acalorarla: sus manos transpiraban y el calor le subía por el cuerpo.
Fue curioso. En uno de mis apretados giros, por la amplia escotadura de la espalda pude observar los elásticos deshilachados de su bombacha y esta distracción logró desconcentrarme. De inmediato retomé mi cometido y una vez más apreté su cuerpo contra el mío para intentar otras caricias atrevidas, más allá de la cintura…
Hasta ese momento todo había salido a la perfección, tal como me lo había indicado mi primo Javier. Entonces, como un torero, decidí dar la estocada final. Sin embargo, cuando mi rodilla intentó abrirse paso entre sus muslos, ocurrió lo inesperado: un sonoro cachetazo se incrustó en mi cara y quedé solo en el medio del salón, con la vergüenza desplazando a mi osadía, la hermana de Anita observándome indignada, y el imbécil de Javier riendo a carcajadas.

16 mar. 2011

ELPÁJARO CARAMELERO


Cuando mis hijos eran chicos, yo era un fumador empedernido. Al regresar a casa, después de trabajar, generalmente compraba mi segundo paquete de cigarrillos del día. En esa época de mucha la inflación, era frecuente que el kiosquero no tuviese cambio y me entregara un caramelo de leche con maní, equivalente a los centavos del vuelto.
El caramelo era duro, envuelto en papel transparente. En realidad, a mí nunca me llamaron la atención las cosas dulces pero para ese entonces yo  tenía tres hijos de ocho, seis y cuatro años, capaces de matar por tan preciado botín. Recuerdo que sus cabecitas se escalonaban junto al filo de la mesa de cocina observando con avidez los movimientos del cuchillo con el que, infructuosamente, intentaba partir el caramelo en la forma más equitativa posible.
¿Alguna vez hicieron el intento de trozar un caramelo duro en tres partes iguales? Es casi imposible. Por eso solicité al kiosquero que me entregara el vuelto de los cigarrillos en caramelos pequeños y masticables e  intenté una manera más práctica de realizar el reparto. Inventé “La historia del pájaro caramelero”, plumífero invisible que todas las tardes recorría los jardines del barrio repartiendo caramelos entre los chicos que se habían portado bien. Eso sí, debían esperarlo con el pijama puesto, peinados y cantando la canción del “Elefante trompita”. Aún recuerdo sus miradas ingenuas escudriñando el cielo mientras yo me escondía detrás de los ligustrines esperando el momento oportuno para arrojar los caramelos hacia la copa de los árboles. Imaginarán el revuelo que se armaba: empujones, risas y llantos eran la consecuencia inevitable de tan desacertado reparto. Felizmente, uno de mis hijos no tardó en descubrir el engaño y a partir de allí fueron ellos quienes me propusieron las distintas formas de hacerlo: el mayor, soñador y fantasioso, propuso que escondiera los caramelos en un lugar secreto y les organizara una suerte de búsqueda del tesoro, pero inmediatamente advertí que serían las doce de la noche y los salvajitos seguirían dando vueltas por toda la casa. El menor, con su habitual serenidad y sentido práctico, propuso que los rifáramos para evitar problemas. Sin embargo, mi única hija mujer, acostumbrada a pelear su espacio entre sus hermanos varones, me propuso en su media lengua: “Papá, tigá los cagamelos paga agiba y el que los agaja los agaja”
Hoy me pregunto: ¿se habrá tenido fe, la mocosa?
Jamás olvidaré la frescura y naturalidad de mis hijos; y en particular, sus personalidades tan diferentes y curiosas.

13 mar. 2011

DARÍ DARÁ

 
Darí Dará se convirtió en paloma cuando aún era un polluelo en su nido, recurrió a un hechicero para convertirse en lo que no era. Madura y blanca pero pequeña por dentro con la inocencia de un polluelo que es lo que debía haber sido. Con las prisas de crecer y estar con sus hermanas las palomas para alzar el vuelo en la época que no le tocaba. Pues así el hechicero se lo hizo saber antes de convertirla en adulta.
Este hechicero estaba apartado en el bosque en un lugar mugriento y apestoso, en donde el barro te tragaba si caminabas por él, eran arenas movedizas. Hasta los hierbajos crecían y ni siquiera se podía ver el agua de un riachuelo que pasaba por aquel lugar.
En los próximos días ya preparaban sus hermanas el recorrido para la emigración en el cambio de estación, pero el recorrido que hizo Darí Dará todavía fue peor cuando pequeña aun fue a visitar al hechicero con sus patitas pequeñas y sin poder volar, esquivando las malas hiervas y las arenas movedizas. Cuando vio por primera vez al hechicero entre boles y cazuelas, pócimas y especies en una casa hecha de trozos de madera y barro, se asustó pero el hechicero la tranquilizó con su voz noble y buena, ya que casi siempre las apariencias engañan, pues así trató a Darí Dará con dulzura y nobleza, mas que era él así por tradición y cultura le enseñaron sus antaños todo lo que sabía y con sus propios conocimientos que adquiría mientras cumplía años.
Siendo ya una bella paloma blanca voló en el día señalado con sus hermanas las palomas hacia un lugar mejor, en donde podrían hacer sus nidos en bellos árboles de algún pueblo cercano de algún parque floreado.
 Dama

12 mar. 2011

TRATADO DEL QUERUBÍ

Mientras la lluvia caía y el arvejal indefenso y gozoso se quemó, y aún después, mis padres hablaban del casamiento, y ya era el mediodía en el oscuro hogar y se asaban bajo la lámpara los lirios del almuerzo, y mi padre hablaba del novio y de su torre atrás de la montaña que nunca habíamos visto, y de su prado y de su invicto arvejal y de sus abejares. Y de súbito, él empezó a andar, tras la ventana sus astas largas, azules. Mis doce aniversarios se refugiaron temblando en el halda de mi madre; y de pronto, él entró; los ojos le brillaban demasiado, hablaba un raro idioma del que, sin embargo, entendíamos; palabras como hojas de tártago trozadas por el viento, hongos saliendo de la tierra; mi nombre sonaba en sus labios de una manera alarmante. Subí a las habitaciones y las criadas, entre los roperos, hablaron de la boda como de algo pavoroso.
   Dos crepúsculos más tarde, llegó el notario, y puso mi nombre en el acta y el de él, y bajamos al jardín, y ya estaban las abuelas y las bisabuelas, y todos, y repartíamos el vino, y trajimos el instrumento extraño, el que tenía una sola cuerda y daba una sola palabra en un solo tono, y volvimos a beber vino, y las bisabuelas rezaban,  y después el sol se cayó atrás de los montes. Entonces, él me miró, y yo veía su rostro fijo en mí, sus largos cuernos adornados con azahares.
Marosa di Giorgio

CUENTA CONMIGO


Allí estaba, contra el muro de la iglesia, como todos los domingos.
¿Trajiste lo que te pedí?
Sí –contesté mientras entregaba lo comprado.
Observó el campanario, entrecerró los ojos y comenzó a contar como si estuviera rezando:
Al sol lo inventaron los griegos. Usaron una moneda de oro que transportaron al universo mediante un largavista invertido. La ubicaron  lejos de la Tierra para que nos calentara sin quemarnos… El río es una serpiente de agua.  Se encula conmigo cuando tomo mucho vino. A veces se vuelve loca y  achata el cuerpo para inundar todo bajo el puente. Cuando se tranquiliza aprovecho para secar las pilchas… Los perros se muerden la cola porque no los dejan  subir a la calesita. Tienen mucha curiosidad,  quieren saber cómo es la cosa. Deberían girar más grande para no marearse…
Impaciente, miró hacia los costados para asegurarse de que nadie más lo escuchaba.
Antes la  luna era de barro. Los aztecas la  pintaron con plumas de águilas gigantes que humedecieron  en  los volcanes de plata de Indonesia. No voy revelar el lugar exacto. No pienso avivar giles… Cuando dejen de  perseguir a los árabes aprenderemos magia. Va a ser difícil que los agarren: tienen caballos veloces y son buenos jinetes. Si yo pudiera hacer magia,  haría salir más el sol en invierno…  Dios existe:  se oculta en los campanarios de la iglesia. A veces me cuenta cosas. El otro día le pregunté si tenía novia y se enojó conmigo. Ahora somos amigos.
De repente me dio la espalda y abrió la bolsa con las compras para mirar lo que había en su interior. Fue agachándose contra el muro hasta ponerse en cuclillas. Tomó la tira de pan, le quitó la miga y la rellenó con fiambre.
¿Entendés lo que te digo o hablo con la pared?
Con mordiscones feroces comenzó a desgarrar el pan, dejando entrever las hilachas de mortadela entre sus dientes renegridos. Finalmente abrió la gaseosa, hizo un buche y continuó:
Tengo más secretos para contarte… En el kiosco del frente venden pastelitos –dijo con picardía.
Tomás Juárez Beltrán

10 mar. 2011

REMIGIA

A Remigia los de la carnicería la llaman Remigio.
“Su voz era áspera aunque su mirada no raspaba/ y si andaba contenta …”,
pergeñó sobre ella ese cuajarón de poeta barrial que pernoctaba, cuando no llovía, en
la plaza. Llovizna descendía en el amanecer de aquel lunes cuando él la besó en uno
de los bancos, a poco de emplearse Remigia “en el petit hotel”, como ella misma había
pregonado, de los Scioli. Sin escrúpulos entreverábase. Con un tal Cristianno, repartidor
de volantes, llegó a aposentarse sobre la enorme frazada que desplegaran en una noche
de corte de luz, en la única obra en construcción abandonada de las inmediaciones.
Transcurrida buena parte de su existencia aparecióse con vincha en su casquete
reacio y un par de bolsas traslúcidas repletas de paquetes inestimables. Pronto fue
advertida por las calles con ropa zonza y nueva y el cabello recogido. Es muy alta
esta mujer y nada hermosa. Los omóplatos le sobresalen. Envuelta ahora en prendas
vistosas, siempre algún detalle sutil atempera tanta hirsuta contundencia: aritos de oro,
cinturón o hebilla, una fragancia. Fragancia con el nombre de pila de su mamá. Mamá
que falleciera veinticinco días antes de pisar entonces Remigia la estación Retiro.
Ella está al servicio de un matrimonio, el fruto del matrimonio y la tía del fruto.
Constituído éste por Arturito, “el débil”, muchachón ceceoso; Ignacio, modelo de
artistas plásticos y estudiante universitario con una carrera concluída; y Ernestina, quien
ya cuenta con intrascendentes diecinueve años. La tía realiza los quehaceres a la par
que Remigia, exceptuando las compras. Conversan. Remigia le confiesa sus románticas
propensiones.
Ella se cartea con su segundo padrastro, su primer amor. No, sin embargo, quien
la desflorara. Ése había sido Francisco César Richietti, ex–pugilista, medio mediano,
una alma serena, seductor parsimonioso, inolvidable (con su nariz arrasada), y por quien
atesora un embargante agradecimiento.
Está imaginándose cosas con Arturito. El que por las mañanas es distinguible
exánime. Descastado o devastado, a Remigia la enternece. La colmaría que Arturito se
entusiasmara con ella. Sabría cómo enardecerlo.
Así Remigia, mejora la ortografía con una maestra particular, come poco, es
pulcra, teme que su piel se aje. Usa anteojos para leer revistas, se solaza con Grandes
Valores del Tango (en especial, con Roberto Rufino), entre el cuatro y el siete de enero
tiene muy presentes a los Reyes Magos. Saludable: solamente caries y espasmos en los
dedos cuando hace frío seco. Nunca fumó, calza más de cuarenta, sueña que la sueñan,
y espera morir un día, sin apuro, y sin que ningún niño la vea.

Rolando Revagliatti

6 mar. 2011

DECLARACIÓN

Amigo mío: Dejo constancia que preveo en nuestras próximas
vidas, seducirte. Es con la esperanza de lograrlo que en nuestras
próximas vidas estaré atenta a volver a conocerte y tratarte, acaso
en nuestras respectivas adolescencias. Ansío que en nuestras
próximas vidas sostengamos nuestros buenos humores. Habré
de preferirte más crítico que en ésta, menos voluntarista y bien
pensado. Opino que mi influencia será rotunda, por no decir
arrasadora. Y el así inferirlo, me hace feliz.
Amigo mío que habrás de quedar en nuestras actuales vidas,
ya en curso y muy avanzadas, en amigo mío, te acaricio el alma
con mi confeso platonismo, en este larguísimo mensaje de texto,
que dentro de unos minutos te alcanzará en tu celular, y deseo, te
sorprenderá. Es entonces, mientras me despido, cuando literaria y
juguetona, yo, Agustina, te saludo.

Rolando Revigliatti

AGUSTINA Y LAS HUELLAS

Agustina no era muy alta. Un poco menos que el promedio de las niñas de su edad. Ya le decía
la abuela: “Los niños que no terminan la sopa se quedan chicos”.

Sus cabellos negros y lacios casi siempre formaban dos preciosas trenzas que con dedicación
la abuela y con atención Agustina, las tenían siempre bien peinadas y acomodadas sobre la
pequeña espalda y acariciando las sencillas ropas de la niña.

Su rostro, como el de casi todas las niñas, libre de preocupaciones con un par de ojos negros
brillantes como canicas y siempre inquisidores. Preguntaba de todo pero en la noche y antes
de dormir le decía a la abuela: “Dónde está mi mama?”

Apenas nacida, Agustina fue abandonada a un costado de la canasta de pan que la abuela tenía
sobre la acera al frente de su humilde tienda de pueblo. Un bulto pequeño envuelto en un
aguayo raido en el que destacaban los diseños de una comunidad distante como cinco días de
camino. Todos sabían que los aguayos son como marcas distintivas de comunidades que en
ellos expresan sus sueños, sus tragedias o su diario vivir entre aguas, animales y montañas.

La abuela siempre fue abuela. Viuda apenas dos años después de casada, encaneció de pronto.
Dicen que por la pena de haber perdido al único hombre que conoció en intimidad y con
quien, un poco por respeto y un poco por temor, se había “juntado”. Su piel estaba arrugada
no sólo por la edad sino por el clima frio y ventoso de Toro Toro y la espalda, la espalda
encorvada como si el peso de su tragedia personal y del duro trabajo de ama de casa, madre
obligada y pastora en sus años tiernos, se impusiera y la obligara a reverenciar a la vida y a
acompañarla de día y de noche.

Las dos mujeres, una entrada en años y la otra con sólo nueve, habían hecho un equipo
perfecto de deberes y tareas; mientras la pequeña alimentaba a las bulliciosas gallinas en el
patio, la abuela horneaba los panes sin levadura que vendía en su humilde tienda. Listas las
gallinas y los panes, lista debía estar Agustina para ir a la escuela y listo un pedazo de pan, un
pellizco de queso y media taza de café endulzado apenas.

“Lista?” preguntaba la abuela y Agustina sin responder salía de la casita rumbo a la escuela casi
brincando como cabra. Como cabrita salía y como tal volvía cerca al medio día si es que ese día
el profesor estaba sobrio y daba lección.

“La chicha me perjudica” decía el profesor si alguien lo cuestionaba al día siguiente de no
haber dado clases. “Era el rutuchy del hijito del compadre Alfonso y al pasar por su frente me
ha jalado para celebrar y de ay no he salido hasta ahorita” concluía el profesor cabizbajo por la
vergüenza.

Él llegó de Cochabamba con apenas 24 años y recién titulado como Maestro; los últimos
5 años en el pueblo le dieron el aspecto de un hombre de 40 porque no sólo la bebida lo
perjudicaba sino también la mala alimentación, el poco sueño y el aburrimiento que asociados
a un pena de amor le estropearon la facha. Alejandro supo esconder esa pena de amor entre
canas, arrugas y ojeras; cuando más borracho estaba la pena se escabullía por los ojos y sin
nombrarla se oía decir: “Por qué me hiciste eso si yo bien te quería” y allí terminaba por no
cometer la imprudencia de verse vulnerable. Pobre profe Alejandro!

El pueblo seguía siendo el mismo que resultó al día siguiente de la Revolución del 52. Sin los
patrones pero con la pobreza. Ella recorría las polvorientas callejuelas, giraba en las esquinas
donde a veces se acomodaba en la misma grada que el viejito que la gente llamaba “loquito”
sólo porque, mudo de nacimiento, apenas emitía sonidos casi irreproducibles cuando quería
comunicarse pero no lograba comunicación sino segregación; luego, la pobreza le jalaba los
techos a las casitas de barro y se hacía la loca pasando al frente de los hoteles que un día
cayeron al pueblo igual que los meteoros que le dieron tan fantástico paisaje; pero si había
algo que la espantaba , esos eran los “gringos”, de ellos se escondía y los miraba pasar con sus
elegantes ropas, sus cámaras fotográficas, sus lentes de sol y sus mochilas cada uno de ellos
con todos sus “animalitos”:cocodrilos, caballos, pumas y una caprichosa Serpiente.

Las tardes en el pueblo eran todas iguales. Agustina, después del mote con habas y papa
del almuerzo tenía que barrer el patio, la tienda y la acera, traer harina de la casa de la “tía”
Salustia aunque la casa era realmente de Fausto el molinero. “Puedes cargar la bolsa?”
preguntaba la “tía” y Agustina sin decir nada, como abrazando un tesoro se llevaba la bolsa
de harina cinco calles abajo y si eso no fuera poco luego tocaba traer agua del rio y esas eran
cinco cuadras arriba con dos baldes que una vez fueron de pintura.

Ya de noche y a la luz de un mechero, Agustina hacía la poca tarea que mandaba el profe
y barría la ceniza del horno de barro para que la awicha horneara el pan a la madrugada
siguiente. Antes de dormir la pregunta no podía faltar: “Dónde está mi mama?” y como
siempre la abuela evitaba la respuesta cabal y atinaba a decir con enfado: “Se ha ido”.
Quedaba sólo refugiarse entre los aguayos que le servían de frazadas y esperar que el día
trajera lo que ya le había traído el día anterior: lo mismo.

La ruta a la escuela estaba salpicada de lo que tanto llamaba la atención a los “caballeros”
que hablaban raro. Ellos se quedaban observando y escuchando lo que el guía de turismo les
contaba sobre las grandes bestias que un día caminaron por el lodo de los tiempos de antes.
Seguían preguntas, fotos y así caminaban cerro arriba con rumbo desconocido.

Agustina nunca antes se había imaginado cómo eran esas bestias hasta que un día, el profe
Alejandro le mostró la revista de la Muni que usaba como texto de estudio para hablar de esas
bestias: los dinosaurios.

Con susto al principio y con interés luego Agustina comprendió que hay personas que desde
muy lejos vienen para ver lo que los dinosaurios dejaron y luego de las fotos se van, cerro
arriba, más allá de las montañas.

Un día, el profe Ale no se presentó en la escuela y sin pensar mucho, Agustina quiso ver de
cerca las huellas de los dinosaurios. Quería meter sus pies pequeños en los huecos que tanta
fama le estaban dando al lugar porque más gente blanca llegaba a las “casas bonitas”. Ya había
visto los dibujos de la revista pero no podía imaginar el tamaño de cada uno de ellos. El que
estaba en el parque era grandísimo pero no era el más grande de todos.

Algunas huellas eran redondas, otras eran pequeñas, algunas no tenían una forma regular,
otras tenían “compañía” al lado o por detrás. Había “hartas” huellas por todo lado pero en
cierto punto y momento todas subían el cerro y se iban. Las huellas hacían que la imaginación

de Agustina volara y las horas volaron también. Ya era casi de noche: “ El agua, la harina, mi
almuercito” pensó Agustina y salió como disparada cuesta abajo.

Por más mala cara que pusiera la abuela, sus regaños no dolían. Estaba preocupada, no por la
harina y el agua que ella misma buscó a las cinco de la tarde sino, por la chiquita que nunca se
había retrasado después de acabar la escuela.

Recoger la ceniza, almuerzocena, cero tarea, coca para la abuela porque la espalda se quejaba
del trato injusto que le dió la awicha a las 5 de la tarde, cama y pregunta: “Dónde está mi
mama?”, respuesta y a dormir.

Durmió bien, las gallinas comieron, la ceniza en un rincón con toda su parentela, el horno frio,
olor a nada, no sonaba el candado de la puerta de la tienda, no había quesito y el café en el
suelo perfumando a la encorvada figura que ya no se movía más. De pronto la rutina había
muerto porque ya no se podía repetir más aunque quisiera. Ya se había ido, la awicha se la
llevó y Agustina llevó el sombrero de la abuela detrás de los vecinos, detrás de la caja, detrás
de los 9 años que juntas compartieron.

Le dijeron que el profe Ale tenía que volver a Cocha y que era mejor irse con él porque una
señora, conocida de los patrones, quería una chica para sirvienta. Le ofrecían un cuartito, la
comida y la tarde del domingo para lavar su ropa y tomar helado de canela en un parque bien
bonito cerca de la casona de los Galindo.

La vida le mostraba los dientes. Igualitos a los del bicho que estaba en el centro de la plaza del
pueblo. Se la quería comer porque si.

Los dinosaurios se habían ido. Su abuela se había ido. Su mamá se había ido. Ahora le tocaba
a ella irse y dando brincos como una cabrita recién nacida siguió las únicas huellas que todos
habían dejado. Cerro arriba. Más allá de las montañas. Agustina se fue.

Luis Carlos Palazuelos