27 dic. 2009

OTRO MILAGRO EN NAVIDAD




Desde el fondo de sus ojos negros, con sus manitas aferrando el vidrio,
miraba absorto los juguetes, que nunca llegaría a tocar.
Su infancia es así, austera, sin juguetes ni regalos.
Montar al camión que los busca, para corretear con el carro por las calles
del centro juntando cartones,
botellas y desperdicios que los demás abandonan en las bolsas.
Volver a su casa, y con suerte encontrar un plato de comida.
A veces ni eso, ni siquiera regresaba, se quedaba con su carro en un rincón, con su
cansancio de niño-hombre durmiendo los sueños perdidos en otras manos, en otros ojos,
nunca los de él.
Se pregunta porqué y no hay respuesta.
Como puede ser posible que algunos niños tienen la dicha de tenerlo todo y otros como
él, nada.
Hoy está otra vez ahí, en la vidriera mirando con sus ojos negros esos juguetes que nunca
llego a tener.
Pero esta vez es distinto, tiene dinero en el bolsillo, en una de las bolsas de cartones alguien
“tiró- olvidó” una caja con papeles y dinero.
No puede saber de quien es, estaba todo mezclado.
Solo se acordó de los juguetes que había visto los otros días.
No vacilo, y ahí está, mirando con un brillo en sus ojos, porque puede elegir cual se llevará.
También le alcanzará para sus hermanos, no sabe contar, pero el dinero lo conoce y sabe que
hay mucho.
Deja el carro con los cartones en la puerta del local, y entra presuroso.
El dueño al verlo se acerca y le pide que se retire, diciéndole que no hay nada para él.
El niño saca el dinero del bolsillo y le pide los juguetes que eligió. Sorprendido, el hombre, no
sabe que actitud tomar, piensa si no será dinero robado.
Pero el pequeño, con esa inocencia que los caracteriza le cuenta la verdad.

El dueño eleva la mirada y solo dice, estamos en vísperas de Navidad.
Le entrega los juguetes pedidos.
No quiere cobrarle, se dio cuenta que estaba presenciando un milagro, un simple
milagro de Navidad.
Y él no lo podía creer.
Los Milagros son así, aparecen cuando uno no lo espera, y nos deja perplejos.

María Rosa
20-12-09
"No se ve bien sino con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos" A. DE SAINT-EXUPERY

21 dic. 2009

EL GATITO QUE QUERÍA SER PÁJARO




Cati parecía una gatita normal. Como las otras gatitas pequeñas
sólo pensaba en jugar, saltar y tumbarse encima de su amiguita Lucy.
Doradita y regordeta, tenía unos ojazos redondos y vivarachos, y las
puntitas de sus orejas eran como dos terremotitos que nunca acababan de
quedarse quietos.

Pero si os fijáis bien, Cati no es una gatita normal, no. Cuando era
pequeñita, su amiguita Lucy la llevaba al parque para enseñársela
a sus amigos; ella se quedaba muy quietecita en su falda mirando a todas
partes hasta que, por fin, localizaba a aquellos pajaritos que, como
fuentecillas traviesas, no dejaban de cantar y piar alegrando las tardes
de aquel precioso mes de mayo.

Después, cuando se hacía de noche, toda la atención de Cati se
volcaba hacia la lámpara junto a la cual se sentaba su amiguita Lucy.
A su alrededor veía otros animalitos que no cesaban de volar en
pequeños y simpáticos saltitos, eran las mariposas.

Me gustaría tanto volar como ellas, se decía sin dejar de observar
sus ágiles maniobras. Y luego, una sensación de tristeza se
apoderaba de la pobre Cati, pues su mamá, al ver su admiración por
aquellos volanderos amiguitos, le repetía una y otra vez:

-¿Ves que son bonitos? Pues mucho más bonitos estarán entre tus
zarpas cuando seas mayor y las puedas cazar de un salto: a pesar de lo
pequeñitas que son, están sabrosísimas.

Cati, que era muy curiosa, como todos los pequeños, pasaba muchos
ratos en el patio aprendiendo de su mamá. Ésta se dedicaba, dando
ágiles saltos y volteretas, a la caza de las pequeñas mariposas
que osaban volar bajito. Incluso algún que otro pajarillo había
estado a punto de caer en sus garras.

Aquella noche, mientras dormitaba en la falda de Lucy, observó que
una mariposa, más descarada que la demás, se aproximaba tanto,
tanto, a su manita que, instintivamente dio un saltito para alcanzarla,
pero...

La pobre de Cati, todavía se está arrepintiendo de su locura. Con
torpeza de principiante, al caer de su atrevido salto, se resbaló e,
instintivamente, trató de agarrase a la manita de Lucy con tan mala
suerte que, de la punta de sus deditos, salieron unas cosas
pequeñitas y muy agudas que se clavaron en la mano de su amiga.

Cuando Cati observó que de un dedito de Lucy salían una gotitas de
sangre, se puso a lamerle la heridita para curársela. Lucy, que
comenzaba a llorar, se contuvo al ver el cariño con que Cati le
curaba su herida y la acarició suavemente.

-Pobre Cati. Ha sido sin querer, ¿verdad?

A partir de ese momento la gatita se prometió no volver a sacar nunca
jamás esas cositas que le salieron de los dedos, las uñas, le dijo
su mamá.

-Hija, nosotros, los gatos, tenemos necesidad de usarlas para poder
cazar los ratones y otros animales que pueden hacer daño a nuestros
amos...

-Entonces, los pajaritos no los tenemos que cazar –dijo,
esperanzada, Cati.

-Pero es que están tan sabrosos... –le respondió mamá gata.

Cati no se quedó muy convencida, con lo buenas que están las
sopitas de leche que le prepara su amiguita Lucy... Vaya, que seguro que
las sopitas de leche están muchísimo más sabrosas que los
pajaritos y que las mariposas, se dijo en un susurro.

Y además, los pájaros son muy simpáticos, y vuelan tan bien...

Cati se pasaba las horas mirando al cielo, y se extasiaba de tal manera
viendo volar a aquellos animalitos tan ágiles que llegó un momento
en que su gran deseo fue ser un pajarito más.

-Mamá, yo quiero ser pájaro –dijo Cati a mamá gata un
día que la vio contenta y con ganas de concederle sus caprichos de
gatita traviesa.

Y yo un tigre, hija –respondió mamá gata-. Tú está loca.
Gata has nacido y gata serás.

Pero Cati seguía pensando en su gran sueño. Ya se veía volando
por encima de los tejados saludando a mamá y a su amiga Lucy desde
allá arriba.

No acertaba a saber cómo se vería el parque desde allí. Se
imaginaba que aquella sería la visión más bonita de cuantas se
puedan tener. Y lo más divertido: cuando viniese corriendo un perro,
esperaría hasta tenerlo muy cerquita, muy cerquita, y entonces...
¡ale! ¡A volar!

-Je, je –se sonreía mientras imaginaba al perro en el suelo y con
tres palmos de narices...

Tendré que pensar en aprender a volar, se dijo. Cati estaba
convencida de que eso tenía que ser muy sencillo. Ya ves, se
decía, si lo hacen los pájaros, con lo pequeños que son...

Cuando se quedó solita en su capacho, muy despacio, como hacía
mamá gata cuando se aproximaba algún perro, fue acercándose a
la silla de Lucy, que era la más bajita de todas, e intentó
subirse a ella, pero no podía alcanzar el asiento a pesar de los
muchos saltos que dio.

-Es que como todavía no sé volar... –se conformó a sí
misma.

Comenzó a buscar hasta que encontró una caja de cartón en la
que su amiguita guardaba los secretos que sólo ellas dos sabían:
uno ovillo de color, un capuchón de un bolígrafo de color morado,
dos cartoncitos con dibujos de gatos...

La empujó con el hocico y comprobó que podía arrastrarla hasta
la silla. Así que pensado y hecho. Acercó la caja hasta la sillita
de Lucy, y de un par de saltitos, pum, a lo alto de la silla.

Cati, se acercó algo temerosa al borde, asomó su cabeza, miró
hacia abajo y allá, en el fondo, vio el suelo. Le pareció que
estaba más alta que nunca. Las manitas le temblaban de la emoción:
era su primer vuelo...

Sin pensárselo más Cati se lanzó al vacío... y se dio un
coscorrón con la pata de la silla. Pero la verdad es que no le
dolió mucho. Al fin y al cabo, fue mi primer vuelo, se consoló.

Después de lamerse una patita, decidió que, por ser el primer
día, había superado todas sus dificultades.

-Mañana seguiremos, Cati, se dijo.

Al día siguiente, muy tempranito, Cati ya estaba saltando y
festejando cada mirada, viniese de donde viniese. Estaba tan alegre y
festiva que la mamá de Lucy, mirando a mamá gata le dijo, no sin
cierto orgullo maternal:

-Hoy tenemos a Cati que parece unas castañuelas. Se nota que ya va
siendo una gatita independiente...

Y tan independiente... Si ellas supiesen de su aventura nocturna...

Pero cuando más felices se las prometía nuestra amiguita,
comenzaron los problemas.

-Lucy, antes de irte a jugar con tus amigas, sube a la azotea y le pones
comida a los canarios, que tu hermano tiene hoy muchas cosas que hacer y
no puede –dijo mamá.

-¿Me puedo subir a Cati, mamá?

-Bueno, pero ten cuidado que no se vaya a meter en la canariera...

Lucy cogió a su amiguita, la puso en el suelo y saltando los
escalones de dos en dos subió a la azotea seguida de Cati que, toda
ilusionada, pretendía, igualmente, "volar" escaleras arriba.

-¿Vamos Cati! Hoy vas a conocer de cerca los pájaros más
bonitos que hay.

Cati saltaba de alegría tras su amita y, dos escalones arriba, uno
abajo, siguió a Lucy sin dolerse de los coscorrones que, en su
alocada carrera, iba dándose en cada escalón.

Nada más abrir la puerta de la azotea Cati se topó de frente con
la pajarera más bonita que os podáis imaginar: amplia,
limpísima y de unos colores tan alegres...

Lo primero que hizo Cati fue buscar la puerta para entrar a saludar a
sus amiguitos quienes, al percibir su alocada presencia, comenzaron a
demostrar una intranquilidad tan bulliciosa que Cati creyó que era de
alegría...

-La casita de los pájaros no tiene puertas –dijo en un grito de
sorpresa y desilusión.

-Oye –preguntó la gatita al canario más valiente que, por
veterano y sabio, ni se molestó en alejarse de la gatita- ¿Por
dónde se entra en vuestra casita?

El canario miró a Cati entre sorprendido y asustado. ¿Habráse
visto gato más desvergonzado? Se preguntó el canario. ¿Pues no
quiere que sea yo quien le explique cómo se entra aquí?

-No querrás que te abra yo. O mejor, salgo y me meto en tu linda
boquita directamente ¿verdad, gracioso gatito?

Cati no acababa de comprender ese tono desvergonzado del viejo canario.

-Entonces... ¿vosotros no salís a pasear?

-Que te has creído tú eso -dijo el canario-. Mira chavala, aun
sabiendo que tú y los tuyos estáis al acecho, si supiésemos que
hay una forma de escapar de aquí, ¿te crees que íbamos a estar
encerrados nada más que para cantarle a nuestros amos? ¡Vamos
hombre!

-Entonces... ¿no podéis salir?

-Ni salir, ni entrar –contestó el canario.

Cati quedó muda por un momento. Observó a su ama y vio cómo
ésta movía un pequeño pestillito y, tras agitar las manos
enérgicamente para asustar a los pájaros, introdujo unas vasijitas
con comida para cerrar de nuevo la canariera.

Muy seria, bajó Cati de su primera expedición al terreno de los
pájaros.

En cuanto se encontró con su mamá se acercó muy cariñosa y
comenzó a rozarse con ella, metió su cabecita bajo el cuello de
mamá y, muy melosa, le dijo:

-Mamá, ya no quiero ser pájaro.

Mamá gata se volvió hacia Cati muy seria. Pensó que algo raro
debía de pasarle a esta chiquilla...

-¿Vaya, ya entraste en razón?

-Sí, mamá, es que he visto que todos los pajaritos de nuestra ama
están presos en la azotea. Y me dan tanta lástima...

-Y a mí me dan tanta hambre... –estuvo a punto de responder
mamá.

Pero se contuvo al ver la carita tan seria de Cati.

-Sí, Cati, no siempre pueden ser las cosas como nos gustaría que
fuesen. Todo tiene su lado bueno y su lado malo –sentenció
mamá gata.

-Si, mamá, pero como me dan tanta pena... Vaya, que yo prometo no
comer nunca jamás ni pájaros ni mariposas, son tan lindos cuando
vuelan libres.

Mamá gata calló y dejó a Cati con sus pensamientos. La gatita
se dedicó a vigilar las subidas y bajadas de todos los miembros de la
familia hasta que un día...

Cati, muy silenciosa, se coló entre los pies de su amita y
aprovechó un segundo para esconderse detrás de la chimenea. Cuando
se quedó sola, con un gran esfuerzo, logró gatear hasta el
pestillito que mantenía presos a sus amigos los canarios. Con su
boquita comenzó a empujar hasta que éste cedió y con un leve
chasquido, la puerta quedó entreabierta...

Cati, sabiendo que su presencia despertaba tanta desconfianza entre
aquellos nuevos amigos, se descolgó y, separándose de la entrada,
la dejó libre...

-Sed felices, amiguitos –dijo. Y se fue a su capacho.

18 dic. 2009

LA ÚLTIMA VOLUNTAD

Doña Agustina fue siempre una mujer recta, sobria y seria que velaba celosamente por la pulcritud, el orden y la responsabilidad.

Vino a este mundo a enderezar vidas ajenas, a ser mártir trabajadora de un matrimonio insatisfecho y cargado de camisas para almidonar y planchar, rayas perfectas en pantalones y blancos nucleares en las puntillitas de la ropa interior de sus dos hijas, Palmira y Miranda.
Así que todos contemplaban la extraña imagen de Doña Agustina en el ataúd.

¿Cómo era posible que esta mujer que si sonrió alguna vez en vida fue a escondidas, pidiera ser amortajada de esta guisa?

Andaluza de tierra árida jamás toleró una feria ni una copa de manzanilla "banalidades que enturbian el alma", decía. Y ahí estaba ella, amortajada con un vistoso vestido de faralaes "más típico no se puede", lleno de lunares coloridos, mantoncillo brillante, peinetas y hasta una flor grande en rojo vivo en lo alto de la cabeza. No faltaban los zapatos de flamenca tan rojos como la flor ni los zarcillos de coral a juego con el collar de cuentas gordas.

Nadie se atrevía a decir nada hasta que la indiscreta de tía Nieves preguntó a voz en grito:
- ¿Cómo es que Agustina va así vestida?
El silencio lo llenó todo hasta que Palmira, carraspeando con la conciencia de la expectación creada respondió:

- Mi madre dejó una carta en la que pedía ser amortajada con las ropas y accesorios que encontraríamos en una caja arriba del ropero.
Todos pensaron que la mujer debió llevar una doble vida o que decidió soltar el moño para airear la melena en la caja como un estallido de libertad a tanta represión auto impuesta.
Así fue enterrada ante el desconcierto de todos.

Seis meses después las hijas se encontraban en la casa familiar poniendo orden, ventilando y guardando o tirando tantas cosas.

Abrieron la ventana del dormitorio de la madre difunta, voltearon el colchón sacudiendo el polvo y abrieron las puertas del ropero para empezar a empaquetar ropa para la iglesia, como fue deseo de Doña Agustina.

Por un lado, chaquetas de punto, faldas, vestidos, camisas y jerséis (todo azul marino, blanco, gris y negro). Por otro lado medias, combinaciones y camisones. Los zapatos a una caja y la ropa interior, para tirar, por expreso deseo de la pulcra difunta.

Pamela pidió a Miranda que descorrieran un poco el ropero pues había algo de humedad en aquella habitación y la pared empezaba a ennegrecer.

Entonces un ruido sordo se escuchó tras la trasera del ropero: una caja había caído.

Se miraron extrañadas, Miranda recogió la caja y la llevó a la cama.

Ambas se miraron interrogantes hasta que Pamela decidió abrirla.

En su interior cuidadosamente planchado y doblado apareció un vestido negro de punto, recto, cuello redondo y magas largas, unas medias oscuras, unos zapatos bajos de cordones y una gargantilla de perlas. También había un sobre que al abrirlo pareció abofetearlas:"Os dejo preparada mi mortaja, recién comprada".

Ambas mujeres se miraron perplejas...

- ¿Y la otra caja? - se atrevió a preguntar bajito Miranda.

En aquel silencio que pesaba como una losa en la habitación, se miraron y añadieron la mortaja a la caja destinada a la iglesia.

(Dicen que esto ocurrió hace unos años en una ciudad de Andalucía. Me impresionó tanto esta historia que no he podido por menos que escribirla. En cuanto a personajes y diálogos, por supuesto son meramente imaginarios)

(La imagen es de Edith Sitwell)

17 dic. 2009

UN REGALO ESPECIAL PARA NAVIDAD


Diciembre se vestía de modos diferentes en cada hemisferio, pero era idéntica la emoción que despertaba la cercanía de la Navidad.
En la ciudad más populosa del continente más frío vivía Ariel de seis años .Se sentía distinto a otros chicos d e la escuela porque él residía en una casona elegante en el barrio más caro de la ciudad.
Ese año ya podría escribir una cartita al niño Dios.
Rodeado de juguetes, cualquiera hubiese preguntado ¿Qué más pedirá?
Pero Ariel tenía la mirada triste y casi lejana. No sintió alegría cuando su mamá le pidió que ayudara a armar el arbolito de Navidad. Ni le emocionó escuchar las propuestas de su abuela y sus padres sobre los preparativos para la mesa navideña, los adornos , las velas , en fin toda la decoración que debía ser perfecta y reluciente.
Sus amigos de la escuela estaban contentos y felices por la fecha que se acercaba,comentaban qué querían pedir para la nochebuena. Competían con sus ideas, a veces imposibles de concretar por lo que pretendían,pero aún así estaban imbuídos del espíritu navideño.
Compartían los borradores de las cartitas que preparaban para colocarlas junto al pastito y el agua como era la tradición. Dibujaban trineos, ángeles , pesebres y estrellas brillantes para colgar. Sentían muy dentro una mezcla de alegría y ansiedad . Pedro invitó a sus compañeros de clase a armar un Árbol de Navidad entre todos , con adornos creados por ellos. Luego lo llevarían para que esté junto al pesebre de la iglesia.
Esa tarde se reunieron en su casa y el piso se llenó de papeles brillantes y coloridos sometidos a la tijera y a la pasión de los niños. Hugo que amaba la música dijo que intentaría crear un villancico, y Pedro que tenía muy buena voz propuso cantarlo y grabarlo para regalar los CD con varios villancicos, a las familia de sus barrios.
Mariela acordó con Hugo ,ella escribiría el villancico mientras él lo creaba, y así los renglones
acunaron estas primeras letras...


Si sientes este villancico

es que llega la Navidad

y con ella vendrá

la estrella de Belén

bendiciendo a tu hogar.



Todo era alegría.Ya se acercaba la Nochebuena .

Allá en su casona y rodeados de tantos juguetes, Ariel tomó un lapiz y comenzó a escribir ...


Querido niño:


Sé que haces milagros y que podrás darme lo que te pido.

Sólo quiero que mamá juegue conmigo, que me cuente cuentos.
Que esté más tiempo hablándome.Compartiendo mis tiempos.
No se si podrás ,pero no te pido juguetes,
tan solo quiero a mi mamá más tiempo, mucho tiempo conmigo.

¿Podrás verdad?

Mañana es Navidad y ansioso estaré esperando ese regalo que es para mí el mejor de todos los que puedas darme.


Ariel


--
S.M.T.
"Si leer te hace libre, escribir es estar en las alas de la libertad"(Stella M.Taboro)

16 dic. 2009

LOS AMIGOS DE ÁNGEL




Ángel era un niño de siete años con cuatro amigos muy especiales: un elfo de la luz, que vivía en el bosque, una sirena llamada Susan, la salamandra, que era la que tenía más valor del grupo y por último la más atrevida, que siempre se estaba metiendo en líos: un hada de tierra. Los cinco se pasaban las tardes imaginando aventuras y jugando, hasta que una mañana, Ángel desapareció. Nadie sabía dónde podría estar.
Sus amigos se reunieron para ir a buscarle. Al cabo de unas horas lo encontraron en el fondo de un pozo, intentaron sacarle, pero al no poder pensaron que lo mejor sería ir a buscar a su abuelo para que los ayudase.
Fueron hasta un río donde él estaba pescando. La sirena se acercó al bote y le dijo:
- Ven al bosque, Ángel se ha caído a un pozo
Él no le hizo mucho caso a lo que había visto, pensó que era producto de su imaginación, por lo que el elfo desesperado se le apareció para pedirle ayuda.
Incrédulo frente a lo que estaba viendo, volvió a la orilla. Una vez ahí el hada de tierra le pidió que le acompañase. Asustado salió corriendo, en la cabaña encendió la chimenea y cuando se dio la vuelta vió a la la salamandra.
Ella le dijo:
- No temas, tienes que ayudarnos tu nieto está en peligro.
El abuelo muy preocupado llamó y buscó a su nieto por la cabaña, y cuando iba a salir en la puerta le estaban esperando el hada, el elfo y la salamandra. Los tres le suplicaban que los siguiera y así lo hizo.
Después de varias horas de andar por el bosque llegaron hasta un viejo pozo cerca de un río. Desde hay contemplaba la sirena como ayudaban al pequeño niño.
Por fin el abuelo lo vió y consiguió sacarle de aquel pozo. Ya más tranquilos, el abuelo del niño le preguntó que quién eran todos esos seres y él le respondió:
- Son mis amigos del bosque.


ROSA PEREZ REPULLO

3 dic. 2009

EL BORRACHO

a un poeta desconocido

bebía mi tercer cerveza en un bar de malamuerte
cuando se acercó arrastrando los pies
- ¿me daría unas monedas señor? –
- ¿y para que son amigo? –
- bueno, le aseguro que no son para comprar un litro de leche –
- bien, y dígame ¿qué hace usted de su vida? –
- beber ¿y usted señor? –
- yo…soy poeta…creo –
- ah, no está muy seguro, yo estoy seguro de ser borracho –
- de acuerdo y ¿qué hace un borracho cuando está sobrio para hacer de éste mundo perverso y absurdo un lugar mejor? –
- mire señor, yo no se muy bien la diferencia entre estar sobrio o borracho, pero de algo estoy seguro, los sobrios destruyeron el mundo –
- tiene razón amigo, el poeta es usted, tome este billete, pero con una condición, no lo vaya a gastar en leche -.

Un abrazo impetuoso.
aldo luis novelli /desde los bordes del desierto.-
La poesía es un oasis en medio del desierto. El poema es la sed.

NOTA SOBRIA:


borracho
En muchas regiones rurales de España, aún hoy es habitual servir el vino en odres o botas de cuero, usados desde muy antiguo con este objeto. En el catalán del siglo XIV y en el castellano del siglo XV, estos odres se llamaron borracha, palabra que, según Corominas, se habría formado por el cruce de las voces catalanas botella (odre) y morratxa (redoma). A su vez, esta última palabra se derivaba del árabe mirassa, que también significaba 'redoma'. Más adelante, se llamó en español borracho al sujeto que, igual que la bota, estaba 'lleno de vino', o sea, embriagado